Ana

3×05. Ave fénix

Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Gaspar acercó a la llama otra de las fotografías. Era un romántico. Se rebelaba ante la esclavitud de las nuevas tecnologías. Prefería tocar las cosas. Odiaba que los momentos felices se quedaran atrapados en la pantalla y los imprimía para enmarcarlos o colgarlos en la pared. Contemplar cómo el fuego lamía las sonrisas, deshacía las manos entrelazadas y mutilaba los dedos en forma de V le proporcionó dolor y alivio a un tiempo.

Dejó para el final el billete de avión. El destino era México, después de dos escalas y casi 20 horas de viaje. Estaba bastante seguro de que había vuelos directos, pero ella parecía ansiosa por poner tierra de por medio. «¡Es una gran oportunidad para mí!», le había explicado, comiéndoselo a besos, el día anterior, cuando se despedía. «Serán solo tres meses», le prometió.

Se iba. Dejándolo abandonado en vísperas de Halloween. La ruptura estaba implícita: no había sacado billete de vuelta.

Acercó el folio cuidadosamente doblado y lo vio chamuscarse hasta convertirse en cenizas. Eso no impediría que ella embarcara mostrando la pantalla del teléfono, pero lo reconfortó. Apagó la vela de un soplido, era una de esas rojas, que la gente enciende para Todos los Santos.

El pitido de su móvil lo sobresaltó. Echó un vistazo al mensaje entrante. Acababa de tener un match.

Ana

Microrrelato para el Ciclo Los mejores comienzos literarios. Fahrenheit 451, de Ray Bradbury

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