Ana

3×15. Sabiduría oriental

La casa ha comenzado a llenarse de hormigas. Forman una hilera desde mi habitación a la cocina. Son ejemplares alargados, de antenas revoltosas. En ocasiones, hacen incursiones hasta el baño. Las imagino jugándose a los dados cuál de ellas debe salirse de la fila y explorar otros mundos. Para su tamaño, mi diminuto piso debe ser un país entero.

Cuando, asqueada, paso la fregona para romper sus filas o las rocío, implacable, con insecticida, parecen plantarme cara. La mayoría se estremece ante el contacto pegajoso del líquido, mientras unas cuantas sacuden sus patitas y corren deprisa en busca de refugio.

Han hecho de mi despensa su paraíso. Devoran la bollería e, imprudentes, se zambullen en la miel. Sin embargo, he descubierto algunas rondando la cayena. Quizá sean las más aventureras, esas que a veces trepan a mi rodilla cuando, descuidada, miro la televisión con un pie rozando el suelo.

Creo que las trajo él cuando se instaló en mi casa. Alguna reina debió prendarse de sus pecas y aferrársele a la espalda. Yo, como ellas, me he imbuido de sus peculiares gustos.

Este verano me he acostumbrado a levantarme al amanecer aun siendo una noctámbula. Me calzo las zapatillas y troto tras él hasta la playa. Cuando llego, jadeante, con el corazón en la garganta y un dolor inquietante en el costado, él ya se ha dado un baño y me espera, desnudo, sobre la arena. Entonces me provoca para que le haga caso, para que responda a los besos que antes me ha escatimado. Yo lo rechazo. Necesito urgentemente que el aire llegue a mis pulmones. Creo que disfruta más con mis negativas que cuando al fin cedo a sus caricias.

La vida sana, de la que presume, ha eliminado de mis comidas los filetes, el alcohol y hasta algunas frutas que considera demasiado calóricas. Echa cantidades ingentes de picante en sus guisos con ridículas porciones de pescado. Dice que sigue la dieta de los orientales, «esos sí que saben».

Cuando dejamos la orilla de la playa me obliga a caminar con una lentitud absurda, dando pasitos cortos, al ritmo de la respiración. Levantamos mucho los pies, mientras dibujamos con los brazos para representar una extraña danza. Dice que son los veinticuatro movimientos de la forma del taichí, que asegura dominar.

Nuestras conversaciones son largos monólogos en los que me sonríe y me da golpecitos en la cara si yo expreso una opinión propia. Me escucha, condescendiente, sin darme nunca una réplica, para después argumentar sin filtro, permitiéndome solo un asentimiento a cada poco, reclamando mi atención cuando mi mente, exhausta, desconecta.

A menudo, me habla de otras épocas, de gente que yo no conozco que le resulta admirable o más bien irreverente, dice, negándose con despecho a traducirme el uso personal que le da a este término. Insiste en que soy una privilegiada por tenerlo a mi lado. Sugiere que me hace un favor por prestarme su tiempo. Me convence de que nadie como él va a llenar mi existencia. Apunta que no es un novio o un amante, solo un cómplice ocasional del que debo disfrutar ahora que puedo.

En los meses que compartimos casa, ha borrado la vida que yo había esbozado a mi alrededor. Vuelvo del trabajo directamente a sus brazos, cuento con desespero las horas que no está conmigo. Soporto, resignada, sus repentinas ausencias, sin explicaciones. Él, dice, es un hombre ocupado.

Me llamó exagerada cuando me quejé de las hormigas. Me acusó de caótica y hasta de poco limpia. Me dio instrucciones precisas de cómo debía organizar el espacio.

Esta tarde he puesto patas arriba la casa en busca del hormiguero. He eliminado todo lo innecesario. Saturada por sus consejos, aprendidos de un método japonés para conseguir el orden, he pasado las horas sopesando una por una todas las cosas que había en los armarios, en las estanterías o en el suelo.

Cuanto he terminado el conteo, he descubierto que no he salvado ni una sola de sus prendas, de sus libros, ni tan siquiera de sus fotos.

Y despacio, muy despacio, he llenado hasta el borde un vaso de burbujeante cerveza, rescatada de un rincón distante de la nevera, entre los paquetes de algas llenos de proteínas que acabo de tirar, asqueada, a la basura, y un bloque de insípido tofu, que reclama algo sabroso para adquirir sentido.

Ana

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