Amelia

XXVI. La fiesta

Álvaro pulsó el botón que le llevaba al octavo piso. Le pareció gracioso que estuviera torcido, como un símbolo de infinito. Se miró en el espejo y se vio guapo, con su polo de Lacoste azul marino y esos pantalones chinos que le sentaban tan bien, según su madre.

Estaba algo nervioso. Leticia le había invitado a una fiesta en su casa y llevaba una botella de vino, aunque ella le había dicho que no era necesario traer nada y que fuera «a divertirse». Tras los exámenes del MIR estaban bastante nerviosos y necesitaban desconectar.

Le pareció que el ascensor era muy lento. Pensó que eran los nervios o las ganas de estar con su compañera de carrera, esa chica rubia tan maja que le prestaba los apuntes y le explicaba métodos de estudio eficaces para sacar mejor nota.

Leticia vivía en un ático con otras dos amigas a las que él no conocía. Su invitación le había servido para armarse de valor y dejar las series frikis de lado por una noche.

Llamó al timbre y le abrió una despampanante morena de pelo rizado, cejas y orejas puntiagudas y un vestido corto de color morado. Lo saludó con la palma abierta y los dedos juntos formando una uve.

—Bienvenido a la fiesta de la Flota Estelar —le dijo, mientras lo acompañaba al interior—. Mi nombre es Vanessa.

—Hola, hola —balbuceó, algo extrañado. Leticia no le había dicho nada de disfrazarse y menos de su serie favorita—. Álvaro, encantado.

—¿En qué nave estás destinado? Yo soy oficial jefa de comunicaciones en el Columbia —Lo miró con unos tremendos ojos verdes—. ¿Qué quieres beber?

—Yo… No sé… ¡He traído vino! —logró exclamar. Echó un vistazo a su alrededor. Había andorianos y vulcanos bebiendo y riendo, pero ni rastro de su amiga—. ¿Y Leticia?

—¿Leticia? ¿A qué nave pertenece? —preguntó de nuevo. Ignorando la botella de Álvaro, le sirvió un cóctel de color verde y azul, que él apuró en seguida. Tenía un sabor amargo al principio, pero le dejó un regusto dulce en el paladar.

—No sé. Leticia Reyes, de la promoción de 2016. Estudiamos juntos.

—Pues para ser tan mayor te conservas estupendamente. Venga, vamos a bailar —le dijo. Lo arrastró al centro de lo que parecía ser el comedor y empezaron a dar vueltas.

Álvaro se dio cuenta de que no conocía la música que sonaba, aunque tampoco era muy raro. Entre que sus gustos no eran los de la mayoría y llevaba meses encerrado estudiando para el MIR, se sentía más apartado del mundo que nunca. Mientras Vanessa intentaba enseñarle una coreografía estrambótica, observó a los que bailaban en torno a ellos. Los disfraces de Star Trek eran muy logrados. Y él que tenía en casa el uniforme de Leonard McCoy…

—Oye, no conozco tu insignia —le dijo Vanessa, tirando de él hacia la mesa de las bebidas—. ¿Eso no es un animal antiguo?

—Eh, sí, es un cocodrilo, pero no es antiguo —protestó él. Su polo era de la última colección de Lacoste.

—Deberías llevar la insignia de la Flota Estelar. Si no, te pueden expedientar.

—La habré perdido, es que no sé dónde tengo la cabeza —dijo él, dispuesto a seguir el juego.

—Menos mal que tengo una de repuesto. Espera, voy a buscarla.

Álvaro miró cómo la joven se alejaba y se metía en una habitación. Bebió un cóctel de un trago y salió a la terraza con otro en la mano. La noche era cerrada y miró hacia abajo. Ni rastro de la ciudad. De repente, sintió vértigo. Fijó su mirada en las estrellas y no logró reconocer ninguna, a pesar de sus múltiples cursillos de astronomía.

—Ah, ¡estás aquí! —exclamó Vanessa, que traía una bebida en la mano y una insignia de la Flota Estelar en la otra. Le dio la copa y le prendió la insignia en el polo, tapando el logo de Lacoste.

—¿Dónde está… la Osa Mayor? —preguntó Álvaro, señalando hacia el cielo estrellado mientras sujetaba ambas copas.

—¿Qué Osa? No te entiendo. ¿Te refieres a la estrella? Desapareció hace un par de siglos. ¿Es la que miraban en la Tierra para orientarse?

Álvaro se sintió mareado. Una cosa era la fiesta de Leticia sin ella y llena de gente disfrazada, y otra que no existiesen las estrellas que él conocía. De repente, comenzó a ver borrosa la sonrisa de Vanessa, notó cómo le temblaban las piernas y cayó al suelo.

—Álvaro, Álvaro… —Alguien lo llamaba desde una galaxia muy lejana.

Abrió los ojos despacio y vio el rostro preocupado de Leticia encima de él.

—¿Qué me ha pasado? —balbució, con la boca pastosa. Sentía el sabor de los cócteles. Miró a su alrededor y vio a dos chicas más que también lo contemplaban, alarmadas.

—No sé. Te estábamos esperando. Te he llamado varias veces al móvil. Me extrañaba que llegaras tarde, habíamos quedado a las ocho… —empezó a explicar, mientras lo ayudaba a levantarse—. Pensaba que no encontrabas mi casa y he oído sonar un móvil. He abierto la puerta y te he encontrado aquí tirado. ¿Vienes de beber de otro sitio? —preguntó, mientras lo olisqueaba.

Álvaro la miró con expresión culpable, aunque no supo qué decirle. Contar que acababa de estar en una fiesta en su ático con gente disfrazada de Star Trek y tomando cócteles de sabor indescriptible sonaba a mentira descarada. Ni siquiera él mismo sabía qué había sucedido.

—Solo me he tomado un par de cervezas con un amigo que me ha liado, pero aquí estoy —logró explicar.

Se dio cuenta de que no llevaba la botella de vino. Entró detrás de las chicas y suspiró. Quizás le había sentado mal tanto estudio. Se rascó el pecho y vio que tenía la insignia de la Flota Estelar aún prendida en el jersey. Una despampanante morena de pelo rizado y vestido morado le sonrió desde la mesa de bebidas.

Amelia

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