Ana

XXI. Pasos de baile

Te encanta bailar. Es con lo que más disfrutas. Llevas el ritmo en la sangre. Lo has heredado de tu madre. Sabes que ella bailaba incluso cuando tú aún estabas en su barriga. De bebé te ponía en su espalda, a la manera de las africanas, para tenerte muy cerca mientras trabajaba.

El verano pasado, tus hermanas mayores empezaron a llevarte con ellas cuando salían por las noches. Aunque eres delgaducha y sueles ir despeinada, tienes algo que atrae a los hombres y ellas lo aprovechaban. Mientras tú te movías elegante por la pista, hablaban con los más patosos, con los que no se atrevían a seguir tus pasos. Pero acabaron cogiéndote celos porque cada vez eran más los que preferían no perderte de vista y las dejaban de lado.

Han empezado a recordarte otra vez que en realidad no son tus hermanas y que no tienen ninguna obligación de llevarte con ellas. Tú solo eres la mocosa del hombre que se casó con su madre. Así que las ves marcharse y dejarte sola. Papá no quiere que salgas por tu cuenta. Dice que eres demasiado joven y que la noche es peligrosa.

Te pones la radio en tu habitación y vas dando saltos en el pequeño espacio que queda a los pies de la cama, inventándote piruetas para seguir los acordes. Tu madrastra golpea la puerta y te dice que no son horas. Entonces quitas la música y te descalzas para seguir moviéndote en una danza lenta y silenciosa, hasta caer agotada sobre el colchón, donde te dejas arrullar por las mantas y sueñas con un mundo de ritmos y bailes interminables.

Hoy estás más contenta. Vas a ir a la fiesta de esta noche. Has comprado una entrada a escondidas. Es de disfraces. Pasarás desapercibida. Habrá un grupo en directo. Te mueres por ver tocar a los músicos.

Tus hermanas han salido hace rato. Tú has fingido estar muy cansada. En la penumbra te vas vistiendo. Te has comprado un vestido de princesa de cuento. Has pasado buena parte de la tarde trenzándote el pelo. Ahora lo recoges en la nuca tal y como recuerdas que lo hacía tu madre. Maquillas despacio los párpados y las pestañas, pones un poco de color en labios y mejillas. Te apartas del espejo para observar el resultado. Pareces mucho mayor, ya no tienes ese aspecto de chiquilla asustada. Te pones los zapatos. Has gastado tus últimos ahorros en calzado de baile. Se ajustan a tus pies. Son tan suaves que no crees que vayan a hacerte daño. Son brillantes, como si fueran de cristal.

No queda nadie despierto en la casa. Sales a hurtadillas y corres por la calle. No sabes cuánto duran esas fiestas. Esperas no llegar muy tarde. Ya oyes la música. Contemplas las luces que le han puesto al pabellón que hace las veces de salón de baile. Muestras la entrada a un chico alto que controla el acceso. Te sorprende su mirada, te está recorriendo, con poco disimulo, de arriba abajo.

Sientes que te ruborizas. Sonríes. Te deslizas entre la gente para llegar junto al escenario. Solo bailan unas pocas parejas. Te fascinan los músicos haciendo sonar hábilmente sus instrumentos. Los acordes de un vals sacan a la pista a los más mayores. Alguien pone una mano en tu cintura. Te dejas llevar. Es un bailarín experto que suple tu desconocimiento de los pasos.

Disfrutas con los bailes lentos y con los latinos, te mueves con habilidad a ritmo de rock, hasta con el tango te atreves. Como siempre eres magnética y no te faltan candidatos. Hay uno con el que te sientes más a gusto que con los demás. Es alto, elegante, un auténtico príncipe de ojos azules. Te sonríe y te hace sentirte única en el mundo. Se sabe mejor que nadie los pasos. Te gusta escucharle susurrar palabras bonitas a tu oído.

Cuando te vas casi ni te despides. Despunta el alba y ya hace rato que viste marcharse a tus hermanas. Estás exhausta y temes que puedan descubrirte.

Aunque no te das cuenta él te sigue. Le has gustado mucho y los siguientes días rondará tu casa. Al final se atreve a llamar y a preguntar por ti. Tus hermanas lo marean, le dicen que allí no vive ninguna hermosa mujer, aparte de ellas mismas. Es insistente y al final te encuentra. Sin el vestido ni los zapatos y con el pelo suelto te sientes insegura, pero él te invita a bailar esa misma noche. Acudís a un pub pequeñito. Allí nadie va elegante y se baila swing sin parar. Te encanta ese ritmo.

Accedes a ser su novia, a que te bese a escondidas, a que te coja de la mano. A tu padre le ha caído bien, le parece un hombre responsable y confía en él para que cuide a su niña.

Los primeros meses bailáis todos los sábados y algunos domingos. Tú aprendes más y más: los pasos, las vueltas, las figuras. Luego él empieza a quedarse en casa porque tiene mucho trabajo. Te exige que te quedes a su lado. Tú te aburres pero confías en que serán solo unas semanas.

Cuando volvéis a salir a él ya no le apetece bailar. Dice que es aburrido, que hay mucha gente y que no le gusta verte con otros hombres. Vais a bares muy serios, donde pasáis las horas sentados. No sabes de qué hablar con sus amigos y menos aún con sus novias.

Una noche te finges enferma y le dices que te quedas en casa. Te escapas por la ventana. Has oído que algunas personas se reúnen de forma clandestina a bailar en el parque. Te has puesto los zapatos que parecen de cristal. Tus pies y tu cabeza ya se mueven al oír las primeras notas.

Ana

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2 comentarios sobre “XXI. Pasos de baile

  1. Poco puedo decir más allá del consabido me gusta, quizá que hay mucha más melodía que la baila en las retinas, resuenan ecos al compás de la metáfora; suena excelente si quien dirige la orquesta es una artista como tú, Ana. Quiero bailar más veces, más música para camaleones. Un saludo.

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