Ana

XXXV. Las cosas que nunca serán

Cuando estoy a punto de bajar, lo veo sentarse y abrir un libro. Me quedo un momento en la puerta, volviendo la cabeza para sostener su mirada. Destaca entre la multitud, que fija la vista en las pantallas táctiles de móviles y tabletas, mientras mueven sin parar los dedos. No es solo el libro, es su actitud la que destila algo antiguo. Pero no es rancio ni viejo. Está como impregnado de calidad, de experiencia. Le sonrío y él, como las otras veces, no me corresponde. Salgo del vagón cuando el pitido que indica el cierre de la puerta ya empieza a sonar. Corro por el andén con el recuerdo de su expresión en mi retina.

Refleja anhelo y también una tristeza infinita. O quizá nostalgia. O solo es mi imaginación desbocada, también puede ser.

Cada mañana paso cerca de cuarenta minutos en el metro. Siempre es hora punta y hay que hacerse un hueco entre los muchos viajeros. A veces me distraigo mirando a la gente e inventándome historias sobre ellos. Me imagino a dónde van, por su ropa, por su postura. Si están hablando, juego a adivinar cuál es su relación. Estos son familia, esos compañeros de clase. Estos otros se miran con amor. Y aquellos se acaban de conocer. ¡Vaya sitio más raro para tener una cita a ciegas!

En algún rincón de mí hay una romántica agazapada, que sueña con los flechazos de las películas. Pero la tengo muy escondida bajo la Estela pragmática, la que finge que la vida está para divertirse y que no merece la pena atarse a nada ni a nadie. Puede que sea una capa defensiva ante los desengaños. Yo prefiero decir que es una actitud positiva ante la suerte esquiva que me ha reservado la vida.

La última sorpresa del destino fue hace un par de meses. Conocí a Miguel en el cumpleaños de Roberto, un amigo común. Aún se recuperaba de un accidente de coche y parecía esconderse en las sombras, como si le avergonzaran sus cicatrices. Roberto me había hablado bastante de él y cuando nos presentó me guiñó un ojo. Dice la gente que transmito alegría. No me esfuerzo en hacerlo. Solo sé que la sonrisa es mi mejor arma. Miguel y yo nos caímos bien enseguida y charlamos toda la noche. No tuve que esperar mucho. Al día siguiente ya estaba mandándome mensajes y en unos días quedamos. Fue una noche fantástica. De alguna forma consiguió colarnos en el restaurante de un hotel, un estrella Michelin ya no tan de moda, pero aún con largas listas de espera. Me pareció osado y divertido.

Cuando desperté, me miraba. Creo que no hay mejor forma de despertar que con un beso, ver cómo te sonríen y saber que alguien se siente mejor, solo porque tú estás allí.

No volvimos a vernos. La primera semana, cuando no contestaba a mis llamadas, pensé que era otro más que me había tomado el pelo. Que su pasión era fingida. Pero Roberto me contó la realidad y fue aún más cruel. Miguel tuvo un accidente de coche después de llevarme al trabajo. Nadie se explica qué pasó. No detuvo su auto en un cruce.

Sentí escalofríos al enterarme. Y una nostalgia infinita. Aquella que provocan las cosas que nunca serán.

Anduve cabizbaja varios días, sin fuerzas, confusa. Casi sin mirar a la gente que me rodeaba. Hasta una mañana de lunes, en la que me crucé al hombre del metro. Estaba justo en el medio de la puerta de una estación donde casi todo el mundo hace transbordo. La gente lo empujó e, incluso alguno, le dedicó un comentario desagradable. Yo le pedí con amabilidad que me dejara pasar. Su expresión era tan perdida y tan triste que olvidé mis propias tribulaciones para sonreírle. Y miró mi sonrisa como si nadie le hubiera dedicado una en semanas.

Unos días después volví a verlo. Ya parecía más adaptado al repleto vagón y estaba a un lado de la puerta. Pasé y le sonreí de nuevo. Y me detuve en sus ojos marrones que me miraban inquietos, como si no acabaran de creerse lo que veían.

A partir de ese día empecé a verlo a menudo. Podría jurar que me busca con la mirada. Yo me fijo un rato en él, cuando sé que no me ve, oculta entre la multitud. Va casi siempre con traje. Tiene pinta de abogado, tan serio. O quizá es administrador de la fortuna de alguna familia rica y guarda en el maletín, que siempre lleva, las escrituras de todas sus propiedades. Tal vez sea profesor de universidad y va a dar conferencias. Eso explicaría por qué unos días coge mi tren y otros no.

Hacía mucho que no coincidíamos y casi había perdido la esperanza de volver a verlo cuando, esta mañana, lo he encontrado ahí sentado, con el libro en las manos. He echado un vistazo al título. Es Seda, de Alessandro Baricco, una novela tristísima sobre amores imposibles. Le pega.

La próxima vez hablaré con él. En la siguiente estación hay una cafetería. Podríamos pararnos un momento, fuera del bullicio de los viajeros de primera hora, para preguntarnos los nombres. O podría pedirle el teléfono. Mejor aún: darle el mío. Se lo anotaré en un papel. Parece algo antiguo en este mundo de llamadas perdidas y fotos con el móvil. Pero estoy segura de que le gustará el detalle. Tiene encanto escribir en un papelito y deslizarlo en la mano del otro. En el fondo, hay una Estela romántica luchando por emerger de la pragmática, de la que hace su trabajo todos los días en la oficina y va al gimnasio y a mil y un cursos, y sale de fiesta, y es la más alegre y despreocupada de sus amigas, pero en ocasiones, solo en ocasiones, también a ella le gusta creer en la magia.

Ana

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Un comentario sobre “XXXV. Las cosas que nunca serán

  1. Excelente, Ana. Alguien dijo que todos tenemos tres vidas: la que vivimos, la que creemos haber vivido y la que imaginamos vivir. Aún no sé bien si estos lindes existen o si tres es un número ínfimo. Al escribir, también vivimos otra(s) vida(s). Saludo afectuoso.

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