Ana

3×17. Agorafobia

Golpes en la puerta.

No el timbre estruendoso, que a veces pulsaban el cartero o los repartidores de propaganda, sabedores de que él siempre estaba en casa. No la campanilla ridícula, que su madre una vez colocó junto al marco, cuando se puso de moda lo vintage. No los potentes acordes de We will rock you, su tema favorito de Queen, que lo avisaban las escasas veces que recibía una llamada en el móvil.

No. Eran golpes en la desvencijada puerta de madera, tan fuertes, tan sonoros, tan violentos, que Adrián no dudó ni por un momento que acabarían por quebrarla por la mitad, para dejar pasar a aquel o a aquellos que tanto insistían.

Sintió escalofríos. ¿Cuándo había sido la última vez que la hizo chirriar sobre sus goznes? Recordaba que le ponía nervioso aquel gemido. Debía haber pasado al menos una semana. Quizá dos. La comida fresca se había terminado o estaba estropeada, pero quedaban tantas latas y paquetes cerrados que no la echaba de menos.

Todo ese tiempo sin escuchar una voz humana. La televisión e incluso la radio estaban mudas. La sangre, que no había conseguido limpiar, era ahora una simple mancha reseca, a los pies de su sillón favorito, aquel en el que pasaba las horas muertas, durmiendo, pensando, soñando…

Los golpes arreciaron, esta vez acompañados de gritos. Alguien pronunciaba su nombre, sugería saber que Adrián estaba allí y exigía que abriera la puerta.

Se metió en el baño. Como no había pestillo —su madre lo eliminó muchos años atrás, para evitar que se encerrara— empujó un mueblecito de cajones, aun sabiendo que era ridículo, que una vez franqueada la entrada nada les impediría llegar hasta él. Contempló con repulsión la basura que quedó al descubierto al mover el mueble: polvo, una maraña de pelos, una cucaracha patas arriba.

Se sentó sobre la tapa cerrada de la taza y encogió las piernas. Oyó como la puerta finalmente cedía y escuchó las carreras por el pasillo, los pies golpeando los escalones. Arriba estaban los dormitorios. Adrián odiaba aquella parte de la casa.

De niño, su madre insistía en que se quedara allí cuando tenían visita: «Es por tu bien, pueden contagiarte algo». Niño enfermizo, recluido en el paraíso de su habitación. Los juegos de mesa más novedosos llenaban las estanterías. Todos los muñecos. Los rompecabezas y las construcciones eran sus favoritos. Fingía que las voces que oía pertenecían a seres fantásticos. Organizaba expediciones de playmobil que se aventuraban por el pasillo hasta los primeros peldaños. Vida oculta a su vista. ¿Peligro o tentación? Nunca supo qué se desarrollaba en el piso de abajo.

Cuando su madre se quedaba sola, o cuando subía acompañada, las figuras volaban bajo sus pies, unas veces por descuido, otras con desprecio mientras le oía gritarle que era un mal hijo, que no valoraba lo que tenía, que cuando se quedara sin juguetes no fuera a llorarle.

Él no quería juguetes, solo compañeros de juegos. Nunca un niño se sentó al otro lado del tablero. Odió su aislamiento hasta la adolescencia, entonces se abrazó a ella, incapaz de interactuar con otros.

Para entonces su madre pasaba cada vez menos tiempo en casa. Decía que trabajaba, pero el dinero apenas entraba. En las pocas ocasiones que se dirigía a él, le instaba a que se fuera, a que se buscara la vida, a que encontrara un empleo. Lo llamaba vago e inútil. Adrián languidecía en la habitación maldita. Los juguetes cogían polvo. El ordenador portátil lo conectaba al mundo, a un mundo desconocido, trazado, como un puzle, con pedazos de otras vidas. Ocupaba las horas imaginando cuál de todas aquellas propuestas, que llegaban hasta su pantalla, era la realidad.

Pero ya no subía a la habitación, ya no se conectaba a internet ni siquiera para fantasear en las páginas de citas. Desde el día que ella volvió y lanzó sus cosas por la ventana, presa de un ataque de furia. No supo cómo calmarla. El cuchillo brilló, afilado, pronosticando el fin de las palabras.

De nuevo pies que pateaban la escalera, voces roncas deletreando su nombre. Alguien empujó la puerta del baño, la que vigilaba con ansia, asustado y, al mismo tiempo, esperanzado. La cajonera cedió con facilidad ante el empuje de un hombre voluminoso que miró directamente al rostro de Adrián sin verlo. «Aquí no hay nadie —escuchó—. ¡Qué raro! La puerta estaba atrancada por dentro».

Siguió al hombre grande por el pasillo. Acechó su uniforme, leyó en su espalda el nombre de la unidad policial. Lo acompañó sin miedo hasta encontrar a otro policía que, a su vez, contemplaba a un tipo de bata blanca raspando la sangre reseca. Y entonces alguien, desde la cocina, gritó: «¡Aquí está el cuerpo!».

Ana

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s