Ana

XXXIII. En los libros

Cojo el último libro que queda en la estantería. Lo hojeo apenas, sacudiendo el polvo atrapado entre las páginas. Lo meto en la mochila sin leer el título. No importa, estoy tan ávida de letras que cualquiera me sirve.

Sigo rastreando los pasillos del supermercado. Ya ha sido saqueado y es difícil encontrar nada de provecho. Veo a los niños entretenidos en la sección de juguetes. Raúl sacude un avión con un ala rota. Escucho a Manuel explicarle cómo una vez volaban por el cielo. Sonrío porque fui yo quien se lo contó, le enseñé fotos en un viejo tomo de enciclopedia. Raúl se ríe, ridiculizando la posibilidad de que se pudiera viajar por el aire. Son tan pequeños que apenas recuerdan la vida de antes.

Los cojo de la mano para ir a la salida. En la caja común vaciamos bolsos y bolsillos con los pocos objetos útiles que hemos encontrado. Yo dejo caer unas velas y unos tapones. Roberto señala mi mochila abultada.

—¿Qué llevas ahí? —me pregunta.

—Nada, es personal.

Él me la arrebata y busca dentro. Saca el libro y me mira con aires de superioridad.

—¿Vas a morder la cubierta cuando tengas hambre? —se burla—. Donde guardas eso cabrían varias latas—me increpa.

—¿Y qué importa? No hay nada para llevar —me defiendo.

Desde atrás llega una exclamación de triunfo. Otro de los compañeros trae unos botes y algunos frascos cerrados. Roberto hace una mueca, pero me lanza el libro, que me golpea en el hombro con sus tapas duras y sus cientos de páginas. Me agacho para recogerlo.

Sigo al grupo. Estamos cansados y hambrientos. Las últimas semanas han sido malas. Nos movemos en círculos. No queda casi nada en las casas ni en las tiendas que encontramos. El aire sigue espeso, hace mucho que no llueve. Roberto quiere que nos acerquemos a una ciudad. Por una vez estoy de acuerdo con él. No se puede vivir fuera.

Acaricio con los dedos una de las latas de refresco que forman parte del botín de hoy. Más tarde la compartiré con los niños. Manuel ni siquiera recuerda haber probado nunca algo así. Da vueltas a mi alrededor mientras yo le cuento historias que suenan a mentiras: «En las casas había unos armarios donde hacía mucho frío y metíamos botes como estos para que la bebida de dentro estuviera fresquita. Ya verás cómo te gustan las burbujas».

Me recuerdo tumbada en una hamaca, al sol, en la terraza, con un vaso en una mano y un libro en la otra. Justo antes del Caos, el minuto anterior al momento cero. Luego todo fue muy deprisa. Las nuevas normas, el toque de queda, la restricción de las comunicaciones, la prohibición de los desplazamientos. Las ciudades se cerraron, se construyeron altos muros alrededor y no todos estábamos dentro.

No estoy segura de por qué a mí me tocó quedarme fuera. Quizá porque no tenía contactos. Las primeras semanas me escondí en la biblioteca del barrio, era pequeña pero tenía cientos de ejemplares pulcramente ordenados en tres alas: infantil, ficción y libros educativos. La conocía bien. Cuando el mundo aún funcionaba ya acostumbraba a refugiarme en ella. Encontré un escondite en un despacho del primer piso. El bibliotecario era uno de los que esperaban el Caos y tenía un armario lleno de provisiones.

Aunque me sentía sola no sabía a quién buscar. Las puertas de las urbes eran infranqueables, los móviles iban solo a ratos, la red se había quedado inservible, llena de datos aleatorios que no informaban de nada. Llené las horas de lectura. Empecé por las guías de supervivencia y los manuales de orientación, continué con novelas apocalípticas y después rescaté los libros de historia.

Cuando se me acabó la comida todavía estuve días manteniéndome solo del agua que aún circulaba por las cañerías y de una cantidad ingente de chocolatinas y golosinas de las máquinas expendedoras. Al final tuve que arriesgarme a salir. No sabía qué había fuera. Tenía miedo de la gente, de los robos y la violencia.

Empecé explorando las calles de alrededor. Estaban desiertas. El aire olía a putrefacción, la basura se amontonaba en las aceras. Había algunos vehículos abandonados. Pensé en buscar un manual sobre cómo poner un coche en marcha sin llaves, aunque apenas recordaba las prácticas con las que una vez aprendí a conducir.

El grupo me encontró cuando ya desfallecía, revisadas todas las casas y los comercios del barrio. Me aceptaron sin dificultad. Una vez recuperé las fuerzas se asombraron de todo lo que sabía. Sobre todo los niños estaban encantados con mis historias. Me pedían que les explicara cómo era el mundo antes.

Y de repente fui alguien. Yo, la huraña, la que no sabía cómo socializar en las fiestas, la que siempre quería pasar desapercibida, la ignorante que solo daba para limpiar las aulas de la escuela, la que nunca pudo pagarse unos estudios. Ahora me pedían consejo, seguían mis indicaciones, aplaudían mis ideas, escuchaban con interés mis anécdotas. No les revelé que casi todo lo que contaba como propio lo había leído en los libros. Necesitaba que me aceptaran, porque no sabía sobrevivir sola.

Ahora damos tumbos por los suburbios de la gran ciudad, la zona pobre que ha quedado fuera de las enormes murallas. Cuando revisamos calles nuevas, siempre me entretengo en las bibliotecas, en las librerías, en los estantes de las casas. Hago acopio de varios volúmenes que devoro en los ratos muertos, cuando descansamos y aún queda un poco de luz, o al encender alguna hoguera, siempre que Roberto no me los arrebate para alimentar el fuego. Le odio por eso.

Ana

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