Ana

XXXVII. La escritora

El cuerpo apareció al amanecer. Yacía sobre las rocas, al pie del acantilado, en una postura imposible. El mar estaba en calma y las olas solo llegaban a salpicarle los pies. Uno de ellos lucía una sandalia de tacón alto. El otro permanecía desnudo. Con la mano agarraba unas hojas manuscritas, de letra apretada, con numerosos tachones y anotaciones al margen. En la esquina superior había dibujada en tinta roja una flor. Era la marca con la que la famosa autora de novela negra, Aurora Cuadrado, señalaba todos sus escritos.

Adela saltó de la cama mucho antes de que se hiciera de día. En casa todos dormían. Cerró sigilosamente la puerta de la cocina. Puso la cafetera en el fuego y arrimó uno de los taburetes a la bancada. Como si se tratara de un tesoro, tomó en sus manos el libro. Era un ejemplar de tapas duras y numerosas páginas. Acarició con los dedos la portada, donde se veía el cuerpo de una mujer semidesnuda, tirada sobre una mancha oscura que parecía proceder de una botella de vino volcada. Estaba ansiosa por leer una aventura nueva de su personaje de ficción favorito, la inspectora de homicidios Alicia Herrero. Era el séptimo libro de la colección y, aunque la intensidad de los primeros títulos había decaído un poco, Adela seguía fascinada con las aventuras de la aguerrida policía y su increíble capacidad de deducción. La tarde anterior había hecho cola durante más de una hora para que la autora de la saga, Aurora Cuadrado, estampara su firma en la primera página. Adela leyó la letra apretada donde se garabateaba su nombre y una dedicatoria al uso. Además, había dibujado en la esquina una flor. A Adela le entusiasmó ver que, al menos, se había molestado en cambiar de bolígrafo para pintarla de rojo.

Por la noche no había podido dedicarle ni una mirada. Tuvo que ayudar a hacer los deberes de 2º de la ESO a Roberto y estuvo leyéndole cuentos a la pequeña Irene, mientras le daba de cenar, en una interminable sesión. Más tarde, estuvo viendo una película de ciencia ficción con Fran, tras insistirle en que deberían hacer más cosas juntos, no pudo negarse. Después se dejó besar apasionadamente. Al parecer, la flota interestelar lo animaba más de la cuenta.

Cayó rendida en la cama, mirando de reojo el preciado volumen que había dejado en la mesilla de noche, pero se acordó de poner el despertador media hora antes que los otros días. Tenía que leer las primeras páginas. La novela anterior de la saga, Escrito en las paredes, le había dejado mal sabor de boca. Guillermo, el detective privado con el que Alicia había empezado una relación, primero profesional y más tarde amorosa, había sido asesinado a manos de un psicópata al que ambos mandaron a la cárcel, tres títulos atrás. La inspectora había quedado destrozada y Adela desconsolada. Sin embargo, admiraba su capacidad para sobreponerse a las adversidades y sabía que se enfrentaría al siguiente caso con todos sus sentidos alerta.

Leyó hasta que se levantaron los niños y exigieron el desayuno. Contraviniendo su costumbre se llevó el voluminoso ejemplar en el bolso para leer en el autobús —siempre se mareaba un poco— y durante la hora de la comida, en su trabajo a turno partido en la tienda. Leyó en la puerta de la escuela de baile, donde recogía a Irene y mientras andaba hasta la academia en la que Roberto repasaba las asignaturas suspendidas en el trimestre anterior.

Después de duchas, deberes, cenas, charla con las vecinas y tertulia con su marido, dejó a este en la cama y dijo salir un momento a poner a remojo las lentejas para el día siguiente. Con la única luz de la campana extractora devoró las páginas, acompañando a Alicia por los bajos fondos, donde tres muertos en un ajuste de cuentas la llevaban por la calle de la amargura.

Clareaba el día cuando, con el corazón encogido y un pañuelo arrugado en la mano, llegó a la última página. En ella Cristóbal, el compañero novato de Alicia, leía su carta, en la que le dejaba como legado la clave para descargar los archivos de todos sus casos, entre otros los misteriosos asesinatos de los asistentes a una cata de vinos, en una importante bodega, el último asunto que ella estaba investigando. Cristóbal le había oído decir que ya tenía al culpable, pero que esperaba la prueba de ADN. Sin embargo la muerte le llegó antes que los resultados. Parecía un atraco corriente pero el policía no podía creer que Alicia se hubiera dejado sorprender por un vulgar ratero. La investigación de este crimen tendría que esperar a una nueva novela.

Adela lanzó el volumen con rabia al otro extremo de la cocina. Cerró los ojos, preocupada por si despertaba a alguno de los niños, pero el silencio invadía la casa. ¿Muerta? ¿Cómo podía estar muerta su heroína favorita? ¿Cómo se atrevía a hacerle eso aquella tipeja? Habían anunciado a bombo y platillo que la última novela iba a sorprender a los fans. Pero en ningún caso esperaba eso.

Adela se enjugó las lágrimas, se levantó y cogió su tableta. Buscó el Facebook de la autora, de la que era una más entre 10.000 seguidores, y le envió un mensaje privado, indicándole lo que opinaba de ese giro dramático de los acontecimientos. Al no obtener respuesta, el día siguiente volvió a hacerlo y el siguiente lo repitió por la mañana y por la noche.

Los mensajes se multiplicaron sin descanso. La noticia de la muerte de la protagonista ya había empezado a filtrarse en los medios. La autora, con desfachatez, ataviada con una inmensa flor prendida en la solapa de la chaqueta y los ojos muy pintados, se atrevía a excusarse diciendo que el personaje de Alicia Herrero ya estaba quemado, que no daba más de sí.

Adela asistió a alguna de las entrevistas y la increpó. Un día la siguió a casa. Empezó a enviar los mensajes por correo postal, después de que la hubieran bloqueado en la cuenta de Facebook. Finalmente comprendió que solo le quedaba una solución para vengar a Alicia.

En la mesa había un inspector de policía y un médico forense. Habían estado comentando los entresijos de la investigación. Con cierta admiración refirieron las características del asesinato. Sin duda era un crimen perfecto. Nadie podría sospechar quién era el verdadero culpable. Adela, sentada en un extremo de la primera fila, sonrió, satisfecha.

A continuación, el presentador leyó los premios de la 5ª Semana Negra. El primero correspondía a una escritora novel, Adela Ferrer, quien con una prosa exquisita y un ritmo vertiginoso, había elaborado una historia merecedora de excelentes críticas y elogiada por el público. En ella, la autora tejía una trama alrededor de una escritora real, muy conocida, y había ficcionado su asesinato a manos de un criminal implacable, surgido de las páginas de una de sus anteriores obras.

Ana

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