Ana

XLI. El vendedor

—¿Hablas en serio? —le preguntó, con tono de estupefacción.

Ismael percibió una gota incipiente a punto de rodarle por la sien. La corbata, demasiado apretada en el cuello, amenazaba con robarle el aire. La repentina humedad de las palmas de sus manos le incomodaba.

—Claro —respondió, y la firmeza de su voz borró de un plumazo sus tribulaciones—. Es un producto magnífico, con un acabado impecable y una durabilidad superior a la media.

La dueña del establecimiento lo miró, aún asombrada. Arqueó una ceja y señaló a su alrededor.

—¿Te has fijado en mi tienda? —inquirió, con impaciencia.

Ismael volvió a sentir un leve sofoco. Era un día muy caluroso y eso que aún no había terminado la primavera. En el exterior no soplaba ni una pizca de viento y el sol, cercano ya el mediodía, caía a plomo. Se había recorrido, uno por uno, todos los números de la avenida, sin hacer distinción entre portales y comercios. «En todas partes hay potenciales clientes. El secreto está en no perder nunca la ilusión, enfrentarse a cada uno como si fuera el primero y, sobre todo, sonreír». Se forzó a curvar suavemente la comisura de los labios y se permitió un gesto descuidado: apartó un mechón del flequillo que incordiaba a su ojo izquierdo y comentó la temperatura. Según las enseñanzas del director, la gente agradecía la cercanía. A todo el mundo le molesta el calor, era un tema perfecto para tender lazos antes de continuar con la explicación:

—Somos expertos fabricantes, tenemos mucha experiencia—indicó, como de pasada, tal y como le habían enseñado a hacer.

Ese “expertos” servía para cualquiera de los variados objetos que vendían. En la formación les habían explicado que ese “somos” era un plural de modestia y que alguien, en algún rincón del entramado de la empresa, lo fabricaba y, por tanto, era experto. Ismael sospechaba que eso era solo una patraña, pero lo cierto es que Guillem, el director, lo decía con tanta convicción que acabó resolviendo que así debía de ser.

Guillem le había enseñado, a él y a los otros tres compañeros que empezaron el mismo día, los secretos del buen vendedor. Su lema era «cualquier cosa puede venderse a cualquier persona, solo hay que saber hacerlo atractivo y, sobre todo, necesario a sus ojos». La primera semana las ventas se multiplicaron. Excepto uno de los nuevos, que desapareció sin dejar rastro al tercer día, los demás probaron y todos, sin excepción, consiguieron colocar algo sin demasiado esfuerzo.

Ismael calculó las comisiones y pensó que, si en unos meses era capaz de vender la cuarta parte de lo que había visto hacer a Guillem, sacaría un sueldo más que digno. Los primeros días aún se mostró remolón y se le hacía cuesta arriba unirse a los veteranos, que todas las mañanas repetían, como un mantra, las palabras mágicas: «yo puedo, yo soy capaz, yo lo voy a conseguir». Le parecía infantil. Pero lo cierto es que el optimismo que se respiraba en la empresa distaba mucho de los gritos y las malas caras que le habían dado los buenos días en la cafetería, donde había estado trabajando los últimos tres años.

Le gustaba hablar con la gente y pasar el día al aire libre, por lo que parecía un trabajo perfecto. Aunque algunas noches, cuando regresaba a su casa vacía y cenaba un paquete de pasta congelada o un kebab comprado en el pakistaní de abajo, temía estar invirtiendo demasiadas horas. «Son solo los primeros meses», le había dicho Guillem, cuando le expresó sus dudas. «En cuanto cojas práctica podrás distribuirte las visitas como tú quieras. Y con tan solo dos ventas diarias ya puedes vivir muy bien. Lo demás depende de lo ambicioso que seas», apostillaba, dándole una palmadita en el hombro y guiñándole un ojo.

Por alguna razón, a Ismael se le ocurrió, en ese preciso momento, que ninguno de los veteranos, ni tan siquiera el propio Guillem, abandonaba la oficina antes de las nueve de la noche. Miró las estanterías repletas que la mujer llevaba un rato señalándole.

—Tienes una librería preciosa —indicó, con admiración. Observó los ejemplares alineados con pulcritud y los carteles con dibujos donde se identificaba el género literario.

—Y tengo también mucho trabajo —señaló ella—, así que, si eres tan amable…

—¿Estás segura de que no quieres echarle un vistazo a nuestro catálogo? —insistió—. Solo tienes que hacer un pedido al mes —apuntó— y te saldría muy bien de precio. Apuesto a que encuentras libros que tú no tienes aquí.

—¡Largo! —dijo ella, sin levantar la voz.

—Que tengas un buen día —respondió Ismael, sin amilanarse.

Recogió el volumen de tapas duras y cantos dorados que había dejado en el mostrador. Aquella semana tocaba vender libros y por la mañana había metido en la cartera un par de ejemplares al azar, sin ni siquiera fijarse en el título. Lo leyó, mientras hacía tintinear la campanilla de la puerta al salir: «Vendedor de humo».

Ana

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