Amelia

3×10. Vivir el presente

El ruido del camión de la basura lo despertó. Se levantó y tanteó a oscuras hasta encontrar los calzoncillos. La pantalla de cristal del reloj marcaba las cuatro y dieciséis. Con los pies desnudos y ateridos de frío, dio saltitos de camino al salón. Se vistió con la ropa que había tirado horas antes, en pleno frenesí. No quería despertar a la chica mientras buscaba algo más cómodo.

Regresó a la habitación y la tapó con la manta. Miró a través de la persiana entrecerrada cómo los operarios vaciaban el contenedor. El servicio de limpieza era uno de los pocos que tenía permitido el uso de combustible, a costa del pago de unos altos impuestos por parte de los ciudadanos.

La vida se había encarecido en los últimos meses. Iván ya no ponía la calefacción en su piso, sobre todo al perder el trabajo después del cierre de la biblioteca. Los ciudadanos, en protesta por la subida de las tasas, habían asaltado tiendas y supermercados y ocupado bibliotecas y otras dependencias públicas. El Ministerio de Educación, Cultura y Deporte decidió cerrarlas, hasta nuevo aviso, pues muchas habían sido incendiadas y sus fondos destrozados por gente en busca de cobijo. Los libros alimentaban las fogatas de aquellos que necesitaban lumbre y calor. Las prioridades del Gobierno, ante el alarmante incremento de la contaminación en el ambiente, cambiaron, así que muchos funcionarios se vieron, de la noche a la mañana, de patitas en la calle y con meses de sueldo por cobrar.

Sin otra ocupación y mientras intentaba no malgastar el poco dinero de que disponía, Iván tomó por costumbre acudir a las reuniones del grupo ecologista. Hablaban de protestas pacíficas, de manifestaciones frente al ayuntamiento, de cortar las calles para impedir el tráfico… Al comenzar los problemas, le apetecía quedarse con ellos y firmar manifiestos, tratar de convencer a unos y otros de tomar cartas en el asunto, pero poco a poco el desencanto fue haciendo mella en él. Los discursos brillantes de sus compañeros le parecían ahora paparruchas sin sentido. Perdió el interés.

Hasta que conoció a Blas, un tipo que, al finalizar una de las reuniones, le propuso un negocio: vender productos de primera necesidad, casi imposibles de encontrar en el mercado debido al parón de importaciones y exportaciones.

Su proveedor le indicó cómo funcionaba el trabajo y fue haciéndose una cartera de clientes fieles, de modo que comenzó a poder subsistir.

No abandonó la costumbre de pasear por los jardines de la ciudad al atardecer. Aunque el frío había tardado en llegar en otoño, el invierno se había instalado a pasos agigantados y parecía no querer irse. Por eso le chocó ver a una chica rubia sentada en una manta en el césped, con una cesta de picnic y un libro en la mano, arrebujada en un anorak rojo. En el lomo advirtió que se trataba de un libro de la biblioteca.

—¿El retrato de Dorian Gray? Es muy interesante —le dijo Iván.

La chica levantó los ojos y esbozó una sonrisa.

—Es la segunda vez que lo leo. Me lo recomendó… un amigo. ¿Te apetece sentarte?

Dudó, sobre todo por la manera en que había dicho “amigo”, pero se tumbó en la manta junto a ella. Pasaron la tarde hablando de libros, ecología y de la vida.

Ahora, dormía en su cama y él se preguntaba qué sería de ellos, del mundo en general.

Alicia abrió los ojos y vio a Iván de pie, junto a la ventana. Se acurrucó en la cama y pensó en la tarde y la noche que había pasado con él. Lo había visto otras veces, en la biblioteca, detrás del mostrador, conversando con su compañera. Meses atrás, su único interés era un estudiante universitario que terminaba su tesis, al que fue dando pistas para encontrarla. Un juego de flirteo y seducción, elaborado de manera inocente, como un pasatiempo más. No volvió a saber de él una vez comenzaron los problemas de contaminación atmosférica y de escasez de agua. Tras el último asalto a la biblioteca y su posterior cierre, ella perdió toda esperanza de que la hallara. En sus pistas le decía que le gustaba acudir a los jardines de la ciudad con un libro y su cesta de picnic, así que empezó a pasar las tardes allí, por si acaso a él se le ocurría aparecer.

Quien acudió fue Iván, de modo que, esa tarde, tras muchas esperando a su estudiante, había decidido dejarse llevar. Ignoraba qué les depararía el futuro. Al menos, viviría el presente.

Amelia

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