Amelia

XXXIV. El hada

Nunca había creído en hadas, espíritus, duendes ni seres semejantes. Soy un hombre pragmático, sin tiempo para fantasías. Todo lo sopeso y mido, tomo mis decisiones en base al cálculo racional de pros y contras y no doy un paso adelante sin haber meditado las posibles consecuencias.

Hasta que llegó ella. Al principio pensé que se trataba de una polilla y dejé que campara a sus anchas, a la espera de que saliera por la ventana. Seguí leyendo mi manual de economía con tranquilidad. Revoloteó unos instantes y esparció motas de polvo en mi hombro. Cuando se posó sobre mí, le propiné un manotazo para apartarla y eliminarla.

—¡Ay! —exclamó, yendo a situarse justo encima de mi manual.

Lo cerré de un golpe y se oyó otro «ay». Se quedó volando a escasos centímetros de mi cara.

—¿Se puede saber qué te pasa? —me preguntó una criatura exquisita.

Era una mujer diminuta, de cabello rubio, casi plateado, ojos color violeta y orejas puntiagudas. Vestía un traje que parecía hecho de hojas de árbol, en distintas tonalidades de verde y no llevaba zapatos. Dos alas semejantes a las de un colibrí la hacían permanecer frente a mí, en el aire.

—¿Qué… qué eres? —logré preguntar, y pensé si algo que había comido ese día me había sentado mal.

—Soy un hada, tonto. Y estoy aquí para ayudarte —explicó.

—¿Ayudarme? No necesito a nadie, me va genial.

—Ya. Por eso te quedas hasta tarde en el trabajo, no tienes pareja, apenas sales y te huelen los pies.

—¿Los pies? —pregunté, indignado. ¿Cómo se atrevía a criticar mis pies? Me quité los calcetines y voló, horrorizada, hasta la otra punta del salón.

—Sí, ¡los pies! Haz el favor de lavarte un poco más. O, por lo menos, usar un gel que no sea del barato.

—Pero, ¿esto qué es? ¿No has venido a ayudarme? Deja de criticar —le dije, ofendido y rojo. Era cierto que no me preocupaba mucho por los artículos de higiene y compraba lo primero que pillaba.

—Vale, pero vas a tener que hacerme caso.

Ese día comenzó mi entrenamiento personal con el hada. Bajo su influencia y con la ayuda del polvo mágico que esparcía a mi alrededor, logré organizar mejor mis horas de trabajo y ser más eficiente. Además, tenía ideas brillantes que me permitieron colaborar con mis compañeros. Me miraban con orgullo y me invitaban a sus sesiones after-work. Mi jefe me felicitaba y me encargaba los proyectos más ambiciosos.

Empecé a tener amigos. Me invitaron a jugar al pádel y me dio vergüenza cambiarme de ropa, por mi olor a pies. Ella me dijo:

—Mira, esto tiene fácil solución. Tú te los lavas con jabón del bueno y con un poco de polvo de hada dejarán de olerte.

Dicho y hecho. A partir de entonces, dejé de tener problemas de olor corporal. Me sentía a gusto conmigo mismo y con la gente, y ya no me escondía en el último vestuario del gimnasio.

En la oficina había una chica, Bárbara, que me gustaba de hacía tiempo. Y como siempre sopesaba y medía, tomaba mis decisiones en base al cálculo racional de pros y contras y no daba un paso adelante sin haber meditado las posibles consecuencias, nunca le había pedido una cita. Hasta que el hada me susurró las palabras correctas que debía decir, me ayudó a elegir la ropa (mi armario entero había cambiado gracias a ella) y me hizo sentirme gracioso, espectacular y único para ligar con aquella chica tan especial.

Llevábamos saliendo unos meses y Bárbara solía quedarse algunos días en mi casa. El hada aparecía y desaparecía a su antojo, pero siempre estaba ahí justo cuando la necesitaba.

Hoy he vuelto de un viaje de negocios que me ha tenido fuera una semana. No he visto al hada en todo el día. Parece que se ha esfumado y me parece raro. Se habría despedido. Cuando Bárbara ha llegado del trabajo me ha dicho:

—Si notas un olor extraño en el ambiente, no te preocupes. Es que tenías polillas y otros bichos en casa y he llamado a una compañía que desinsecta, desinfecta y desratiza. Vinieron ayer —me ha explicado.

He comenzado a buscar de manera frenética, como un loco, en todos los rincones de la casa. Bárbara no me ha entendido hasta que me ha visto llorar, con el cuerpo marchito del hada entre las manos.

Amelia

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Un comentario sobre “XXXIV. El hada

  1. Tu imaginación no tiene límites, querida Amelia. Has escrito un relato fantástico. Qué digo, magnífico. O no, las dos cosas. Por decirlo bien sería algo así como magníficamente fantástico. Enhorabuena y gracias por hacer visible el polvo mágico de tus letras. Carlota.

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