Amelia

XXXVIII. En el espejo

Gonzalo se observó en el espejo del recibidor antes de ir a trabajar. Se vio guapo, como de costumbre: flequillo bien engominado, ojos azules chispeantes, nariz recta, boca carnosa enmarcada por un bigote y una perilla bien recortados… La verdad es que poseía un atractivo innegable. Se arregló la corbata, cogió el maletín y salió de casa.

En el coche, se contempló en el espejo retrovisor. Enseñó los dientes, blanqueados hacía poco, y se lanzó a sí mismo un par de besitos.

En el ascensor, subiendo al despacho, volvió a disfrutar del reflejo de su imagen. Ese traje de chaqueta azul marino le sentaba francamente bien. Se atusó la corbata, regalo de una de sus últimas conquistas, y se vio perfecto.

Pasó la mañana entre informes y miradas a su reflejo en pantallas de ordenador, mamparas de cristal, espejos de cuartos de baño… Repasaba peinado, arruguitas incipientes bajo los ojos, cejas, bigote y barba, recomponía el traje… Andrea, su compañera de despacho, se reía para sus adentros. Gonzalo era un tío bastante majo, pero la atención y el esmero que dedicaba a su persona eran excesivos. Había dejado de salir con los compañeros a tomar cervezas tras el trabajo porque «tenía que ir al gimnasio» y se cuidaba demasiado. La joven llevaba un recuento diario de las veces que se miraba en el espejo. Era media mañana y ya llevaba 72.

En la pausa para comer, el joven abogado admiró el destello de su persona en la barra plateada del bar donde solía tomar un pincho de tortilla y una Coca-cola Zero. Se limpió una miga de pan que se le había quedado en la barba. Le pareció ver un trasquilón en la misma. Se sorprendió, pues se la recortaba día sí, día no, para que estuviera perfecta. Decidió repasársela nada más llegar a casa.

De vuelta al despacho, fue al baño a lavarse los dientes y notó que uno se movía. Extrañado, lo rozó con la lengua más de una vez para asegurarse. Tendría que ir al dentista. Además, el trasquilón de la barba era mayor ahora. Volvió a sentarse ante el ordenador e intentó no pensar en ello. Apenas cruzó palabras con sus compañeros, por temor a que le dijeran algo sobre sus nuevos defectos. Por el rabillo del ojo vio que Andrea le dirigía miradas inquisitivas y anotaba cosas en un papel.

Al acabar la jornada, bajó al aparcamiento y, en el coche, se examinó en el espejo retrovisor. Creyó advertir una pequeña mancha en el pómulo izquierdo.

Tenía la bolsa del gimnasio en el maletero y dudó en ir, pero el entrenamiento diario al que sometía su cuerpo le recordó su obligación.

Entró sin saludar a las chicas de recepción. Fue al vestuario a cambiarse y en los espejos no advirtió ningún cambio nuevo. Suspiró aliviado.

Tras usar algunas máquinas y llevar a cabo su rutina de flexiones y abdominales, se metió en la ducha. Mientras se enjabonaba, unos cuantos pelos del pecho se le quedaron en la esponja. Salió disparado, enrollado en la toalla. Se secó a toda prisa y se vistió.

Condujo a toda velocidad hasta llegar a casa. Se desnudó y se inspeccionó en el gran espejo que ocupaba media pared del dormitorio. Cogió una libreta y comenzó a apuntar todos los defectos que vio: mancha rosácea en el pómulo izquierdo, un diente que se movía, trasquilón en la barba, marca roja en el cuello, pérdida de pelos en el pecho, moratón en el brazo derecho, un lunar o verruga en la rodilla izquierda.

No entendía nada. Seguía una dieta equilibrada, todos los días revisaba su estado de salud en los espejos y superficies brillantes que encontraba, no tomaba alcohol ni drogas, iba al gimnasio. ¿Por qué tenía esas manchas y marcas por el cuerpo?

Al día siguiente llamó al trabajo para informar de que se encontraba mal y pidió cita con el médico. A pesar de sus protestas e indicaciones, el médico no vio nada anormal en su cara o cuerpo y le comentó, tras la mucha insistencia del joven, que podría concertarle una visita con el psiquiatra. Gonzalo se negó y se marchó a casa. Allí verificó el listado de defectos y descubrió que se le había caído el diente, tenía menos pelo en el pecho y empezaba a perderlo en la cabeza.

Se metió en la cama, muerto de miedo. ¿Por qué el médico le decía que no había nada malo en él? Con seguridad, era una persona en la que no se podía confiar. Iría a otro médico.

Faltó tres días al trabajo, en los que visitó a tres facultativos distintos, que certificaron su perfecto estado de salud. No les creyó. Se estaba muriendo. Resolvió remediar la situación por sí mismo.

Ocultando la cabeza bajo una gorra, fue al supermercado a comprar provisiones. Zumos ecológicos, garrafas de agua, mucha fruta y verdura, hizo acopio de todo lo que era apropiado para curar su precaria salud.

Pidió las vacaciones que le correspondían, alegando que tenía cosas que arreglar en casa y se encerró. Cada día anotaba en la lista nuevas manchas y marcas que aparecían en su cuerpo. Se contemplaba en los espejos de la casa y hacía rutinas extenuantes de flexiones y abdominales.

Al cabo de dos semanas, Andrea decidió ir a visitarlo, ya que llevaba días sin coger el teléfono ni contestar a e-mails. Tras golpear varias veces a la puerta y percibir un olor extraño, llamó a la policía.

Los agentes encontraron el cuerpo sin vida de Gonzalo, tumbado en la cama. Tenía los ojos azules completamente abiertos y aferraba una libreta entre las manos, llena de garabatos y dibujos. La habitación se hallaba forrada de espejos de todos los tamaños.

—¡Qué lástima! —exclamó una de las policías—. ¿Qué le habrá pasado a este chico tan guapo? Parece un modelo.

Amelia.

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