Amelia

XLVIII. El cuaderno rojo

Se quedó mirando fijamente esas líneas, la inclinación hacia delante de su propia letra. Acababa de concluir su primer libro de relatos, veinte, para ser más exactos. Los había escrito en un cuaderno de tapas rojas, que mostraba algunos tachones, flechas que simbolizaban el intercambio de palabras y anotaciones en los márgenes. Satisfecho ante su trabajo, que había durado unos tres meses, se echó hacia atrás en la silla. Ahora solo le quedaba transcribir su obra a ordenador, dejarla reposar una o dos semanas, revisarla y enviarla a cuanta editorial encontrase en su camino. Seguro de su destreza en el arte de la escritura, ya se veía como una de las jóvenes promesas en el mundo literario.

Dejó el cuaderno encima del escritorio y abrió la ventana. Hacía calor en aquella tarde de verano y, a pesar del ventilador, el sudor corría por su espalda. Los meteorólogos habían anunciado tormentas en alguna parte del país, pero lo único que se respiraba en el ambiente era un calor húmedo que se metía por todos los poros de su piel y apenas le dejaba concentrarse.

Decidió darse una ducha. En cuanto abrió el grifo cambió de opinión: prepararía un buen baño con agua fría y atemperaría su cuerpo. Además, le había dicho a una amiga que la llamaría cuando terminase su jornada de escritura de ese día. Quería quedar con ella, invitarla a un par de cervezas y quizás a cenar. Comenzó a llenar la bañera, buscó las sales de baño y echó un buen puñado. Se desnudó con rapidez, metió un pie y disfrutó de la delicia del frío.

Tras lavarse el pelo, se recostó la bañera y dejó que su mente vagase por los distintos relatos que había escrito. Algunos le gustaban más que otros, pero estaba seguro de que la suya era una buena antología de cuentos que describían a la perfección la vida cotidiana. Eran realistas, aunque alguno tenía cierto toque fantástico que le daba una pincelada mágica. Estaban basados, como siempre, en anécdotas que, o bien le habían sucedido a él, o bien a alguno de sus amigos o familiares. Por supuesto, cambiaba nombres de personas y lugares y exageraba u omitía ciertos detalles para que nadie se sintiera molesto.

Sin darse apenas cuenta, se quedó dormido, mecido por el agua fría con olor a vainilla. Pasar la noche escribiendo sin parar agotaba a cualquiera. Soñó con un editor que lo promocionaba hasta tal punto que lo invitaban a tertulias literarias. Luego, su sueño se mezcló con la victoria en un certamen literario de gran solera, donde le daban un cheque gigante por un valor desorbitado.

Un fuerte estruendo lo despertó. Sobresaltado, casi resbaló al salir del agua. Cogió la toalla y se secó como pudo. Cuando llegó a la habitación, vio cómo una tormenta de verano se cernía sobre la casa. Por la ventana abierta entraban la lluvia y el granizo, que se depositaban sobre el escritorio y empapaban las cortinas. Corrió a coger el cuaderno rojo de relatos, también algo mojado. Lo abrió y contempló, desolado, cómo la tinta se había deshecho aquí y allá, las anotaciones aparecían emborronadas y muchas de las páginas estaban pegadas entre sí. Apenas se distinguían unas pocas frases de algunos relatos.

Desesperado, se sentó en la cama, al borde de las lágrimas. Todo su trabajo echado a perder por una maldita tormenta de verano y su inconsciencia al dejar la ventana abierta. ¿Qué podía hacer ahora?

Llamó a su amiga y canceló la cita. Sacó el portátil de su funda, lo encendió y abrió el procesador de textos, decidido a no dejarse arrastrar por el desánimo. En el cuaderno rojo buscó algún relato que estuviera más o menos entero y comenzó a escribir de nuevo:

«Mi abuela está sentada junto a la ventana. Fuma y lee el periódico».

Amelia.

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