Amelia

XLII. La caída

Esperanza arrastró el cuerpo del hombre hasta la puerta de su casa con la ayuda de una gran sábana. A su edad ya no estaba para cargar con grandes pesos, pero no podía dejarlo ahí tirado, en el jardín de la entrada. Sus vecinos eran demasiado curiosos.

Todavía respiraba, aunque con dificultad. Lo colocó en la cama donde su marido había pasado sus últimos días y fue a por el termómetro. Como sospechaba, tenía algo de fiebre. Tendría que darle algún antipirético. Suerte que disponía de un gran botiquín gracias a sus incursiones al almacén del hospital donde trabajaba como limpiadora.

Contempló su rostro ovalado, de facciones equilibradas: frente ancha, ojos enmarcados por unas cejas de finísimo pelo rubio, pómulos prominentes, nariz recta, boca ni grande ni pequeña y mentón algo más corto que la frente. Su torso desnudo carecía de vello. Le dio algo de pudor quitarle los pantalones blancos manchados de barro y sangre, pero pensó que debía hacerlo, si quería lavarlo, adecentarlo y curar sus heridas. Le dio la vuelta con dificultad y observó dos pequeñas protuberancias en la espalda, que no quiso tocar.

Pasó la noche en vela, tras hacerle ingerir una pastilla para que le bajase la fiebre. Se dedicó a refrescarle la frente con paños mojados, mientras él balbuceaba palabras sin sentido, sobre todo porque parecía proferirlas en un idioma distinto al suyo.

Hacia las cinco de la mañana, el cansancio la venció y se durmió en el sillón de orejas. Un ruido la despertó de pronto. El hombre no estaba en la cama.

Fue a la cocina, alertada por el ruido y lo vio allí, sentado ante la mesa, bebiendo leche. Se había despojado de las vendas y ya no estaba desnudo.

—Gracias —dijo él, con una voz melodiosa como nunca había escuchado.

—De nada —se sorprendió diciendo. Quería preguntarle tantas cosas…

—Siéntese. Contestaré a sus preguntas, no tenga miedo.

Esperanza se colocó en una silla frente a él. Solo sentía curiosidad. Iba a hablar cuando él dijo:

—Sí, soy lo que piensa.

No hicieron falta palabras. La mente de la mujer se llenó de imágenes del comienzo de la guerra. Hacía casi un año el cielo se había oscurecido y habían comenzado a caer los cuerpos de los que batallaban en las alturas. Al principio las gentes se extrañaron; sin embargo, pronto un visionario o un profeta, como se autodenominó, les habló del conflicto entre ángeles y demonios, que duraba desde el principio de los tiempos.

Ignoraban por qué los cadáveres de los combatientes caían a tierra. Algunos los contemplaban con asombro y no hacían nada, otros los recogían y los tiraban, a menudo en contenedores. Los más atrevidos intentaron realizar autopsias para investigar y solo habían conseguido lesionarse. Los gobiernos decidieron enterrarlos, sin distinción entre ellos, en cementerios dedicados únicamente a los habitantes del cielo.

Si alguien encontraba un cuerpo, debía notificarlo a las autoridades y pasaban a por él en camiones especiales. Había fuertes medidas de seguridad para evitar que se comerciara con los cadáveres. Nunca habían hallado a nadie con vida, hasta ese momento.

Esperanza notaba una sensación de paz inexplicable. ¡Acababa de salvar a un ángel!

—Gracias por todo. Debo volver al combate —dijo, levantándose con algo de dificultad.

—Puede quedarse el tiempo que sea oportuno para recuperarse —invitó ella, confiada.

—No, gracias. El tiempo en la Tierra es distinto al del Cielo y allí arriba es importante mi presencia.

Esperanza asintió, incapaz de decir nada más. Lo acompañó al patio trasero. Él depositó un beso en su frente.

—Si encuentra más como yo, no dude en ayudarnos. Es de vital importancia que ganemos la batalla final.

La mujer se quedó contemplando la belleza del ángel, que se había situado en el centro del patio. Allí desplegó unas alas de plumas negras con las que alzó el vuelo. Esperanza se quedó petrificada viendo cómo el que había creído un ángel se iba alejando, hasta que lo perdió de vista entre las nubes.

Amelia.

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