Ana

XXXI. Hogar

Me despertó el ruido de la ducha. Mi madre canturreaba mientras dejaba caer el agua. Atrás habían quedado los tiempos en los que se volvió una apasionada ecologista. Había sido yo la que le sugirió al principio que separara la basura para reciclarla y ella se aprendió, una por una, todas las recomendaciones para hacer tu casa más verde en diez pasos.

Con los años estaba más relajada. Tenía menos energía y se le olvidaban los detalles. Pero esa mañana parecía animada. Aspiré con fuerza el olor del café recién hecho. A pesar de que mi estómago aún se lamentaba de los gin-tonics de más de la noche pasada, me tentaba saborear el delicioso capuchino que aprendió a preparar en un alocado viaje a Italia, diez años atrás, justo cuando mi padre acababa de fallecer y mi hermana insistía en que le sentaría bien cambiar de aires. Así fue. Nunca me he sentido tan cerca de ella como entonces.

En la adolescencia las discusiones eran constantes y cuando me fui a estudiar fuera, me reprochó que me alejara de la vida clásica que ansiaba para sus hijas. «¿No puedes buscarte un buen chico aquí y preparar una oposición?», decía cuando pasaban los años y yo solo volvía por Navidad. Ni siquiera le expliqué que me había buscado una buena chica allá y que estábamos muy ilusionadas con el pub que íbamos a abrir en Bath, una preciosa ciudad de Inglaterra. No le iba a gustar. ¿Para qué agobiarla? Fingí que seguía estudiando el idioma y trabajando en casa de unos ingleses elegantes, cuidando a sus hijos pequeños que, a aquellas alturas, ya estaban a punto de alcanzar la mayoría de edad.

Volver a casa de mi madre después de tantos años viviendo por mi cuenta daba una sensación parecida al fracaso. Nunca fui de ahorrar y cuando decidimos traspasar el pub, porque ya no era tan divertido, nos fue justo para quedarnos sin deudas. Alice y yo habíamos cambiado mucho, pero en diferentes direcciones. Sobre todo ella que aspiraba a casarse con Bryan, un galés alto y orondo, cliente desde tiempo atrás, muy fan de los dulces que Alice preparaba.

Sentí más sorpresa que decepción y hui de la Gran Bretaña, deambulando de un país a otro, contactando con antiguas amigas y compañeros de carrera, la mayoría desperdigados por barrios pobres de ricas capitales europeas. Sobreviví muchos meses así, hasta que decidí volver al hogar. Mi hermana decía que mi madre necesitaba alguien que le echara un vistazo y acepté vivir con ella las primeras semanas, mientras aterrizaba y buscaba trabajo. Cuando las semanas se convirtieron en meses empecé a desanimarme y a salir más. Tenía cerca una legión de recién separados, con ansias de quemar la noche de nuevo, como habían hecho veinte años atrás. Yo tenía fama de estar siempre disponible y no me faltaron las propuestas casi constantes.

Mientras me daba la vuelta en la cama, perdido ya el aroma del café, escuché ponerse en marcha el exprimidor. Tenía la boca pastosa y un fuerte dolor de cabeza. Traté de cerrar de nuevo los ojos y dormir pero entonces recordé las deliciosas crepes de chocolate que mi madre solía preparar, cuando éramos pequeñas, como premio a nuestras buenas notas. Unos días atrás habíamos comprado una tableta de chocolate para fundir. Decidí sacudir la pereza, levantarme y pedirle que hiciera para las dos. Nos sentaríamos en la mesa de la cocina y la animaría a que me contara cosas de la infancia, de cuando yo era una niña traviesa y ella una madre paciente que nunca se cansaba de solucionar mis entuertos. Luego la llevaría a hacer la compra y aprovecharía para llevar el currículum a esos despachos nuevos junto al mercado, donde me habían comentado que necesitaban gente.

Subí la persiana y vi que hacía un día espléndido. Sin embargo, durante un momento, mi optimismo se tambaleó. Sacudí la cabeza tratando de apartar cualquier idea funesta. Estaba a punto de abrir la puerta de la habitación cuando sonó el móvil. Un número desconocido dio paso a una voz desconocida que me preguntó si era familiar de María Espí.

—Soy su hija —respondí carraspeando—. ¿Quiere hablar con ella? —ofrecí.

Recorrí el pasillo descalza. El exprimidor ya no sonaba pero creí oír el crepitar de la sartén. Tal vez mamá me había leído el pensamiento y había decidido hacer crepes. Mi mano quedó detenida justo antes de empujar la puerta entornada de la cocina.

—Le llamamos del Hospital Clínico —decía la voz al teléfono—. Su madre ha sufrido un accidente grave y está en quirófano. Debería venir Vd. cuanto antes.

Ana

 

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