Amelia

XL. Adicto

—¿Quieres dejar el móvil de una puta vez? —le espetó su padre. De un zarpazo se lo arrebató—. Me tienes hasta los cojones.

—¡Julián! No digas esas cosas delante del niño —exclamó la madre, mirándolo con cara de fastidio.

Marcos ni se inmutó. Estaba acostumbrado a que le quitaran el móvil y se lo devolvieran al cabo del rato. Las pataletas del principio y las amenazas habían surtido efecto. Por mucho que se quejaran, sus padres acababan claudicando. Solo tenía que esperar un poco.

El niño siguió revolviendo las patatas fritas con kétchup que le quedaban. Su padre se levantó de la mesa, como siempre, con prisa para ir al trabajo, y le dio el móvil a su madre.

—Rebeca, no se lo devuelvas hasta esta noche —indicó, tras darle un beso en la mejilla—. Debe acostumbrarse a vivir sin móvil.

Ella asintió y volvió a sentarse a la mesa. En cuanto escuchó el ruido de la puerta al cerrarse, se dirigió a su hijo.

—Cariño, ya sabes que a papá no le gusta nada estés con el móvil en la mano mientras comemos.

Marcos no tuvo ni que extenderla, pues su madre ya lo estaba sacando del bolsillo para dárselo. En cuanto lo cogió, dejó las patatas y se puso a jugar con el móvil.

El resto de la comida transcurrió en silencio. Rebeca recogió la mesa mientras su hijo terminaba una partida de Candy Crush, se dispuso a fregar los platos y él se sentó en el sofá sin apenas mirarla. Solo tenía ojos para la pantalla.

Un sentimiento de congoja se apoderó de la madre. «¿Qué hemos hecho para que esté todo el día así?», se preguntó. Y quiso pensar que la culpa la tenían los dichosos inventores de los cacharritos aquellos, y los padres de sus compañeros de colegio, que le habían dicho que su hijo no sería nadie si no le regalaban un móvil para la comunión, que todos los niños lo tenían y era muy útil. Quiso pensar que la culpa era de su marido, demasiado estricto con el uso del aparato, y que quizás Marcos no sería tan adicto al mismo si hubieran establecido unas reglas desde el principio.

Marcos no decía hola ni gracias ni buenos días. Ya no decía nada. Se pasaba las horas mensajeando, o jugando a juegos de nombres impronunciables en inglés, o haciéndose fotos para aplicaciones. Rebeca estaba casi segura de que algunas no eran aptas para menores de catorce años, pero como no sabía utilizarlas ella misma, dejaba que su hijo las usara a su antojo. Tras las primeras veces en que intentaron quitarle el móvil y el niño se había tirado al suelo, pataleando y llorando, y había armado una buena en un conocido centro comercial, Rebeca se sentía impelida a devolverle el móvil si su padre se lo quitaba. Y eso que los profesores le habían dicho que iba a repetir curso si no se dedicaba a estudiar más. Antes aún venían amiguitos a casa, pero ahora parecía que se comunicaban a través del dichoso aparato. Rebeca no sabía qué hacer. Ya había tirado la toalla.

—Vamos, Marcos, al colegio —le dijo, viendo la hora que era.

El niño no respondió. Se limitó a levantarse y, sin despegar los ojos de la pantalla, dejó que su madre le colgara la mochila y le abriera la puerta.

El camino a la escuela era más corto si lo hacía mirando vídeos de sus youtubers favoritos. Además, prefería la pantalla antes que a sus compañeros.

Todo había empezado hacía año y medio. Nunca había sido muy bueno jugando a fútbol, pero no había importado hasta la llegada de Pablo. Poco a poco consiguió que no lo eligieran para jugar, ni en el recreo, ni en las clases de Educación Física. Luego, tras convencerlo para hacerse una cuenta en Tuenti, se la habían hackeado y le habían escrito mensajes obscenos de su parte a Alicia, la chica nueva que le gustaba. Si antes las chicas le hacían poco caso, ahora menos. Desde aquel momento comenzó a interesarse por la informática y se hizo un experto en redes sociales, sin que nadie se diera cuenta ni le prestara atención.

¿Para qué molestar a sus padres, si no entendían de qué iba la adolescencia ni lo que hacía con el móvil? Vivían inmersos en su mundo de adultos. Seguro que, si les decía que se sentía mal, lo achacarían a su edad o a chiquilladas sin importancia. Al menos, es lo que comentaban cuando veían casos de acoso escolar en la televisión.

Se había ido alejando de los que antes eran sus amigos y ahora le hacían la rosca a Pablo. En clase solo atendía a los profesores de Informática, Matemáticas e Inglés, convencido de que eran las únicas asignaturas que le servirían para algo.

Sus padres pensaban que era un adicto, que vivía obsesionado con el móvil. Se equivocaban. Su obsesión era encontrar la manera de vengarse de aquellos que llevaban más de un año haciéndole la vida imposible. Y estaba a punto de conseguirlo con un par de aplicaciones e instrucciones de los hackers más famosos. Era cuestión de tiempo.

Amelia.

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