Ginés

XX. La flor de Navidad

Nada más llegar a casa, cansada, fue al cuarto de su madre. Vio que dormía y no quiso despertarla. Aprovechó para cambiarse y preparar la cena.  El trabajo en la floristería no daba para mucho, pero al menos sí para un menú especial el día de Nochebuena, se dijo. Mientras ponía la mesa evocó otras nochebuenas, siendo niña, cuando eran una familia. No tardó en limpiarse las lágrimas consciente de que el tiempo, inexorable, terminaba borrando recuerdos y doblegando a las personas con la vejez.

En el dormitorio, ayudó a su madre a ponerse en pie, a cambiarse; la lavó y aseó contándole las novedades del día. Aunque esta no hablaba sí agradecía oír la voz de su hija. Celebró con una agradable expresión en el rostro los adornos y la cena, aunque comió poco. Después, la hija la ayudó a cambiarse de nuevo, a acostarla y a colocarle la cuña. Giró la cara, avergonzada, como si fuera la primera vez, a pesar de que su hija le había dicho que no se preocupase. Dentro de sí se sentía humillada, inútil, una carga. La joven terminó de arroparla, antes de dejarla dormir; como si le leyera el pensamiento, se sentó a su lado para contarle algo más.

—Hoy vino un hombre extraño a la tienda —comenzó—. Estuvo mirando las plantas sin decidirse. Al ver las azucenas, me contó una historia. Debía ser escritor o algo así porque me sonó a cuento infantil… —Los ojos de la madre se movieron rápidos como animando a su hija para que continuara—. Un cuento infantil de esos que ocurren en un país muy lejano, al parecer, gobernado por un poderoso rey, pero que, sin descendencia, fue haciéndose cada vez más anciano. El caso es que un día, el jardinero del rey, que provenía de una familia humilde, le llevó flores recién cortadas para animarle; hizo una reverencia antes de contarle a su vez una historia de su infancia. El rey se interesó al saber que trataba de una flor azul que crecía en las montañas y supuestamente concedía un deseo a cambio de un pago cuando se cortase. El jardinero insistió en que no le hiciera mucho caso, que eran leyendas de su infancia rural. Pero el monarca estuvo tres noches pensando en aquella historia, soñando con flores azules y sintiéndose luego más joven en ellos despertándose viejo y cansado. Hizo llamar al jardinero con el encargo de que fuera a buscar la flor, al menos a descubrir si era cierto, disponiendo para ello de los criados y animales que precisara. Aunque el jardinero no estaba muy convencido decidió no contrariar al poderoso rey y partieron del palacio con una espléndida comitiva en dirección a las montañas, allí donde recordaba que crecía la fantástica flor azul. La espera debilitó aún más al monarca, que puso todas sus esperanzas en el jardinero. Este llegó cuando aquel prácticamente agonizaba, dejando que arrancase la flor que traía plantada en un puñado de tierra. Casi al instante, la salud del monarca mejoró. —La hija hizo una pausa como si tratara de recordar algo—. Un cuento extraño, ¿no te parece? —concluyó.

Ya en su cuarto pensó en el cuento y, como si pidiera un deseo infantil, anheló que su madre recobrase la salud al menos por un día. Le entristecía verla así, le parecía demasiado cruel lo que el paso del tiempo hacía con las personas.

Esa noche, en sueños, creyó ver una gran orquídea azul abriéndose en el dormitorio de su madre. Asustada, se despertó para comprobar si esta se encontraba bien. No la halló en su cuarto, sino en la cocina, preparando el desayuno. La segunda sorpresa fue contemplarla como cuando era joven. De hecho, la vio radiante.

—¿Qué te ha pasado, mamá?

—¿A qué te refieres? —repuso esta.

Desayunaron envueltas en una felicidad que no recordaba; aún más, decidieron ir juntas a la ciudad. Era Navidad, le dijo. Recorrieron tiendas, saludaron a los vecinos, que no se extrañaron de verla joven y hermosa. Solo cuando los rayos del sol comenzaron a hacer guiños sobre los tejados la madre empezó a sentirse cansada. Regresaron a casa, la hija asustada al ver como aquella se iba marchitando conforme avanzaba el ocaso. La tumbó en la cama, ya no hablaba, pero sí sonreía. «Descansa, mamá». La dejó dormir sin entender bien qué había pasado. Estuvo atenta a cualquier ruido sin querer cerrar los ojos para no dormirse. Al abrirlos se vio en su cuarto, cansada, pensó si lo ocurrido habría sido realidad o un sueño. Fue hasta el dormitorio de su madre; con la mano en el pomo no se atrevió a abrir la puerta. Le vino a la cabeza, por alguna razón, el cuento de la flor de aquel tipo extraño en su floristería, también el final que no le había contado a su madre. El milagro de la flor azul se compensaba con un pago, con una pérdida, en realidad, así le había pasado al menos al jardinero del cuento, tampoco este se lo contó al rey. El milagro de la vida eterna pedía a cambio otra vida. Al jardinero no le importó y el monarca mandó esculpir una estatua en su palacio para recordar el gesto del humilde jardinero por los siglos de los siglos.

«Que solo haya sido un sueño», dijo en voz baja abriendo lentamente la puerta.

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