Ana

3×03. Sin sufrimiento

Al día siguiente no murió nadie. Algunos ancianos suspiraron con alivio. Rosita había sido la última en fallecer mientras dormía.

Durante la semana anterior, las enfermeras habían hecho el macabro recuento cada mañana. El médico certificaba los decesos. Los familiares recibían un mensaje en sus buzones de voz. La larga lista de espera para conseguir una cama corría algunos turnos.

Después, la residencia volvió a la rutina. A las clases de taichí, las partidas de cartas y los corrillos en el jardín. A las miradas perdidas, los sollozos ahogados y los gestos de resignación. A la letanía de males con voz temblorosa: «Siento mucha fatiga», «Casi no puedo tenerme en pie», «Pronto seguiré a Rosita».

Hoy he vuelto a mi turno, tras unas cortas vacaciones: les prepararé la cena y la serviré con mimo. Les guiñaré el ojo a ellos y les sonreiré a ellas.

Siempre intento colar algún dulce, una chuchería para hacerles las últimas horas más gratas. No me gusta verlos sufrir. Tengo un nuevo frasco de arsénico para aderezar la leche que toman antes de irse a la cama.

Ana

Microrrelato para el Ciclo Los mejores comienzos literarios. Las intermitencias de la muerte, de José Saramago

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