Ana

XXXIX. Dentro de un orden

Se sentaba siempre en la primera fila, como una alumna aplicada. Yo me incorporé tarde al curso intensivo de B2 de inglés. No solo llevaban varias sesiones, sino que la de aquel día rondaba ya la media hora. Me puse a su lado para no hacer mucho ruido. Dejé caer los folios y un bolígrafo junto a la mochila, sobre la mesa. Ella me miró con un gesto desaprobador y movió su silla, para alejarse un poco de mí.

Pasé los primeros minutos fascinado. Anotaba con pulcritud en una libreta mediana lo que el profesor garabateaba en la pizarra. Tenía alineados tres bolígrafos de distintos colores y un par de rotuladores fosforitos. Había un lápiz de madera con la punta afilada y una goma de borrar impoluta. Tenía el libro abierto sobre un pequeño caballete y post-it de colores señalando páginas. Tan absorto estaba, que no me di cuenta de que el profesor me preguntaba «Hi, what’s your name, guy?», hasta que se detuvo frente a mí y escuché unas risitas apagadas a mi espalda.

Con aquella presentación tan poco discreta, Teresa no pudo evitar fijarse en mí. Y aunque no tenía nada que ver con las mujeres que yo solía frecuentar, a mí me resultó tremendamente atractiva. O quizá un reto, porque no podíamos ser más diferentes.

Pronto me di cuenta de que su obsesivo orden no se limitaba a lo que había sobre la mesa. Llevaba el pelo muy peinado, la mayor parte de las veces recogido en una apretada coleta, y sometidos los mechones rebeldes con discretos ganchos oscuros. Se maquillaba con suavidad y vestía una ropa que, aunque sobria, resaltaba sus encantos.

En el primer speaking ya nos dimos cuenta de que la conversación fluía incluso en inglés. Se ofreció a pasarme los apuntes y ejercicios que habían hecho durante las dos primeras semanas de clase. Resolvía mis dudas cuando yo me atascaba con los ejercicios de gramática. A cambio, su soltura al hablar era mucho mayor cuando yo le daba la réplica, así que pronto nos convertimos en un tándem inseparable.

Siempre que yo respetara su espacio y no me acercara mucho, ella era amable y distendida. Si yo olvidaba los límites y la trataba con familiaridad, si se me ocurría tocarle la mano, darle un abrazo o sugerir un beso, se tensaba y ponía dos o tres sillas de por medio. Aunque me reía un poco con esto, casi siempre toleraba sus manías.

Nuestra relación fue así, un poco más que cordial, muy fructífera para los dos, y con largas y atrevidas conversaciones por wasap en spanglish, en las que se crecía y no dudaba en utilizar dobles sentidos. Sospechaba que yo le gustaba bastante y a mí, para qué negarlo, me atraía mucho.

El examen final fue difícil. Habíamos estudiado duro. Yo necesitaba la titulación para el currículum y ella me dijo que le venía muy bien para promocionar en el trabajo. El speaking nos salió bordado. Llevábamos semanas practicando y casi parecía que nos adivinábamos el pensamiento.

El día que nos dieron las notas nos quedamos con el resto de la clase a tomar unas cervezas en un bar irlandés. Ningún intento, hasta entonces, de vernos fuera del aula me había funcionado, pero aquel día Teresa se dejó llevar. Observé cómo pedía la cerveza solo en botella, nunca en vaso, y cómo dedicaba más de un minuto entero a limpiar el borde antes de beber directamente de ella. Por supuesto, lo hacía con un pañuelo que sacaba de su bolso, para proceder a la operación de forma meticulosa.

Al principio estaba de pie, apoyada en el borde de uno de los taburetes. Tres cervezas más tarde, aceptó venir a sentarse conmigo y otras dos alumnas a un reservado. Estuvimos un buen rato recordando anécdotas del curso, contándonos meteduras de pata en nuestros intentos por hablar inglés y riéndonos sin parar.

Cuando las dos compañeras se fueron, hice la prueba definitiva antes de atreverme a besarla. Su cerveza se había acabado y le ofrecí dar un trago de la mía que estaba a la mitad. La aceptó sin darse cuenta de lo que hacía y cuando el líquido tocó su garganta pareció estremecerse. Yo recordaba que me había hablado de un exmarido fallido, cuando era muy joven, y de una relación bastante larga, sin papeles de por medio, terminada un par de años atrás. Así que supuse que, una vez se le pasaban los reparos, era una persona normal. Le sugerí que yo no tenía ninguna enfermedad contagiosa y fue ella la que me besó, sin dejar de sonreír.

Aquella primera noche no quiso que la llevara a casa, pero nuestra relación, sin duda, había cambiado. Empezamos a vernos a menudo y casi siempre me dejaba que la abrazara o la cogiera de la mano. Me reprochaba mis despistes o mis camisas mal planchadas, pero acompañaba cada uno de sus gestos con una amplia sonrisa en la que mostraba unos dientes blancos e impolutos.

Al fin, un día aceptó mi invitación a cenar. Inspeccionó mi desordenada casa sugiriéndome cómo debería almacenar los apuntes, doblar la ropa de los cajones o guardar las cazuelas en los armarios. Yo me reía al escucharla, pero aquella noche estaba especialmente guapa. Llevaba un vestido rojo, muy ceñido, con un escote mucho más pronunciado de lo que esperaba. Picoteó con desconfianza los entrantes y apreció mi plato principal, solomillo a la mostaza. Aunque pasó un paño por la copa, dejó que se la llenara varias veces de vino y me permitió besarla en el sofá, a pesar de los cojines raídos y la manta deshilachada.

Y ahí acabó la magia. Cuando por fin empecé a bajarle la cremallera del vestido, me dijo que esperara un momento, que hacía falta protección. Mientras rebuscaba en el bolso, le susurré al oído que no era necesario, que yo tenía preservativos. Cuando le vi sacar unos guantes de látex y un gel desinfectante me quedé mudo. Ni siquiera atendí a sus súplicas de que al menos me diera una ducha.

Desde entonces no he dejado de contestar a sus surrealistas mensajes de wasap, pero cada vez que me sugiere que volvamos a vernos, finjo tener todos los síntomas de una gripe.

Ana

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