Ana

XXVII. Original

Cuando entro en el dormitorio veo que ella lo rodea con los brazos, tienen las piernas entrelazadas y las cabezas muy juntas. Yo siempre duermo en un extremo de esa cama. Compré un colchón de una anchura especial porque no soporto que Iván me toque por las noches. Me cuesta conciliar el sueño y prefiero moverme con libertad. Contemplarlos allí, tan próximos, me hace sospechar que algo va mal.

Salgo en silencio, para no despertarlos, y arrastro las maletas hasta el trastero. Me siento confusa y con principio de migraña. Las horas de vuelo y el jet-lag empiezan a pasar factura. El olor a limpio del armario me sobrecoge. De normal metemos las cosas a presión y cerramos la puerta corriendo, confiando en que se mantengan encajadas. Ahora el espacio se muestra impoluto. Las cajas se apilan ordenadas y las estanterías están rotuladas con gruesas letras negras. Dejo el equipaje en un rincón. El malestar y el cansancio avanzan hacia mi estómago.

De camino a la cocina paso por la habitación que Iván y yo utilizamos como despacho. Sobre la mesa parpadea la luz del móvil del trabajo. Repaso el chat de grupo de los compañeros. Está lleno de comentarios, como siempre, pero mi nombre sale muchas veces. Parece ser que me he convertido en el alma de las conversaciones.

Abro la nevera buscando algo fresco para beber. ¡Me muero de calor! Veo una botella de vino blanco por la mitad. Iván y yo preferimos el tinto. Mis gustos deben haber cambiado.

Cojo un vaso del escurreplatos. No quiero ver cómo están los armarios. El vino es ligeramente espumoso y las burbujas, inesperadas, me hacen toser. Me muerdo el labio. Aguzo el oído. El silencio sigue invadiendo los pasillos de mi casa.

Un mes antes parecía una idea alocada pero perfecta. Yo estaba inmersa en larguísimas jornadas de aburrido trabajo. Hacíamos horas extra para acabar de sustituir el archivo en papel por uno virtual. Pasaba días enteros bostezando, mientras alimentaba el escáner con documentos amarillentos. Lo pagaban bien. Mi sueldo como administrativa en una gran editorial no está mal. Sin embargo nutro mi cuenta para caprichos con trabajos de este tipo. A veces corrijo el estilo de textos o preparo maquetas. Eso es monótono, pero mucho más creativo. Este pico laboral inesperado hacía peligrar mi viaje a Tailandia. Mis amigas y yo llevábamos meses preparándolo, teníamos los vuelos comprados, los hoteles reservados y un montón de planes trazados.

Por no hablar de la inesperada boda sorpresa de mi cuñada. «Un flechazo», decía que había sido. Yo me imaginaba alguna otra causa. No me apetecía nada ir. Pero Iván nunca me iba a perdonar que faltase. Es su hermana favorita.

Así que mi ansiado viaje estaba abocado a la cancelación. Hasta que Irene me llamó, misteriosa, y me dijo que tenía la solución: «Copypeople». De las virguerías de las impresoras 3D hace tiempo que ya nadie se sorprende y la inteligencia artificial sabemos que se investiga a marchas forzadas. Algunos robots de aspecto humanoide llevan tiempo atendiendo en gasolineras, supermercados o taquillas de espectáculos. Pero un duplicado de una persona sonaba a ciencia ficción.

En la empresa me explicaron que imprimir un remedo de mí era tarea fácil. Escanearon mi cuerpo desnudo y se me fue la vergüenza en cuanto vi aparecer una réplica exacta de mí misma. Incluso los lunares de la espalda y la marca de nacimiento de la cadera estaban en su sitio.

Lo de copiar mi memoria y mi carácter me dio más miedo. Me explicaron cosas sobre chips, rasgos básicos y otros conceptos que no llegué a entender. Lo cierto es que tras unas horas de trabajo aquel ser hablaba con mi voz, se le arrugaba la frente de la misma forma que a mí e incluso tenía el tic de morderse solo las uñas de los dedos meñiques.

El precio no era tan elevado como cabía esperar. Me explicaron que estaban empezando y necesitaban publicidad. Si yo quedaba contenta hablaría de ellos. Además, como no era del todo legal lo que hacían, no podían darse a conocer de otro modo.

Me dieron las instrucciones básicas para conectarla y desconectarla. Y una noche, de hace tres semanas, la dejé en mi lado del colchón, con mi camisón favorito, durmiendo plácidamente.

Los primeros días me arriesgué a hablar con Iván, temiendo encontrar en sus palabras alguna sospecha. Pronto me tranquilicé, seguía prestándome tan poca atención como de costumbre y sus respuestas eran apenas monosílabos.

En teoría nadie debía notar el cambio. Sería tan fácil como guardarla en su estuche y tumbarme yo en la cama, para dormir todas las horas de sueño que me faltaban. Pero algo no va bien. Me prometieron que su carácter sería calcado al mío. Me han bastado unos minutos para comprobar que no es así.

Iván me sorprende cuando me sirvo el segundo vaso de vino. Estaba empezando a dar cabezadas y no lo he oído llegar. Balbuceo una disculpa, digo algo como «Sé que no está bien, pero tienes que entenderme». Él asiente con tranquilidad. Me dice que se dio cuenta al tercer día. Mis amigas colgaron fotos haciendo snorkel en las Islas Phi Phi. A mí se me veía tumbada en el barco. La marca de nacimiento de mi cadera resulta inconfundible. Rebuscó por mis cajones hasta encontrar las instrucciones de la copia. Estuvo indeciso varios días. Y en ellos, mi avatar resultó ser mejor compañía que yo. Era alegre, ordenada y silenciosa. Se preocupaba por su bienestar, cocinaba platos exquisitos y lo escuchaba atenta. Así que se dejó cuidar, anhelando el día que yo volviera.

—Lo siento muchísimo, Iván. Me pareció una buena idea. Todos salíamos ganando. Necesitaba ese viaje. ¿Podrás perdonarme? —imploré.

—No hay nada que perdonar. He estado bien con ella.

—¡Gracias! ¡Qué locura! —Me río—. Entonces voy a desconectarla.

Me levanto. Iván pone la mano en mi hombro, muy cerca de mi cuello.

—No —rechaza—. No vamos a desconectarla a ella.

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