Amelia

XXXII. Desayuno con Diamante

Cuando la conocí, llovía a mares en toda la ciudad. Estaba muerto de frío, sin saber adónde ir, hasta que ella, no sé cómo, me vio y se acercó. Desde entonces, se ocupa de mí, aunque nuestra relación se podría considerar bastante abierta.

Casi siempre llega tarde a casa, tanto, que se ha hecho de día. Adriana va muy elegante, con vestido y unos tacones de impresión, que realzan su menuda figura. Nada más entrar, se los quita y los deja tirados, se sienta unos minutos en el sofá y se los masajea, emitiendo toda clase de onomatopeyas de satisfacción.

La contemplo desde la ventana cuando viene. Mordisquea distraída un muffin de Starbucks y bebe un café de esos que saben a plástico. En el primer sorbo hace una mueca de disgusto, luego continúa bebiendo como si fuera el mejor del mundo. Suele detenerse ante el escaparate de la joyería Epifanio, mientras acaba ese desayuno improvisado, cuyos desechos terminan en la papelera frente a nuestro portal. Allí admira extasiada anillos, collares y pendientes. Por sus gestos se imagina adornada por esas joyas.

A veces trae muffins o cruasanes a casa y nos los comemos juntos. Le gusta darme pedacito a pedacito y hacerme sufrir cuando le pido más. Me los acerca a la boca y, después, los aleja, sin darme tiempo a atraparlos. Le gusta mucho jugar y hacerse la interesante.

A menudo llama a la portera y le pide que le abra, pues ha olvidado la llave. Entonces la señora le echa el sermón: que si no debería trasnochar tanto, que si debería tener más cuidado, que un día va a tener un disgusto… Seguro que Adriana la mira con esa carita de ángel y sus ojos negros chispeantes y la portera termina por darle una copia sin cobrarle. Incluso algún día la obsequia con sobras de tortilla de patata o sopa, que ella comparte conmigo a la hora de comer. Si se ha despertado de la siesta, claro.

No sé con exactitud a qué se dedica, muchas veces recibimos las visitas de algunos hombres que no me gustan nada. Adriana posee una elegancia innata y un saber estar inigualables. Echa de casa en seguida a los que empiezan a propasarse de manera indebida o, de repente, ya no le parecen tan interesantes como cuando los invitó. Esas visitas suelen terminar con una sucesión de jadeos, resoplidos y chirridos provenientes de su habitación, cerrada con llave para que yo no moleste.

Hace apenas tres meses, llegó un nuevo vecino al edificio: Jorge, muy majo él, con una pila de libros bajo el brazo. «Soy escritor», le dijo, embargado por la emoción. La encontró en el rellano y le pidió que le dejara el móvil para hacer una llamada importantísima: el suyo se había quedado sin batería. Adriana aceptó a regañadientes y amenazó con cobrarse la llamada. Tiene tarjeta prepago y cambia de número casi tanto como de vestido.

Una noche en que la portera había echado el cierre, Adriana se coló por la ventana en el piso del escritor y le dijo que venía a cobrarse la llamada. Yo la esperaba asomado, por eso sé lo que pasó. Me quedé dormido en seguida.

Esa mañana no me trajo cruasanes ni muffins, se quedó a desayunar con Jorge. Poco a poco fueron haciéndose amigos.

Adriana sigue trasnochando, mientras él se queda en casa escribiendo su libro. Dice que será un best-seller y que, cuando sea famoso, le comprará todo lo que ella quiera y no tendrá necesidad alguna de salir por ahí con otros. A veces me deja con él y Jorge agarra la botella de güisqui, llena copa tras copa y pone la radio a todo volumen para no oír los jadeos, resoplidos y chirridos provenientes del piso de arriba. La pantalla del ordenador sigue con el cursor en la misma posición.

Veo a Jorge sufrir con cada nueva visita de esos hombres mayores y adinerados, con sus idas y venidas a fiestas a altas horas de la noche, con sus desplantes cada vez que quedan para salir. Y sé que está tan enamorado de ella como yo.

Ella me quiere con un amor incondicional, se ocupa de mí, me alimenta y me mantiene calentito en casa. A cambio, yo le hago compañía las mañanas en las que llega cuando las calles aún no están puestas, me acurruco a su lado y dejo que me acaricie el lomo. Me ha hecho su confidente y sé que quiere a Jorge, aunque no se ve «con un pobre escritorzuelo de tres al cuarto». Dice que se merece algo más, un tipo de esos a los que les salga el dinero por la orejas y se lo quiera gastar en ella. No se da cuenta de que esos hombres solo quieren jadeos, resoplidos y chirridos durante un rato, para luego olvidarla. Le pagan un par de cenas o vestidos caros y Adriana cree que eso es la felicidad. No se da cuenta de que la felicidad está en los ojos de Jorge, en cómo la coge de la mano las horas que ella le concede, en cómo se preocupa por arroparla y darle masajes en los pies, cansados de llevar tacones tantas horas.

Opina que los gatos no pertenecemos a nadie. Un día me dijo: «Eres un espíritu libre, un ser salvaje, como yo. No pueden meternos en una jaula». Puedo irme cuando quiera, porque nada me ata a ella. ¿Y Adriana? ¿Es tan libre como dice o está en una jaula que se ha construido alrededor?

Por eso no me ha dado un nombre. Me gustaría poder decirle que es la persona que mejor me ha tratado desde que estoy en este mundo. Los gatos no podemos hablar. Tampoco he podido decirle que mi antigua dueña, la sobrina del joyero, me llamó Diamante, pero no importa. Ella me quiere más y, en mis escapadas, paso lejos de la joyería, por si acaso.

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2 comentarios sobre “XXXII. Desayuno con Diamante

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