Amelia

XXII. Los tres hermanos

Mateo golpeó la mesa con los puños.

—¡Es vergonzoso! Toda la vida trabajando para que ahora me despidan. Y el banco quiere embargarme el piso. ¡Usureros!

—Cuando mamá y papá nos dieron dinero —intentó explicar Lucas, el menor—, fue para que lo gastáramos con cabeza.

—¿Estás diciendo que no lo pensé?

—Hombre, comprarte un piso de lujo con tu sueldo de obrero y pagar esas cuotas tan altas no fue la mejor idea —apostilló Marcos—. Y tu mujer ya estaba en el paro.

—Gracias, hermano. Menos mal que te tengo a ti para consolarme —dijo, irónicamente—. Pero tú tampoco fuiste muy listo. Montarte una agencia inmobiliaria justo en medio de la crisis…

—No creas que me va tan mal…

—Hace mucho que no vendes nada. Ya no dan ni préstamos y tú vendiendo pisos a precios desorbitados.

—Y a ti te van a desahuciar. ¿Cuántos meses llevas sin pagar la hipoteca?

—Chicos, dejad de discutir —medió Lucas—. Ahora no se puede hacer nada. Lo hecho, hecho está. No vale la pena llorar por la leche derramada.

—¡Ya está el doctor con sus refranes! —se quejó Mateo, golpeando la mesa otra vez—. Claro, como tú estás en tu pisito de soltero la mar de bien…

—No quiero discutir con vosotros. Mejor me voy. Si queréis algo, ya sabéis dónde estoy. —Se levantó, pagó las cervezas y dejó a sus hermanos en el bar.

De camino a casa pensó en sus padres. Cuando los reunieron, años atrás, para adelantarles la herencia, nunca pensó que la desaprovecharían de esa manera. Aparte de comprarse unas viviendas caras de mantener, sus hermanos habían derrochado el dinero a manos llenas, cambiando de coches cada cierto tiempo, viajando a lugares exóticos y echando mano de los préstamos de entidades poco ortodoxas. Él, por su parte, se conformó con reformar un piso de su barrio de toda la vida y seguía con su antiguo coche. Ser soltero sin cargas familiares y con un buen sueldo como médico le daba un cierto desahogo económico. Además, había sabido administrarse bien y no caer en la locura del consumismo.

Sus hermanos tenían problemas. A ver dónde se metían Mateo, su mujer embarazada y su hijo de dos años cuando los echasen de casa. A Marcos no le iba mucho mejor, su negocio inmobiliario estaba a punto de quebrar.

Había que pensar algo. Los Serrano no eran una familia que se amilanase ante cualquier contratiempo, aunque sus hermanos carecían del valor y el talante de su padre, que buscaba soluciones a sus problemas en vez de quejarse.

Un mes después, un grupo de personas esperaba frente a la casa de Mateo: un cerrajero, dos policías municipales, un procurador del banco y dos miembros de la comisión judicial.

—¡Abra la puerta! Si no, la abriremos nosotros —gritó el procurador del Wolfbank, al que Mateo debía la hipoteca.

Le hizo un gesto al cerrajero que esperaba, herramientas en mano. Se disponía a utilizarlas cuando un quejido de los goznes le hizo retroceder.

Salieron Mateo, con su hijo en brazos, e Inma, con los ojos rojos e hinchados de llorar. Arrastraban un par de maletas.

—Lo que hay se lo pueden quedar —se lamentó Mateo.

Metieron las maletas en el coche en silencio.

—¿Y ahora qué? —preguntó su mujer—. ¿Adónde vamos a ir?

Su marido no contestó. Puso el coche en marcha y se dirigió a la agencia inmobiliaria de Marcos.

Se sorprendió al ver un cartel de «Cerrado por motivos familiares». Ignoraba que hubiera problemas en la familia política de su hermano. Lo llamó por teléfono. No contestó. Quizá fuera buena idea ir a su casa.

Una vez allí, llamó al timbre con insistencia. La puerta del garaje estaba abierta y se veía su BMW, así que debía de estar.

Le abrió un remedo de hermano, un hombre ojeroso, desaliñado, con pinta de no haberse aseado en días.

—¿Qué te ha pasado? ¿Por qué estás así? ¿Y Lola? —preguntó, sin atreverse a entrar.

—Lola… ya no está… Lola… Lola me ha dejado —logró balbucir Marcos.

—¿Qué dices? Cuéntamelo.

Marcos le contó que su mujer hacía tiempo que se la pegaba con el gestor, un tal Federico Lobato, que se las había arreglado para dejarle sin la inmobiliaria y a punto estaba de quedarse sin piso, porque la muy zorra le había plantado los papeles del divorcio y lo iba a dejar sin blanca. Menudas alimañas se habían juntado.

—No sé qué hacer. En breve estaré completamente arruinado. ¿Y adónde voy a ir? —lloriqueaba Marcos, sentado a la mesa de la cocina. Inma, en el sofá, acariciaba el pelo de su hijo y tampoco podía contener las lágrimas.

Mateo le explicó a su hermano su situación. A ambos les daba vergüenza pedir ayuda a Lucas, pero decidieron llamarle por teléfono, sin explicarle nada todavía.

—Venid a mi casa. Hoy tengo el día libre. Comemos y hablamos —les dijo él.

Así que allí fueron los dos hermanos, Inma y el niño. Cuando llegaron al piso de Lucas, este les abrió la puerta y los abrazó.

—¡Qué bien que estéis aquí! Pasad, acabo de hacer la comida.

—Lucas, tenemos que contarte algo —empezó a decir Mateo.

—Sentémonos a la mesa y me contáis, que hay tiempo—invitó el hermano menor.

Durante la comida, Mateo y Marcos reconocieron haberse equivocado. Ahora era tarde para lamentarse por los errores cometidos en el pasado. Le dijeron a Lucas que esperaban que los ayudase.

—No puedo daros dinero, chicos.

Ante la cara de disgusto de sus hermanos, les dijo:

—Venid conmigo —dijo él, acompañándolos por el pasillo. Enseñó una habitación con una cama de matrimonio y otra más pequeña pegada a ella—: Aquí podéis dormir Inma, tú y mi sobrino, hasta que encontréis algo. Y aquí —mostró otra habitación—, puedes dormir tú, Marcos, mientras arreglas las cosas. Mi casa es vuestra casa.

Los tres hermanos se fundieron en un abrazo.

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