Amelia

3×16. Obsolescencia obligada

Nieves abrió la puerta de su casa y echó las cartas del buzón encima de la mesa. Tras una ducha reparadora, deshizo las maletas. Mientras atacaba la ensalada se entretuvo en leer el correo que se había acumulado durante su ausencia: un par de notificaciones del banco, la luz, el gas… y una carta del Registro Civil. La abrió y leyó lo siguiente:

«Por motivos de obsolescencia nominal, debe dirigirse a la oficina del Registro Civil de su ciudad y cambiar su nombre en el plazo de quince días tras la recepción de esta notificación».

Sin entender lo que acababa de leer, comprobó por el matasellos que el plazo para hacer lo que tuviera que hacer expiraba al día siguiente. «Menos mal que me cogí también mañana de vacaciones para poder descansar del viaje», pensó. Después de casi un mes en Argentina de aquí para allá, lo que menos le apetecía era realizar papeleo.

Resignada, se levantó temprano y cogió el autobús para llegar a la Ciudad de la Justicia, donde se hallaban los juzgados, la Audiencia, la fiscalía y el Registro Civil. Pasó por el control de seguridad y se dirigió a la ventanilla de información.

—Buenos días. Vengo al Registro Civil.

—Buenos días. ¿Inscripción por nacimiento, defunción? —preguntó una chica rubia con gafas de pasta negra.

—No, no sé. O sea, mire, recibí esto —dijo, mostrándole la carta.

—¡Ajá! Otra más. Tome su turno y espere allí hasta que salga en pantalla —le indicó, arrancando un papelito de una máquina—. En seguida la atenderán.

Nieves fue a sentarse en una incómoda silla frente a una pantalla donde se sucedían los números. La gente llegaba, se sentaba y se marchaba. Menos ella. Tres cuartos de hora. Ya empezaba a impacientarse. Arrepentida de no haber traído alguna lectura interesante, vio su número y se levantó como un resorte.

Un hombre moreno, con algunas canas en las sienes y una sonrisa medio forzada, la atendió.

—Buenos días. ¿Qué desea?

—Mire, he recibido esta carta y no entiendo lo que tengo que hacer.

El funcionario le echó un vistazo y asintió.

—Verá, yo se lo explico. Su nombre se está quedando antiguo, obsoleto. Desde las más altas instancias (Gobierno de la Nación, Instituto Nacional de Estadística, padrones municipales, bla bla bla) se ha decidido eliminar los nombres cuyos propietarios sean menos de 3000 o superen los sesenta años de edad o estén a punto de superarlos.

—¡Pero si tengo treinta y ocho! —exclamó Nieves, sin entender nada.

—Ya, es decir, todas las… —Hizo una pausa para mirar su nombre en la carta— Nieves de España suman una edad media de 60,2 años, por lo que se les ha enviado esta carta.

—No lo entiendo. ¿Tengo que hacerlo? Y, ¿qué más le da al Estado? —Tragó saliva—. Si me cambio el nombre, ¿qué pasa con todos los documentos que ya poseo: el DNI, el título de la licenciatura, no sé, las cuentas bancarias?

—Se ha llegado a un acuerdo y, en cuanto usted haga aquí el trámite, automáticamente la Policía Nacional le enviará una carta con la cita para renovarse su DNI, el Ministerio de Educación y Cultura le expedirá un nuevo título y tenemos contacto con los bancos para que cambien sus datos —habló rápido, sin hacer pausas—. Modificar las cuentas de correo electrónico, si así lo desea, es fácil. Entre en configuración de su cuenta y cambie el nombre, a no ser que quiera otra cuenta de correo con su nuevo nombre delante de la arroba. ¿Me explico?

Nieves asintió, dubitativa. Seguía sin entender nada, pero veía que no tenía más remedio que hacer caso a la burocracia.

—¿Y qué nombre debo ponerme? Porque si no me puedo llamar Nieves…

—Aquí tiene —dijo él, sin dejarla terminar, tendiéndole una lista—. Los cien nombres más populares en nuestro país en los últimos cinco años. Así renovaremos a la población y España contará con nombres más modernos y glamurosos.

Se quedó mirando largo rato la lista: Martina, Daniela, Valeria, Noa, Lucía, Emma, Sofía, Julia, Paula, Alba, Carla, Chloé, Alma, Valentina, Mía, Sara, Lía, Gala… Pensó en sus padres, que la habían llamado Nieves por una tía suya. Se hizo cargo de los estudios de Nieves cuando aquellos se quedaron sin trabajo y había sido una segunda madre para ella. Pensó en los padres de ahora, si les dejarían elegir el nombre que quisieran o les darían una lista similar.

—¿Y bien? —La apremió el funcionario.

—Noa. Creo que Noa. —Reflexionó. Al menos las cuentas de correo que empezaban por ene no las tendría que cambiar y Noa se parecía lo suficiente a Nieves como para no resultarle tan extraño.

El funcionario tecleó en el ordenador y le enseñó la pantalla.

—¿Son correctos el resto de datos? ¿Procedo a la renovación?

Nieves asintió. Al ver el dedo del hombre encima de la tecla de intro, se le hizo un nudo en la boca del estómago.

—¡Espere! ¿Qué pasa si no lo cambio? ¿No puedo pensármelo?

—Hoy es el último día. Si no realiza el trámite… —El funcionario titubeó—. La verdad es que no sé qué pasará. Quizás se enfrente a una multa. O, peor, al escarnio público de llevar un nombre demasiado antiguo para los tiempos que corren.

A Nieves le entró la risa. ¿Escarnio público? Su nombre le encantaba y no veía por qué debía llamarse de otra manera. Además, ¿quién era el Gobierno para quitarle lo que era más suyo?

—Mire, déjelo estar. Cancele la operación —le dijo, levantándose.

—Pero, pero… —protestó él. Nieves le quitó la carta y le espetó:

—Mi nombre me identifica y no pienso cambiármelo porque a cualquier político de turno se le haya ocurrido que los españoles debemos tener nombres más glamurosos o lo que sea.

Se fue de la oficina del Registro Civil y, en la puerta, se encontró con un amigo, que llevaba una carta en la mano y la misma cara de no entender nada de lo que ocurría.

—Emiliano, ¿vienes a cambiarte de nombre?

—Sí… no sé, es que he recibido esta carta…

—Vámonos a tomar un café, que yo te lo explico. Y tu nombre es bien bonito, por cierto. ¡Y nada antiguo!

Amelia.

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