Ana

3×13. Resultados distintos

Luisa termina de teñirse las canas y suspira. Lava la brocha con cuidado, se quita los guantes de plástico y los tira en la papelera. Se dirige a la cocina y en su mente va organizando los platos que debe preparar. Saca ollas, sartenes y fuentes y las deposita en la mesa, apiladas de forma que parecen la torre de Pisa, a punto de caer. Deja pasar los minutos de rigor y vuelve al baño, a lavarse el pelo. Siempre piensa en ir a la peluquería y se le echa el tiempo encima con las compras de última hora.

Desde que se casó, cuando el Mundial de Naranjito, celebra la Navidad con su familia política. Añora las Nochebuenas con los suyos, pero al poco de casarse murió su padre y su hermana se llevó a su madre a una residencia, a otra ciudad. Se telefonean varias veces al mes y, en estas fechas, se envían postales cada vez más impersonales, casi con el mismo mensaje: “Feliz Navidad. Que el año… venga cargado de alegría, esperanza, ilusión y mucho amor”.

Mucho amor. ¡Qué ironía! El que recibe de su suegra, que ordena y manda en cada parcela de su vida. «Este año toca en tu casa, vas a hacer cordero, nada de canapés, macedonia de frutas de postre que estamos hartos ya de dulces…». El que recibe de su cuñada: que si esta vajilla es muy fea, que por qué no has puesto tal o cual mantel que te regalé, que si en mi casa estaríamos mejor, que cabemos todos, que si mis hijos esto no lo comen… Y así cada año. No recuerda cuándo dejó de opinar.

Su marido acostumbra a irse de cañas con los compañeros de trabajo mientras le deja a ella la faena. La faena de arreglarse, de cocinar, de meter en sobres las estrenas para sus sobrinos, aunque ya sean mayorcitos, de limpiar la casa… Le habría gustado tener hijos. No vinieron y tampoco movieron ficha para encontrarle solución.

Ollas, sartenes y fuentes caen con estrépito. Deja de poner la mesa, va a la cocina y contempla el desaguisado. Suspira con desaliento. Hace tiempo que dejó de tener ganas de celebrar la Navidad con esa familia. No le quedan fuerzas tampoco.

Se enjuga la lágrima que amenaza con rodarle por la mejilla. Se arrodilla y, resignada, empieza a recoger los cacharros. En su caída han arrastrado algunos de los papeles que había olvidado sobre la mesa. Los dejó tal cual los sacó del buzón, pensaba que solo eran publicidad de supermercados y centros comerciales. Pero hay un sobre de color verde en el que no había reparado. Lo abre, sin levantarse del suelo. Es una tarjeta navideña de su amiga Carmen. Todos los años le envía una, elaborada con sus propias manos, y en lugar de las manidas felicitaciones siempre escoge frases famosas, con mensajes de superación. En esta ocasión pone: “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo.” Al parecer la dijo Einstein.

Luisa se deja resbalar hasta quedar sentada. Su vista se detiene en el montón de patatas que hay en el carro de la verdura. Da unos golpecitos en la fuente destinada al cordero. Se ha descascarillado del golpe y una fea grieta amenaza con dibujarse en el fondo. Sonríe. Ha tenido una idea.

Enrique consulta el reloj y sube los escalones de dos en dos. Se le han hecho las tantas. A pesar de que prometió a Luisa volver pronto para ayudarla a preparar la cena, se ha liado con las cañas. Se pone un par de chicles en la boca para disimular el olor del alcohol. Al menos sus padres no han llegado todavía. En el perchero no cuelga el abrigo de pieles de su madre. Se oye música al final del pasillo. Lo recorre, sorprendido por que la cocina esté a oscuras. Luisa, ajena a su llegada, baila con el descaro que solo da la soledad. Lleva un vestido ajustado, sin mangas, de color azul. El pelo recogido en un moño improvisado, algunos mechones escapan y le caen por los lados pero, cuando se gira y le sonríe, comprueba lo bien que le sienta aquel peinado. Lleva los labios pintados de color rojo y los párpados muy maquillados. Hacía mucho tiempo que no la veía tan arreglada.

Luisa, divertida, se acerca a ponerle una mano en el hombro e insiste en que la coja de la cintura. Sin hablarle, le obliga a dar aquellos únicos pasos que aprendieron un par de años atrás cuando, para celebrar su treinta aniversario, se apuntaron a unas clases de un baile de moda: el Lindy Hop. No duraron mucho, se sentían patosos ante tanto jovencito, pero Luisa había guardado los vídeos que les dieron con la matrícula.

Enrique le sigue un rato, sorprendido por su habilidad incluso con los tacones altos. Hasta que el timbre de la puerta los interrumpe. Luisa lo manda a abrir y lo tranquiliza, le asegura que la cena está lista desde hace horas.

Su suegra da un beso al aire mientras la mira con cara desaprobadora. Su cuñada le entrega un pequeño paquetito —¿para qué esperar a los postres?— que Luisa no tiene que abrir. Sabe que es la misma botella de colonia barata de todos los años, de un olor insufrible que nunca ha llegado a gastar. Los sobrinos la saludan de pasada, con un beso de compromiso, casi sin apartar la mirada del teléfono móvil.

Luisa los deja acomodándose y corre a la cocina. Saca una fuente enorme de patatas fritas, que ha dejado dentro del horno para que se mantuvieran calentitas. Pide a su marido que abra una botella de vino y lleva hasta la mesa unos paquetes de fiambre. Podía haber alineado cuidadosamente los trozos de jamón en los platos decorados, pero siente un placer perverso al observar la mirada incrédula de su cuñada al ver el envoltorio del supermercado. Cuando trae las patatas y deja caer sobre ellas los huevos fritos, el rostro de su suegra se ha vuelto de color gris. Es consciente de que es el centro de todas las miradas. Solo hay silencio, las charlas de cortesía se han interrumpido.

Y es Alejandro, su sobrino menor, el que rompe a reír, se levanta y abandona el móvil encima del sofá. «¿Huevos fritos con patatas? ¡Eres la mejor tía del mundo!», exclama, y la envuelve en un abrazo. Robert, el mayor, se levanta a abrazarla a su vez.

Los niños se transforman. Ríen y parlotean todo el tiempo. La ayudan con los platos —¡de plástico!— y buscan villancicos modernos para bailar con ella cuando llegan los postres. Turrón y dulces, nada de fruta, y hasta dan unos sorbos al cava para brindar. Su suegra se mantiene en una esquina con gesto adusto, muy tiesa. Los demás, incluso el abuelo, se han dejado contagiar por la fiesta.

Más tarde, cuando Enrique hace el reparto de sobres para los chicos, le ofrece uno a ella. Luisa se ríe. Que le den el aguinaldo es un poco raro. Dentro no hay dinero sino dos billetes de avión para unos días después. Abre mucho los ojos cuando ve que el destino final es Viena. Siempre soñó con visitar la Navidad europea, con el concierto de Año Nuevo y los paisajes nevados.

 

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