Amelia

3×14 Regalo de Reyes

Lucas metió las manos en los bolsillos de la gabardina y siguió paseando por el parque. Las hojas de los árboles crujían bajo sus pies. Un viento de poniente comenzó a soplar y miró al cielo sin nubes. Los árboles eran aún frondosos a pesar de la sequía.

No parecía seis de enero. Años atrás, las temperaturas eran más acordes con la estación invernal y se podía ver a los niños, ataviados con guantes y bufandas, disfrutando de sus juguetes al aire libre. Ahora no había rastro ni de niños ni de familias felices.

Los días de Reyes solía llevar a sus hijos a ese mismo parque. Recordó uno de ellos. Quique debía de tener unos diez años y daba vueltas con sus nuevos patines alrededor de su hermana Teresa, que a duras penas podía mantener el equilibrio en la bicicleta. Los dos reían y gritaban a sus padres que los mirasen. Volvieron a casa cansados de jugar. Su mujer Lorena mandó a los niños recoger y ducharse mientras se comía los restos del roscón y le ponía la corona a él, entre bromas y risas.

Sus hijos crecieron y la ilusión fue desapareciendo. Quique se fue a estudiar al extranjero y, aunque volvía a casa por Navidad,  sus múltiples compromisos con amigos y otros allegados le quitaban tiempo de estar con sus padres. Teresa se mudó a otra ciudad y dejó de visitarlos con tanta frecuencia. Una vez perdida la inocencia y la magia de la noche de Reyes, ya no tenía mucho sentido celebrarla y, sobre todo, tras la muerte de Lorena por una corta pero dura enfermedad.

Poco antes de Nochevieja, un veintiocho de diciembre, los menores de tres años fallecieron de manera súbita. En muchos países se sucedieron funerales multitudinarios y en diversas localidades se suspendieron fiestas de fin de año e, incluso, cabalgatas de Reyes.

A pesar del dolor de las familias y de las voces airadas que exigían investigaciones serias, nunca se supo el porqué de aquellas muertes. A aquel acontecimiento se sumó el hecho de que las mujeres dejaron de engendrar hijos. Ni siquiera los mejores especialistas en reproducción asistida podían explicarse qué sucedía, pues los tratamientos dejaron de surtir efecto y los embarazos se contaban con los dedos de una mano.

Veinte años después y con la natalidad por los suelos, era difícil ver niños. Solo las ciudades principales seguían adornando calles y parques con luces de colores y celebraban la cabalgata de Reyes, intentando agrupar a cuantos niños hubiera en las localidades adyacentes. La Navidad había perdido su brillo y su sentido.

Lucas siguió caminando por el parque. La fuente seca le trajo el recuerdo de sus hijos jugando con un barco tallado en madera por él mismo. Acabaron mojados tras salpicarse innumerables veces y se llevaron una buena reprimenda por parte de madre y esposa.

Sus pasos le llevaron, con lentitud, a casa. Hacía tiempo que no le esperaba nadie. Fue a la cocina a calentarse algo de comer y sonó el teléfono.

—Hola, papá. ¿Estás sentado? —La inconfundible voz de su hija lo alegró. Llevaba meses sin noticias suyas.

—No. ¿He de sentarme? —dijo él, acercándose al sofá.

—Bueno, como quieras. Tengo que darte una noticia —Lucas se sobresaltó—: Vas a ser abuelo en primavera.

Se quedó mudo unos instantes y se apoyó contra la pared.

—Papá, ¿papá? —Su hija se angustió—. ¿Estás ahí?

—Sí, sí. Es una noticia maravillosa. Es un verdadero milagro.

—El mes que viene iremos a verte y te contaremos bien todos los detalles. Quizás volvamos a la ciudad. Así podrás disfrutar del bebé y estaremos más cerca.

Tras intercambiar algunas palabras, Lucas colgó. Se encaminó al trastero y contempló la bicicleta de su hija, los patines de Quique y el barco tallado en madera que había guardado, hacía tiempo, sin saber por qué. Por fin, alguien volvería a usarlos en el parque.

Amelia

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