Ana

3×09. Preliminares

—¿Puedes ayudarme? Busco este libro. No sé cuál es la sección.

Olivia mira el papel que el chico le muestra. Está un poco arrugado y como humedecido. Parece que le sudan las manos. N CAR ali, lee. Escrito con un trazo firme y ornamentado, con muchas curvas. Pone algo más, cree ver pista, pero él lo tapa y muestra un ligero rubor en las mejillas.

—Es novela —le explica, y señala la escalera en el fondo de la sala—. Está en la parte de arriba. CAR son las tres primeras letras del nombre del autor, están por orden alfabético. Y ali del título. No tiene pérdida, pero si no lo encuentras dímelo y te ayudo.

Él le dirige una sonrisa agradecida y se aleja. Lo conoce. Es uno de los habituales, aunque suele sentarse en la sección de Historia. Consulta gruesos y antiguos volúmenes. Y teclea sin descanso en su portátil. Olivia sospecha que trabaja en su tesis. Tiene buen ojo para la gente. No le cuesta deducir qué necesitan casi antes de que lo pidan. Por ejemplo, en los sofás de la entrada, suelen refugiarse algunos indigentes cuando llueve o hace mucho frío. Fingen leer el periódico o alguna revista. La mayoría dormita. Ella a veces les lleva un café. Ahora esos asientos están vacíos. De hecho llevan mucho tiempo sin ocupar. A pesar de que el cielo está gris, hace semanas que es raro que caiga algo más que unas gotas oscuras, cargadas de tierra.

Su compañero de mostrador, Iván, interrumpe sus pensamientos. Deja una mascarilla frente a ella.

—He ido esta mañana a comprarlas. Te he traído una.

Olivia la examina. Es ligera, pero más consistente que las que utilizan los dentistas.

—¿De verdad piensas que es necesario? —desconfía.

—Bueno, tú andas entre el tráfico todo el tiempo. No está de más que la uses. La alerta por contaminación aún está en activo, aunque ya no salga en las noticias.

Recuerda que unas semanas atrás saltaron todas las alarmas. Los índices de partículas en suspensión y de dióxido de nitrógeno eran altísimos, lo nunca visto. Se recomendaba no hacer deporte al aire libre y evitar en lo posible salir a la calle a las personas sensibles. En la misma biblioteca, habían atendido varios casos de episodios agudos de asma.

—Gracias —le dice, y guarda la mascarilla entre sus cosas—. ¿Qué se sabe de la reunión?

—Han vuelto a aplazarla —le explica. Baja la voz cuando, desde dentro, la jefa les recrimina con un siseo—. Casi seguro que será el sábado. Vienen algunos compañeros de la capital. Allí llevan tiempo intentando implantar medidas. Pero… ya sabes, cualquier plan de acción desaparece. Solo hay multas e impuestos abusivos que la mayoría no pueden pagar. Y no soluciones. Y, además, se silencian los avisos, como si alguien no quisiera que se sepa lo que está pasando.

Olivia asiente. Promete a Iván que no faltará. Mira la hora y ve que su turno está a punto de terminar. Esos días hay poca gente en la sala. Sobre todo echa de menos a los niños. El cuentacuentos del día anterior se tuvo que suspender. Mientras recoge sus cosas y se despide, ve al joven al que ha atendido antes. Baja las escaleras con el libro de Alicia en el país de las maravillas en la mano. Muestra un gesto sorprendido mientras pasa las páginas, como si buscara algo.

Olivia se cruza con él sin decirle nada. En uno de los ordenadores de consulta, otro hombre la mira, le sonríe y le guiña un ojo. Días atrás, estuvo preguntándole por libros de ciencias. Flirteó descaradamente con ella mientras le orientaba. Vuelve casi todas las tardes. Iván le dice que lo invite a una cerveza. Él también se ha dado cuenta de sus visitas y cotillea, divertido, cada vez que lo ve entrar. Olivia no quiere darse por aludida. Aún está muy reciente su última relación fallida. Está un poco abatida y no le apetece la vida social. No sabe cómo ha permitido que Iván la meta en el grupo ecologista.

—¿Ya te vas? —dice el hombre, que ha dejado el ordenador y llega con ella hasta la puerta.

Está tentada de murmurar una excusa y salir corriendo, pero le detiene la forma en que él la mira. Tan directo. Tan cálido. ¿Y si…?

—Sí, terminé por hoy. ¿Y tú? ¿Sigues investigando?

Echa un vistazo a la pantalla que se ha quedado encendida. Cuando le tomó los datos para hacerle el carné él le dijo que no tenía correo electrónico, que no quería saber nada de internet.

—Sigo buscando documentos, sí. Pero voy un poco perdido. Me vendría muy bien tu ayuda.

Se aproxima a ella para dejar pasar a alguien que sale. Olivia siente su olor, es agradable, despierta sensaciones que creía olvidadas. Carraspea y echa un vistazo a la calle. Otro paso para acercarse a la puerta.

—Mañana salgo más tarde, me quedo a cerrar. Si quieres… ven a última hora y te echo una mano. —Se siente un poco descarada después de hacer la propuesta. Lo mira a los ojos, esos que no la pierden de vista.

Él asiente.

—Eso sería perfecto. Nos vemos mañana, entonces.

Le roza el brazo apenas y luego se da la vuelta. Se fija en su amplia espalda mientras él regresa al puesto de consulta, camina despacio, con elegancia y justo antes de centrarse en la pantalla gira un poco la cabeza y la pilla aun mirándolo. Olivia sonríe. A pesar del rubor que nota le hace un gesto con la mano y luego otro a Iván que, desde el mostrador, no ha perdido ni un detalle.

En la calle, distraída, le cuesta encajar la llave en el candado de la bicicleta. El ruido ensordecedor de los cláxones la devuelve a la realidad. A pesar de las recomendaciones para reducir el tráfico, hay otro embotellamiento, como cada día. Resulta desesperante ver tantos coches empeñados en pasar a la vez por las calles estrechas.

Se sube a la bici y pedalea por el carril. Ha olvidado ponerse la mascarilla de Iván y casi siente las partículas del aire entrando por su garganta. Toma el camino largo para volver a casa, el que cruza el gran jardín que alivia un poco la contaminación de la ciudad.

El cielo está gris y caen unos goterones sucios. Busca el silencio pero resuena el crujido de las hojas secas, que aún caen de los árboles. Es pleno invierno y no sopla ni una gota de aire. Las ramas se resisten a quedarse desnudas. Con las altas temperaturas de los últimos días, algunas yemas pugnan por florecer.

Ana

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