Amelia

XXVIII. Fuego

Comenzó aquella misma noche, a la hora convenida. La gente se congregó alrededor de los monumentos para ver el espectáculo de fuegos artificiales que iniciaba la tradición. Las chispas, rivalizando en belleza con las estrellas, fueron prendiendo las distintas esculturas preparadas para la ocasión, empezando por las más pequeñas.

Como cada año, en la misma fecha, los vecinos del lugar disfrutaban de aquel espectáculo de luz y llamas. Miraban, embelesados, las lenguas de fuego que devoraban el trabajo de muchos meses. Algunos niños se refugiaban en sus padres, atemorizados por el poder del incendio que se sucedía ante sus ojos. Otros aplaudían alegres, mientras sus madres dejaban escapar alguna lágrima por el final de la fiesta.

En una de las plazas, nadie pareció advertir que el equipo de bomberos no aparecía, responsable de apagar las brasas con sus mangueras. Quizá alguien pensó que estaría de camino a los monumentos más grandes, los que se quemaban a continuación.

Tampoco se percataron de que las llamas se acercaban peligrosamente a los edificios colindantes, saltándose con su natural habilidad las vallas dispuestas para proteger a los vecinos. Estos parecían cautivados por el calor y el fulgor de la lumbre y no se movían de sus sitios, en los que llevaban varias horas esperando.

Poco a poco, el fuego fue aproximándose. Primero, al toldo de una panadería, que ardió en cuestión de segundos; luego, al rótulo de un bar: su oferta de churros y buñuelos desapareció entre chisporroteos.

Los allí presentes no se daban cuenta de lo que sucedía a su alrededor: permanecían inmóviles mientras el incendio se extendía a los bancos de la plaza, los comercios y las casas.

En otros lugares de la ciudad, comenzó el ritual de quema de los monumentos más grandes y vistosos. El público asistente expresó con distintos tipos de interjecciones su asombro y admiración. Tampoco se dio cuenta de que los bomberos brillaban por su ausencia en aquel evento tan importante.

Un hombre, vestido con la indumentaria popular, dio la voz de alarma. Pocos le hicieron caso, fascinados por las llamas y el crepitar de la hoguera. Cogió un cubo del bar más próximo. Intentó llenarlo de agua para apagar el fuego que se había propagado a la carpa que presidía la plaza. Fue en vano: la fuente estaba seca. Un olor a plástico quemado invadió el lugar.

Algunas personas a las que empujó en su carrera despertaron de su sopor y quisieron socorrerlo. Descubrieron que no había agua ni en los bares, ni en las casas cercanas. Comenzaron a gritar, sonaron los teléfonos móviles para avisar a las familias, llamaron al Ayuntamiento… Nadie respondió.

Una mujer agarró a su bebé e intentó escapar de la multitud, que seguía impertérrita. No pudo, a pesar de sus gritos y codazos. Otra mujer, de más edad, reaccionó e intentó ayudarla. Las dos quedaron atrapadas entre el gentío, hipnotizado por el espectáculo dantesco que se ofrecía ante sus ojos.

Nunca se supo qué pasó aquella noche. Los habitantes permanecieron impasibles mientras el fuego devoraba, implacable y sin tregua, su ciudad. Por qué el incendio solo condenó los monumentos y los edificios y respetó las vidas de todos, humanos y animales, continúa siendo una interrogante.

A la mañana siguiente algunos aún seguían allí, cubiertos de cenizas, observando los rescoldos de lo que había sido una de las más bellas ciudades del mundo. Otros se marcharon, con las manos en los bolsillos, entre las ruinas ennegrecidas de sus hogares.

Amelia

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