Ana

XXIX. Tras la ventana

Algunas nubecillas en el cielo claro. El bosque, a lo lejos. El mar en calma, casi transparente. Un velero. La ventana abierta de par en par, como siempre. La cortina sacudida por el viento. El visillo recogido. Y ella, apoyada en el marco. Los codos descansan en el alféizar. Repaso con la mirada sus curvas. Esas que he recorrido tantas veces con los dedos. Tiene el pie derecho levantado, apoyado solo en la punta. El peso del cuerpo mal repartido, sobre el lado izquierdo. Luego se quejará otra vez de que le duele la espalda. Será la excusa. Dice que doy buenos masajes.

Bueno, lo decía…

No puedo verle los ojos, pero estoy convencido de que los tiene muy abiertos. Esos ojos marrones, inmensos, que te miran por dentro. Seguro que si se diera la vuelta me sonreiría. Y luego movería la cabeza con desaprobación. «¡Sal de la cama de una vez!», exclamaría. Después torcería el gesto. «Esto que hacemos no está bien». Y unas arruguitas ocuparían su frente, de donde se apartaría el último mechón rebelde, el que escapa de la cinta que rodea el resto.

Pero eso era antes, cuando me decía esas cosas. Cuando oía su risa y me desconcentraban sus carcajadas a destiempo, en la penumbra, entre los besos…

Y antes, antes de antes, la recuerdo sentada, en la mesa, frente a mí, con expresión enojada. Una tarde en la que yo me había empeñado en presentarle a mi amigo Roberto. Estaba seguro de que se caerían bien. Quería estarlo. Necesitaba que a ella le gustara.

Roberto hablaba de sus viajes y de sus clases de historia. Ella me miraba, solo a mí, como si él no estuviera. Quise decirle que no fuera grosera. Pero antes ella apartó sus ojos de los míos. Sonrió a mi amigo. Le hizo un comentario amable. Murmuró una excusa. Lo besó en la mejilla y me miró altiva. Me rozó apenas el brazo como despedida cuando pasó por mi lado.

Yo quería a mi novia, trazábamos planes de boda y sin embargo, no podía olvidarme de ella. Cada vez que nos veíamos me excusaba diciéndome que era un juego inofensivo. Un pasatiempo. Un desliz.

Le abrí la puerta de mi estudio dos semanas después de aquel insensato ensayo de celestineo. No había respondido a mis llamadas. Angustiado, la creía perdida para siempre. Y allí estaba, con un vestido corto, azul, y unas zapatillas bajas. Como si viniera de darse un baño en la playa. Aún creí ver unas gotas de agua resbalando por su cuello. Se apoyó en el marco de la ventana y admiró el paisaje. Le pedí que no se moviera. Y convirtió aquella posición estática en un reposo. La pinté deprisa, con trazos suaves, apenas esbozados.

Después llené dos copas de vino y me puse a su lado. Creo que fue la única vez que contemplé el paisaje con ella. Apenas pude observarlo unos segundos, porque mi mirada estaba dentro.

Los siguientes meses no tuve tiempo para pintar. Pasábamos las horas allí, hablando, construyendo castillos, riendo, acariciando… Hasta que la sombra de la culpabilidad ponía en marcha el mundo de nuevo.

A veces ella desaparecía durante días. Otras era yo el que fingía mucho trabajo. El fin de curso, los exámenes. Había conseguido una plaza de profesor asociado en la Facultad de Bellas Artes. Me gustaba enseñar, pero la falta de experiencia me hacía temer a los alumnos.

Siempre, sin apenas llamarnos, acabábamos volviendo. Era un bucle sin fin. Una absurda cinta de Moebius. Lo fue, hasta el accidente.

Aquella noche había reunido el valor suficiente para tomar de una vez las riendas de mi vida y de mis sentimientos: iba a dejar a mi pareja. No llegué a decirle nada. No discutimos ni me despisté. Mi novia hablaba de la ermita donde le gustaría que celebráramos nuestra boda, en unos meses, «¿qué tal para la próxima primavera?». Habíamos cenado bien. Era una agradable noche de finales de verano. Clara. Sin niebla.

Un motorista se saltó un stop en un cruce concurrido. Intenté en vano no atropellarlo. Otro coche, en el carril contrario, nos embistió. Mi novia murió en el acto. Yo quedé destrozado. Ocho huesos rotos. Dijeron que lo peor era la cadera. Pero lo peor fueron los dedos.

Vino a cuidarme. Antes que nadie. Primero en el hospital. Luego en cada paso que aprendí a dar de nuevo. Y no supe agarrarme a ella. Quizá porque mis dedos ya no sostenían los pinceles, tampoco sabía ya cómo enroscar su pelo.

Un anochecer dijo que se iba, se ahogaba. Necesitaba un tiempo. Yo hacía mucho que no veía a nadie más que a ella. Me pasaba las horas muertas en el estudio. Mirando el techo. O la televisión, viendo programas basura, sin prestar atención. Sin mirarla. Sin pintar. Sin ejercitar mis dedos.

No seguía las terapias ni tomaba la medicación. Solo dejaba pasar el tiempo.

Ahora solo miro el cuadro. Veo su espalda. Sus hombros relajados. Sus anchas caderas. El contorno de sus piernas. Y ese pie derecho levantado. No me atrevo a mirar por la ventana. Sin sus ojos, ya no sé hacerlo.

Ana

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