Ginés

XXX. Rutinas

Mi mujer llega de la playa. Me anuncia desde el vestíbulo que va a darse una ducha. La oigo desde el dormitorio y, con voz entrecortada, le digo que de acuerdo. No he escuchado el ruido de la puerta, no la esperaba. Recojo a la carrera mi ropa del suelo y le apremio a la muchacha desnuda a que se dé prisa también. Ella se viste asustada como si temiera un castigo horrible. Tras serenarme un poco, a mi señal, la acompaño hasta la puerta sin hacer ruido confiando en que nos protegerá el de mi mujer en la ducha. Cuando esta sale, envuelta en su albornoz secándose el pelo, me pregunta qué tal me encuentro.

   «Mejor, mucho mejor», afirmo recuperado de la jaqueca. «Te perdiste una mañana estupenda, el agua estaba deliciosa». Me propone cambiarnos para ir a comer al restaurant del hotel. Canturrea mientras escoge uno de los modelitos que compró el día anterior en una tienda del paseo marítimo. «¿Cuál te prefieres, este o éste?»

   Un camarero nos señala la mesa reservada al fondo, junto a un ventanal asomado a la bahía. Con la carta en la mano, mi mujer me anuncia que tiene mucha hambre, que no se decide entre el pescado o la especialidad de la casa.

   «Es lo que voy a tomar yo, gracias», le digo a la camarera. La joven no es capaz de mirarme a la cara, lanza un par de destellos a mi mujer temiendo que sus ojos, o los míos, la traicionen. Para los postres mi mujer se excusa al baño bromeando sobre lo que le apetecería hacer en la habitación después, cuando subamos. La camarera trae la bandeja con los cafés, rozo sin querer queriendo su mano al dejar las tazas; está a punto de lanzarlas contra el suelo, se disculpa y sale corriendo. Mi mujer ha contemplado la escena de pie, en silencio. A diferencia de otras veces no comenta nada sobre el servicio, sobre el personal indolente.

   Poco a poco, el resto de las mesas del salón se desocupan, las tazas vacías nos miran desde el abismo de no tener ya ningún tema de conversación. Nos queda el sexo de pareja, sexo breve, melancólico, rutinario. Mi mujer se excusa de nuevo, no dice a dónde va, ni cuánto tardará, como es su costumbre. El personal del restaurante comienza a recoger diligente los manteles. No veo a la muchacha, confío en que no la despidan por el descuido, que no la despidan en general. Mucho rato después llega mi mujer, despacio, con las mejillas encendidas, le apetece agua. Se la trae un camarero al que no he visto antes en el restaurante, luciendo una sonrisa infantil en los labios. Hay un cruce de miradas. Nos pregunta si todo estuvo a nuestro gusto; mi mujer dice que sí, se abanica, «todo buenísimo», añade. Luego el camarero se queda de pie como invitándonos a regresar a las habitaciones.

   En el ascensor percibo una sensación extraña, esa en la que uno está al borde del estornudo, pero no estornuda. Ella se echa en la cama, cansada. ¿Cansada? No quiere mis caricias. Tampoco me apetece insistir. Me pregunto si tiene algo que ver el camarero, aquel cruce de miradas entre ambos.

   «Hace mucho calor», me dice dándose la vuelta. «Si vas al aseo tráeme un vaso de agua».

   No voy. Medito sobre la muchacha, su regreso precipitado de esa mañana, lo ocurrido en el restaurante… He dejado de fumar hace poco, en el peor momento de mi vida. Dos cigarrillos después, en el balcón, regreso con el vaso de agua. En la mesilla este tropieza con un pendiente. Ajeno, sospecho. Un escalofrío me hace presentir que mi mujer lo ha encontrado perdido horas antes entre las sábanas, que espera a que lo coja, a que le de algún tipo de explicación. Alargo una mano tímida, culpable, hacia el pendiente, justo cuando creo que no mira; ella también.

   «Debiste venir esta mañana a la playa», susurra antes de arrebatármelo dándome la espalda. «Pide otra habitación», susurra.

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2 comentarios sobre “XXX. Rutinas

  1. “las tazas vacías nos miran desde el abismo de no tener ya ningún tema de conversación” qué bien has expresado ese vacío externo que representa lo de dentro. Tu mujer estaba haciendo lo mismo con el camarero risueño.

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    1. Muchas gracias José Guzmán, me quedo sin palabras. Espero que nos visites más veces, que te animes a participar en esta aventura como ‘juntaletras’, ¿por qué no? Un saludo entre colegas de palabras.

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