Ana

3×19. Mecenas

El primer paquete lo recogí al volver de unas vacaciones. El buzón rebosaba publicidad. Era un sobre de burbujas y estaba algo rasgado. Pensé que el cartero lo había embutido con esfuerzo, abriéndose paso entre los folletos de Carrefour, Vital Dent y tapizamos su sofá. Mientras subía en el ascensor, eché un vistazo al matasellos. Procedía de Barcelona, pero no había ningún remite claro. Supuse que sería el libro de relatos de ciencia ficción que había pedido unas semanas atrás. Lectores noveles reunidos en una campaña de crowdfunding. Siempre me han inspirado las causas difíciles.

Descargué la maleta, la chaqueta, el bolso y todo el correo sobre la mesa del comedor y, mientras me deshacía de las pesadas e innecesarias botas de montaña, rompí del todo el papel marrón y miré el interior. Boquiabierta, saqué un fajo de billetes de cincuenta euros, unidos entre sí por una gomita elástica, de esas del pelo, de color violeta. Lo solté, asustada, como si quemara en mis manos y cayó, esparciéndose a medias sobre los folletos de supermercados.

Miré alrededor. Cuando vuelvo de un viaje largo, la casa parece distinta, pero en esta ocasión solo habían sido cinco días. De un vistazo comprobé que todo estaba en su sitio.

Cogí de nuevo el paquete. Calculé unos cien o más billetes. Revisé despacio el sobre buscando alguna pista de su procedencia, alguna carta o tarjeta en su interior. Descarté el error porque mi nombre y apellidos, y la dirección, aparecían pulcramente impresos en una etiqueta rectangular pegada, eso sí, un poco torcida.

Los días siguientes repasé mis correos electrónicos, mis encargos pendientes de pago, mis mensajes de wasap. Ninguna pista. Nadie me debía tanto dinero. Nadie se había puesto en contacto conmigo de forma anómala.

El primer billete lo gasté en el supermercado. Vi a la cajera mirarlo al trasluz y rascarlo un poco para comprobar que era válido. Después me devolvió treinta y siete euros con cincuenta y dos céntimos sin darle más importancia. Me llevé la bolsa de la compra y las sobras apretadas en la mano, como si me diera miedo que me las robaran.

Febrero es siempre un mes flojo para los encargos. Soy ilustradora. Fundamentalmente trabajo para editores o autores. Creo diseños para las portadas de sus libros. Me apasiona pero, para qué negarlo, no da mucho dinero. A veces doy clases de dibujo a niños para completar mi sueldo. El alquiler de marzo me lo había gastado en una escapada romántica a la montaña que ni siquiera salió tan bien como esperaba. El tipo en cuestión, después de dos meses de vernos una vez por semana y mensajearnos de continuo, decidió que la convivencia no era lo suyo y pasó la mitad del tiempo flirteando con otras montañeras más avezadas, que abrían la marcha mientras yo me peleaba con las cuestas, ya fueran hacia arriba o hacia abajo.

Así que empleé diez de aquellos billetes en gastos de la casa. Y respiré tranquila.

El siguiente paquete apareció un día después de utilizar los últimos cincuenta euros. Esta vez venía de Madrid y la fecha del matasellos era de tres días atrás. Eso me provocó un escalofrío. ¿Cómo sabía aquel benefactor anónimo que me había quedado sin dinero? Tal vez había sido una casualidad.

En esta ocasión había ciento trece billetes. Seis más que la anterior. Volví a estudiar el sobre en busca de una pista. Llamé incluso a Correos para preguntar y me dijeron que era imposible rastrear el envío si no tenía remite. Me lo pensé un poco menos para gastarlo y finalmente acabé de pagar el coche, compré un portátil y una impresora, y renové mi vestuario. El dinero solo duró un mes y justo el día en el que desembolsé el último billete apareció otro sobre.

Ingresé la mayor parte en el banco. Me inventé que me había tocado un premio secundario en la Primitiva para justificar el pellizco. Fui generosa con mis amigos. Y esperé a que apareciera otro sobre. Pronto comprendí que el dinero en una cuenta no era dinero gastado. Así que compré un vuelo a Bangkok y me dediqué el siguiente mes y medio a viajar por el sudeste asiático. Mi viaje soñado desde hacía muchos años. Y sin la presión de la fecha de vuelta. Solo cuando se acabaron los ahorros rastreé los buscadores de vuelos baratos para regresar al hogar. Y allí, en mi buzón, me esperaba, puntual, un nuevo sobre.

Pasé así los siguientes meses. Pude concentrarme solo en los encargos que de verdad me interesaban, prescindir de pedidos basura que no me aportaban nada, y trabajar en mi propio proyecto: una novela gráfica que llevaba muchos años cogiendo polvo en un cajón, a la espera de ser revisada y editada. Tuve un éxito moderado, disfruté tanto con la promoción y la firma de ejemplares que me olvidé de los gastos y los sobres marrones.

Cuando volví a casa, después de una gira por el sur de España, pensé que necesitaba un piso con más luz. Empecé a buscar mi ático soñado: muy alto, con vistas al cauce del río, sin vecinos, y con una terracita espectacular que pronto llenaría de plantas. El último sobre me sirvió para pagar la mudanza, la fianza del piso y los primeros tres meses de alquiler.

Mientras veo cómo se pone el sol desde la hamaca, saboreo un vino caro, oigo música en mi nuevo sistema de audio de alta potencia y miro la lista de facturas que se acumulan, me preguntó cómo he podido ser tan estúpida. Los sobres nunca tendrán mi nueva dirección.

Ana

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