Ana

3×01. La maldición de los bares de copas

Soy un hombre invisible. Es la única explicación. Las mujeres pasan a mi lado sin fijarse. Ni al tropezar accidentalmente con Rebeca se ha dado cuenta de que la miraba embobado. Y eso que parte de mi gin-tonic ha ido a parar a su vestido floreado. Solo ha pasado la mano con descuido sobre la manga empapada, como quien espanta una mosca, y se ha dejado engullir por las luces y las notas díscolas del remember transnochado.

La veo bailar con unos y tontear con otros. Yo me quedo junto a la barra, moviendo el pie sin ritmo, arrugando la chaqueta que hace horas estaba planchada. Tomo cubatas para encontrar el valor y acercarme a ella. Los vapores etílicos han sustituido el aroma intenso del Axe que me eché hace un rato. La veo arrugar la nariz con desagrado cuando recojo las cervezas vacías que ha dejado en una mesa alta. Se está fundiendo en los abultados brazos de un pipiolo listillo, de esos que se cuelan en los pubs ochenteros buscando presas fáciles. Dejo las botellas en la barra. El dueño siempre me agradece esa colaboración espontánea del fin de fiesta y me perdona las últimas copas. Rebeca se va mientras comenta «¡Qué vacío está esto hoy!». Le abro la puerta y ni siquiera ahora me mira.

Ana

Microrrelato para el Ciclo Los mejores comienzos literarios. El hombre invisible, de H.G. Wells.

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