Amelia

LII. Déjà vu

Ana deambulaba por las calles de la ciudad con la mirada perdida. Había despertado esa mañana con la sensación de que le faltaba algo, no sabía qué. En su móvil la agenda solo contenía el número de teléfono de la inmobiliaria Soler. Salía en esos momentos de la cita que había concertado.

La había atendido Ernesto Soler, muy atento y profesional, que le enseñó un mini ático de una finca antigua, sin ascensor. Intentó convencerla de la idoneidad del piso para una persona como ella. No obstante, cuando le habló de las bondades del trastero, Ana sintió que estaba viviendo un déjà vu. Se despidió del desolado comercial sin firmar el contrato tan ventajoso que le ofrecía. Le había dado mala espina.

Caminó sin rumbo fijo. Le parecía que había olvidado detalles de su vida, aunque se encontraba bien. Echaba en falta amigos y familiares, no sabía dónde ni cómo encontrarlos. Tropezó con una chica y volaron sus apuntes de Anatomía. Aunque se disculpó, la joven no le hizo caso y los recogió a toda prisa.

Sus ojos se toparon con un letrero: «Salvador Máñez, psicólogo conductista. 3º izquierda». Tuvo el impulso de llamar al timbre y subir a la consulta, a ver si podía ayudarla con su falta de memoria. Pero, una vez en la puerta, un mal presentimiento la hizo desandar el camino.

Vio un escaparate de una tienda de ropa de baile y se quedó hipnotizada contemplando a una chica que se probaba zapatos. Parecían hechos de cristal. Su cara sonriente e ilusionada le era familiar. Le dio vergüenza entrar y preguntarle si se conocían de algo.

Llegó a una estación de metro. En el bolso había visto que disponía de un abono, así que pensó en coger el primero que pillara, por ver si podía recordar algo más. Eligió el andén uno, al azar, justo cuando venía el metro. Subió y se apoyó junto a la puerta. Observó a una joven embobada que, a su vez, observaba a un hombre que leía Seda, de Alessandro Baricco. Los dos también le sonaban de algo. No se atrevió a interrumpirlos.

Bajó en la parada Bailén. Un recuerdo acudió a su mente: alguien había hecho un chiste con el rótulo del metro diciendo que, como le faltaba la tilde, se había transformado en el imperativo Bailen. Quiso acordarse de quién era la persona que había bailado frente a ella en esa parada, pero no lo logró.

Salió a la superficie y la saludó el mismo día gris que había dejado atrás hacía pocas paradas. Siguió caminando y vio una librería llamada París-Valencia. Entró, con la corazonada de que los libros eran algo importante en su vida.

Hojeó la última obra de Aurora Cuadrado, una escritora de novela negra. Las letras se difuminaron ante sus ojos. Parpadeó varias veces y se asustó. ¿Estaba perdiendo vista? Quiso preguntarle a la dependienta, pero se hallaba discutiendo con un tipo que, por lo visto, quería venderle una colección de libros muy baratos. Ana meneó la cabeza. ¿Cómo podía ser tan estúpido?

Llegó a la estación de tren y se sentó. Mientras reflexionaba sobre su largo paseo y la gente que había encontrado, escuchó una conversación que también le pareció familiar:

—Te lo juro. Mi abuela estaba sentada junto a la ventana, fumaba y leía el periódico. Y llevaba semanas tumbada en la cama, conectada al oxígeno —decía un joven, bastante alterado—. He llamado a emergencias y no me han hecho caso.

Ana escuchó con atención las explicaciones del joven de lo que parecía un caso milagroso. Quizás también tenía que llamar ella a emergencias y solicitar ayuda médica.

Por los altavoces indicaron que en cinco minutos salía el tren en dirección a Cuenca. Vio a la chica con la que se había tropezado antes. Corría hacia el control arrastrando una maleta.

Ana se levantó de un salto y notó que se mareaba. Ante sus ojos apareció un telón negro y perdió el conocimiento.

Despertó en el sofá de su casa. Tenía un ligero dolor de cabeza. Se incorporó y se frotó los ojos. Cogió el móvil de encima de la mesa. Revisó la agenda de teléfonos. Ahí estaban todos: el de su sobrino, el de su novio, los de sus amigas… Justo al lado había un par de galletas mordisqueadas con un letrero que decía Cómeme y una botellita con un licor oscuro que decía Bébeme. Se levantó y tiró a la basura las galletas y la botellita. Ya estaba bien de experimentos. Además, esa semana no había escrito todavía su relato para el blog 52relatosymedio que compartía con su amiga Amelia. Cogió su libreta de apuntes y anotó los detalles de aquel sueño tan raro, por si le servían de inspiración.

Amelia

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s