Ginés

XXV. El amuleto

Los dos hermanos se pasaban el día discutiendo. Él hacía valer ante su hermana que era el mayor y más fuerte. Solo cuando su padre llegó a casa, detuvieron sus juegos. La señora White notó que no traía buena cara y no se atrevió a preguntarle qué tal le había ido con los capataces. Mañana habría más suerte, le dijo, anunciando que la cena estaba lista.

Seguro que es otra vez sopa de remolacha, susurró el hermano. Su hermana hizo un gesto: ‘Odio la sopa de remolacha’. Después de cenar todos se sentaron junto a la chimenea. Los muchachos solían pedirle a su padre que les contara algún cuento, aunque últimamente, para disgusto de ambos, aquel siempre relataba el mismo, con pequeñas variaciones. Tienes el abrigo roto, señaló con suavidad la señora White, trae que te lo coso. La mujer se puso a zurcir un nuevo remiendo. Al sacudir el abrigo, algo cayó rodando hasta los pies del señor White. Este lo tomó entre sus dedos. Los hijos advirtieron como aquel mudaba el rostro, incluso les pareció que apretaba el objeto como intentando destruirlo para lanzarlo después al fuego con desprecio. Como viera que se levantase alterado, la señora White le siguió preguntando qué le ocurría. El muchacho aprovechó entonces para meter su mano entre las brasas y rescatar el objeto. ¿Qué es, Wilburn?, susurró su hermana. No lo sé, dijo él en voz baja, parece una nuez o una piedra hueca. La madre les ordenó irse a la cama y ellos obedecieron. Como no iban a la escuela ayudaban a la señora White en las tareas de la casa o la acompañaban al pueblo agradeciendo las limosnas que otros vecinos les daban.

La noche siguiente, el señor White regresó de nuevo malhumorado. Nadie quiere darle trabajo ya a un hombre de mi edad, farfulló. Su mujer le rodeó con los brazos asegurándole que debía confiar en la providencia. Menos mal que me libré de aquello, dijo mirando fijamente al fuego. ¿A qué te refieres?, preguntó su mujer. Los hijos permanecieron atentos por si se trataba de una historia. De aquella maldita cosa. El chico dio un respingo al recordar la piedra rescatada el día anterior, también la hermana pareció entender. Llegó a mí tras haber pasado por dos hombres que aseguraron concedía tres deseos. ¿Tres deseos, padre?, preguntó el muchacho. Sí, dijo el señor White, pero también me advirtieron de que los deseos siempre traían desgracias porque había pertenecido a un brujo miserable, que mientras lo tuviera la mala suerte me acompañaría. No deberías contarles esas historias, le recriminó con dulzura su mujer, luego tendrán pesadillas. Ya poco importa, ayer la arrojé al fuego, ni me acordaba de ella; quizá sea cierto y muy pronto todo cambie a mejor. Abrazó a su mujer en tanto los hermanos se miraron inquietos. Lavaos las manos, anunció la señora White, pronto estará la cena. El chico fue a su cuarto, la curiosidad le quemaba por dentro. Sacó de su escondite el objeto del brujo para observarlo. Su hermana llegó en ese momento. Me has asustado, le increpó. ¿Crees que será verdad lo que dijo padre?, le preguntó ella, queriendo ver también la extraña piedra. No lo sé, ¿tú qué deseo le pedirías? La muchacha no lo pensó mucho, en un descuido se la quitó a su hermano y, apretándola contra sí, deseó carne para cenar. ¿Qué has hecho?, le regañó arrebatándosela; era mía, no debiste hacerlo. Con el forcejeo, la piedra cayó al suelo. Su madre llegó para saber qué pasaba. ¡A la mesa, vamos! Sentados uno frente al otro, se miraron enojados. Aguardaban a que les sirviera de nuevo sopa de remolacha cuando oyeron que esa noche cenarían pollo. Casi no podían creérselo. Quedaron saciados, también el señor y la señora White, sin comprender del todo el misterio, pues parecía que el ave no menguase a pesar de cortar y repartir varias veces. Habría de sobra para el día siguiente, anunció la madre, para alegría de los cuatro, hartos de penurias y sopa de remolacha.

Al despertar, el pollo se había convertido en un trozo de carne negra, viscosa y maloliente que la señora White arrojó lejos. Los muchachos comenzaron otra de sus discusiones. ¡Fue tu culpa! ¡No, fuiste tú!, le reprochó su hermano tirándole del pelo; ella le golpeó y salió corriendo para evitar las represalias. Ya verás cuando te coja, la amenazó. Temerosa, se escondió en el cuarto, bajo la cama. Aunque permaneció muy callada oyó como aquel entraba diciendo: Sé que estás aquí. Ella se ovilló notando algo cerca de su cabeza. Palpó hasta descubrir que era la dichosa piedra y, sin pensárselo mucho, cerró los ojos pidiendo un nuevo deseo. Salió del escondite al notar el silencio. Su hermano ya no estaba. De hecho, no le encontró en la casa, tampoco su madre, angustiada, ni su padre, al regresar. Por más que buscaron en ella, en los alrededores y en el pueblo, el muchacho no apareció. Hubo lloros, llantos y maldiciones. La muchacha, presa del miedo, no confesó la travesura ni ese día ni los siguientes. Tampoco cuando su padre cayó enfermo, temiendo que aún sería peor, confiaba en que su hermano regresase en cualquier momento, que solo fuera una broma o una pesadilla. Al poco, el señor White falleció y la señora White le siguió casi como una sombra. La muchacha se encerró en sí misma, no quiso hablar más. Oyó que no podía seguir viviendo allí sola, que la internarían en un lugar a las afueras con más personas como ella. Entonces se acordó. Buscó aquel maldito objeto y, apretándolo con violencia, pidió su tercer deseo.

El hermano había visto entrar a su hermana en el cuarto. Sé que estás aquí, dijo. Miró bajo la cama, pero no la vio. Nadie la halló esa noche en la casa ni en los alrededores. Al día siguiente, al no aparecer, confesó a su padre entre lloros que habían discutido, a continuación le mostró el objeto salvado del fuego, temeroso por el castigo que le esperaba. Solo que aquel, sollozando, comprendió. Abrazó a su hijo y a su mujer, les dijo que lo sentía, que la culpa era solo suya. Luego arrojó con rabia la cosa a la chimenea. No se apartó de allí hasta verla reducida a cenizas.

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2 comentarios sobre “XXV. El amuleto

  1. Este relato me retrotrae a mi primera clase del Taller de relatos donde Ginés, Amelia y yo nos conocimos. ¿Quién me iba a decir que unos años más tarde estaríamos escribiendo, codo a codo, en este blog?
    Gracias Ginés, por todas tus enseñanzas, las literarias y las otras. Queremos seguir leyéndote.

    Ana

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    1. Gracias, es un humilde homenaje a un relato centenario de Jacobs. También es un referente y, sin duda, lo será mientras tenga a bien contar con la confianza de alumnas y alumnos en esto de la escritura creativa. Especialmente dedicado a mis ‘aventajadas’ alumnas del taller. Saludo con reverencia.

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