Amelia

3×12. Una Nochebuena diferente

Luisa termina de teñirse las canas y suspira. Lava la brocha con cuidado, se quita los guantes de plástico y los tira en la papelera. Se dirige a la cocina y en su mente va organizando los platos que debe preparar. Saca ollas, sartenes y fuentes y las deposita en la mesa, apiladas de forma que parecen la torre de Pisa, a punto de caer. Deja pasar los minutos de rigor y vuelve al baño, a lavarse el pelo. Siempre piensa en ir a la peluquería y se le echa el tiempo encima con las compras de última hora.

Desde que se casó, cuando el Mundial de Naranjito, celebra la Navidad con su familia política. Añora las Nochebuenas con los suyos, pero al poco de casarse murió su padre y su hermana se llevó a su madre a una residencia, a otra ciudad. Se telefonean varias veces al mes y, en estas fechas, se envían postales cada vez más impersonales, casi con el mismo mensaje: “Feliz Navidad. Que el año… venga cargado de alegría, esperanza, ilusión y mucho amor”.

Mucho amor. ¡Qué ironía! El que recibe de su suegra, que ordena y manda en cada parcela de su vida. «Este año toca en tu casa, vas a hacer cordero, nada de canapés, macedonia de frutas de postre que estamos hartos ya de dulces…». El que recibe de su cuñada: que si esta vajilla es muy fea, que por qué no has puesto tal o cual mantel que te regalé, que si en mi casa estaríamos mejor, que cabemos todos, que si mis hijos esto no lo comen… Y así cada año. No recuerda cuándo dejó de opinar.

Su marido acostumbra a irse de cañas con los compañeros de trabajo mientras le deja a ella la faena. La faena de arreglarse, de cocinar, de meter en sobres las estrenas para sus sobrinos, aunque ya sean mayorcitos, de limpiar la casa… Le habría gustado tener hijos. No vinieron y tampoco movieron ficha para encontrarle solución.

Ollas, sartenes y fuentes caen con estrépito. Deja de poner la mesa, va a la cocina y contempla el desaguisado. Suspira con desaliento. Hace tiempo que dejó de tener ganas de celebrar la Navidad con esa familia. No le quedan fuerzas tampoco.

Se quita el delantal, coge el abrigo y el bolso y sale. Las luces iluminan las calles de la ciudad. La gente pasea con bolsas de los grandes almacenes. Hombres vestidos de rojo y blanco, con barbas postizas, reparten postales. Niños abrigados con guantes y bufandas, cogidos de las manos de sus padres, sonríen. Parecen felices. Ella debería sentirse feliz, pero no es así desde hace mucho.

Piensa en su cuñada, que llega a mesa puesta y le regala un estuche de colonia del supermercado. Piensa en su suegra, que acude con un abrigo de pieles distinto cada vez y ni siquiera trae una botella de vino. Piensa en su marido, que le da dos besos en la frente y se sienta, a esperar que le sirva.

Sus pasos la llevan a la cafetería donde acostumbra almorzar. Pide un cortado.

–Hola, Félix. Pensaba que no trabajarías hoy. –Toma un sorbo y sonríe al camarero.

–Hola, Luisa. ¡Qué va! El jefe me ha dicho que cierre a las diez. Como si fueran a venir clientes en masa justo hoy.

–¿Y llegarás a tiempo de cenar con los tuyos? –Luisa lo mira con preocupación.

–Llegaré tarde, a mesa puesta, sin haber podido ayudar a mi mujer, que todos los años cocina para nuestros tres hijos, mi suegra que está impedida y mi hermano, que no tiene trabajo. Para variar.

–Lo siento –acierta a decir Luisa.

Toma el café con tranquilidad, mientras observa al camarero que atiende a otras personas.

Se acerca a la barra y le dice al camarero:

–Vete a casa, Félix. Yo me encargo del bar.

–¿Qué dices, Luisa? ¿No tienes que cocinar o ir a cenar con tu familia?

–No. Este año no –afirma, intentando convencerse a sí misma de que lo que dice es cierto—. Son las siete y media. Te da tiempo de llegar y ayudar a tu mujer. Y pasar la Nochebuena con tus hijos sin prisas ni agobios.

El camarero duda. Reflexiona. Su jefe en esas fechas ni siquiera se pasa por la cafetería. No cree que entre mucha gente. Conoce a  Luisa desde hace tiempo. Le deja las llaves en el mostrador.

–Está bien –le dice–. Pero me sabe mal por tu familia.

–No te preocupes. Esta Nochebuena será diferente.

Félix se marcha y le da las gracias con la mano. Luisa coge el móvil del bolso, ve que tiene varias llamadas perdidas y lo apaga. Entra un hombre y le pide un café. Cuando va a pagar ella niega con la cabeza:

–Invita la casa.

Saca un billete de cincuenta euros de su cartera y lo mete en la caja. Se queda mirando el décimo premiado con el Gordo de la Lotería y sonríe.

Amelia

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