Ramón

S. Obsesa

   Números y cifras perdían a Belinda Alpera Zanón, atribulada profesora de contabilidad mercantil, dos veces divorciada y con hijos de ambos ex cónyuges, quien pasaba sus escasas horas de asueto ensimismada en el hallazgo de fórmulas magistrales que le demostraran, de manera fehaciente, que cualquier cifra de números adecuadamente descompuesta era capaz de relacionarse con otra, y esta con otra más, para así llegar a un conglomerado de afinidades transitivas. Desde joven mostró indicios pues, convertida en contumaz lectora, devoraba volumen tras volumen sin jamás dejar doblez ni marca alguna de pausa entre las páginas de sus libros. De esta manera, preguntada en tertulias dialógicas su parecer sobre tal o cual obra, diligente contestaba: “¿Ana Karenina? 212, 395 y final”, que no eran sino las páginas memorizadas de sus entreactos, añadiendo con procacidad: 250694, 280694, fechas de inicio y final de su lectura.

    Quiso su devaneo numeral conducirla por cauces más alambicados y así triturar en descomposición aritmética las matrículas de los autos que se cruzaban en su mirar: V 5742 DF, Opel Astra de su vecino Isaías. Desdeñadas las letras por estériles maquinaba febril: cinco más cuatro, menos siete, menos dos, cero. No le valía otro desenlace, que inmediatamente trasladaba al perfil de los augurios, con la licencia de obtener un resultado final máximo de uno como una suerte profiláctica de catástrofes respecto a la jornada que se le avecinaba. Y eso que las fechas también se las traían, puesto que un 25 de abril de 2017, deshecho en guarismos, arrojaba un esperanzador cinco más dos entre siete, más uno, más dos, menos cuatro (por abril), cero. Un día así para Belinda era una especie de soneto regalado en mojada tarde, preludio de las más grandes empresas entre las que no faltaba el anhelo de conocer un caballero interesante, hallar una rosa roja en el sendero o lograr la cabal combinación millonaria que la retirara definitivamente de su monotonía laboral.

    Semejantes empeños continuados en el tiempo alertaron a sus congéneres, quienes no dudaron en alojar sus carnes en la consulta de un psiquiatra de muy reconocido prestigio entre las gentes de bien. No así en el corazón de Belinda, que vio cómo su talante era traicionado, vilipendiado e incluso embriagado, pues solo con una fuerte dosis de narcóticos fue ubicada en aquel, como verán, siniestro gabinete. Con réplicas monosilábicas y una mirada que derretía los diplomas de las paredes, respondió resuelta sobre el origen y/o conciencia de semejantes arbitrios por tratarse del mismo día en que tristemente le implantaron su primera ortopedia dental: 14/07/04, guarismos malditos imposibles de reducir. Herida de daga ante tan infausto recuerdo huyó despavorida de aquella sala tropezando con el canto de la puerta, la misma que anunciaba al Dr. Homero Artano, licenciado núm. 11573, fatal premonición. Aquello fue excesivo. Bajadas las escaleras de a tres comprobó que el rellano cubría 17, trastabilló en el zaguán numerado con el 73 y el taxi que detuvo matriculaba inquinado un 6101 FWS, por no nombrar al chófer que lucía tatuados en su mano derecha tres puntos equidistantes a manera de triángulo irremiso.

    Del clavo que saca otro clavo da fe la homeopatía y tamaña avalancha de estados traumáticos exorcizaron a Belinda desposeyéndola de todo cálculo excepto el de riñón, ni más descomposiciones que las propias de la maquinaria intestinal. Pero como al monte siempre tira la cabra y el vacío que deja una acción es de inmediato poblado por otra semejante, recién iniciaba un pausado caminar por el Boulevard de los Majaretas a sus mientes acudieron antiguos vicios que pensaba desterrados, como eran aquellas extrañas intuiciones que clasificaban a primera vista si tal o cual rostro desconocido heredaba rasgos de padre o madre y su preciso lugar de nacimiento como consecuencia del modo de andar. Un apuesto galán de seductora sonrisa e impecable terno gris marengo alcanzó su paso, pero fue rechazado a los diez segundos del encuentro por barruntar la profesora que aquel mancebo reflejaba estrictamente las facciones maternas, y no estaba Belinda por la labor de acostarse, ni menos aún desayunar la mañana siguiente, llegado el caso, con el vivo retrato vislumbrado de su suegra alcarreña.

Ramón.

  

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s