Ana

3×11. Acertar en el blanco

A Olivia le sudaban las manos. Nunca antes había sujetado un arma de fuego. Se había apuntado a las clases de tiro espoleada por Iván, que insistía en que lo peor estaba por llegar.

Tenía buena puntería. En la Universidad había formado parte del equipo femenino de tiro con arco. No se le daba nada mal. Varios trofeos lucían aún en la vitrina de su casa. Pero disparar a alguien… Eso era otra cosa.

Decían que la escuela de tiro era un grupo organizado que se rebelaba ante las nuevas normas y había decidido tomarse la justicia por su mano. A Olivia le repelía y le atraía a un tiempo el ambiente de aquel lugar. Sin embargo, era el único que había podido encontrar para «aprender a defenderse», como le recomendaba Iván.

—Con suavidad, como si sujetaras un huevo y no quisiera romperlo —le recomendaba el instructor—. Y con firmeza: tampoco puedes dejarlo caer. El brazo más recto. —Se lo levantó unos centímetros—. La mirada fija en tu objetivo. —Le rozó la mejilla.

El objetivo era un monigote vestido de rojo, como el uniforme del nuevo cuerpo de seguridad. Ese que disparaba primero y preguntaba después, que detenía por igual a ecologistas y vándalos, a cualquiera que se atreviera a disentir.

—Y ahora, presiona el gatillo —le susurró, tan cerca que su aliento le cosquilleó en la oreja.

Respiró profundo y deslizó el dedo. Aunque la pistola tembló en su mano no se le cayó. Tras el estruendo, notó el olor a pólvora quemada. Recordó, por un instante, aquellos petardos que tiraba de pequeña, con los otros niños, ante la mirada indolente de los padres.

Ernesto, el instructor, sonreía y levantaba el pulgar hacia arriba. Vestía de manera informal: un vaquero y una camisa oscura y, prendido en el cuello, el lacito verde que se había convertido en el símbolo de lucha contra los recortes de libertades y la subida de los impuestos

—¡Buen disparo! —alabó—. En unos días te habré convertido en una excelente tiradora. Podrás acertar donde quieras.

Le dio un golpecito en el punto medio de la frente. Y después bajó el dedo para señalarle entre los pechos. A Olivia le sorprendió el inesperado contacto. Antes de que pudiera reaccionar, él ya se dirigía al siguiente alumno, cuyo disparo se había incrustado en la pared, a medio metro del blanco. Cuando Olivia miró el suyo, vio una mancha negra en el hombro del muñeco.

Practicó una hora más, hasta que los bíceps, poco acostumbrados a aquellos esfuerzos, empezaron a quejarse y sus tiros dejaron de ser certeros. Ernesto le aconsejó que lo dejara.

—Descansa un poco. Nos vemos en dos días —le propuso, mientras le ponía una mano en la cintura.

Olivia retrocedió dando un respingo. Le entregó el arma y se forzó a sonreír. Pensó que quizá estaba siendo demasiado susceptible.

Por la noche, llamó a Iván de manera insistente. Necesitaba hablar con alguien. Fue imposible. Las redes de telefonía móvil fallaban a menudo. Lo que hacía apenas unos meses era fácil y rápido se había convertido en un reto. Miró el interior de la nevera en el que languidecían unos tomates insípidos y unos trozos de queso. Conseguir comida de manera legal era cada vez más complicado.

Encendió el televisor, que aún daba series y programas de entretenimiento en falso directo. Estuvo cambiando de canal un buen rato, buscando infructuosamente alguna noticia. Desquiciada, demasiado nerviosa para intentar dormir, se puso el abrigo y bajó a la calle. Tuvo que usar la escalera porque el ascensor se había quedado detenido entre los pisos cuatro y cinco, semanas atrás, justo cuando los suministros básicos empezaron a fallar: cortes de luz, cajeros que no daban dinero, tiendas que se quedaban vacías. Apenas unos días después, la biblioteca cerró, dejándolos a ella, a Iván y a los demás, sin trabajo.

A Olivia le quedaba poca familia: una hermana con la que hacía años que no hablaba y unos tíos en el extranjero. Tras separarse de su última pareja, la rutina del trabajo era casi lo único que tenía. Ahora que el mundo se tambaleaba, era consciente de que no tenía ningún punto de apoyo. Caminó sin rumbo por las calles. El barrio estaba desierto. Eran muchos los que se habían marchado al campo donde al menos, decían, no faltaría la comida.

Esa huida de la gente, junto con los altos impuestos para circular y los precios exorbitantes del combustible, había hecho desparecer casi por completo el tráfico. Apenas se veía algún vehículo de emergencias y los camiones de la basura. Ni siquiera había transporte público. La bicicleta de Olivia estaba en su piso. A veces, hacía el esfuerzo de bajarla por la escalera. Aunque por lo general prefería caminar, no quedaban muchos sitios adonde ir.

Un coche amarillo, pequeño, de los escasos eléctricos que aún quedaban, se detuvo a su lado. Ignoró deliberadamente el silbido que escuchó.

—¡Olivia!

Se giró al oír su nombre. Le costó reconocer a Ernesto. Vestía elegante, con chaqueta oscura y una camisa clara. Llevaba el pelo engominado, muy peinado hacia atrás. Le hacía señas y le sonreía. Salió del coche antes de que ella se decidiera a acercarse.

—Espera. ¿Adónde vas? Puedo llevarte.

La estaba cogiendo de la mano, con una confianza que ella no le había dado.

—Gracias, solo daba un paseo —se excusó, mientras intentaba echarse hacia atrás.

Él sonrió. Dar un paseo en una noche fría con un aire casi irrespirable por la contaminación era poco verosímil.

—Te invito a una cerveza. Conozco el único local de esta zona que sigue abierto.

Curiosa, se dejó llevar. No tenía mucho que perder. Ernesto aparcó el pequeño vehículo en el aparcamiento de un edificio antiguo. Parecía vacío y a punto de derrumbarse, pero a él no le importó el riesgo. Tomó de nuevo la mano de Olivia para guiarla por las escaleras. El entresuelo había sido alguna vez una galería comercial. Estaba vacío y entraba aire frío por las ventanas rotas. Se oía música. De algún lugar del fondo del pasillo se escapaba el estruendo de una batería.

Cuando se detuvieron frente a la puerta tras la que se ocultaba el ruido él le rozó los labios con el dedo para indicarle que se mantuviera en silencio. Le guiñó el ojo y golpeó dos veces antes de accionar la manivela. Entraron al calor del interior, al olor a alcohol y a la música ensordecedora. Después de días moviéndose en soledad por la ciudad, Olivia sintió un alivio inesperado al pasar entre los cuerpos que bailaban como si no hubiera un mañana. No le importaron los empujones ni tan siquiera los pisotones y esta vez fue ella la que buscó la mano de Ernesto para que la condujera a la improvisada barra.

Sin preguntar, alguien le puso delante una botella de cerveza. El trago amargo e increíblemente frío la devolvió a un tiempo en el que las cosas tenían sentido. En aquel caos sintió, otra vez, que formaba parte de algo.

Ana

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