Ana

XIX. Sin errores

Diana llevaba un buen rato observando cómo preparaba las soluciones de ensayo. Seleccionaba los diferentes frascos y botellas sin titubear. Pesaba los elementos, los disolvía y los mezclaba en estricto orden. Ni una sola vez dejó nada fuera de su lugar. Cuando se separó un instante de su bancada, para coger uno de los botes grandes del armario, se miraron. Ella no disimuló y él continuó con su labor sin prestarle atención.

—Su mirada me provoca escalofríos —declaró Diana, esperando la complicidad de su compañera de laboratorio.

Paula hizo un gesto de sorpresa y negó con la cabeza.

—¿Ahora te dan miedo los androides? —se burló.

Diana le indicó que bajara la voz para que él no las oyera.

—No es un androide. Es una máquina —rebatió—. Una máquina servil. Tan serio, tan perfecto, tan silencioso. ¡Uf! Cuando termina una tarea se puede pasar horas sin quitarte los ojos de encima, a no ser que le des más instrucciones.

Paula soltó una carcajada y volvió a centrar su atención en el microscopio. Con habilidad seccionó una porción minúscula de una hoja.

—No sé por qué te ríes —protestó Diana. Había dejado a un lado la pipeta automática con la que estaba rellenando la placa para análisis y se daba golpecitos en la mano con una de las puntas de plástico desechables. Repasó el tatuaje en forma de flecha que se enroscaba en su muñeca. Un gesto que hacía a menudo cuando estaba nerviosa.

—Están programados para cumplir órdenes, Diana —exclamó Paula—. No tienen capacidad para hacer otra cosa. Carecen de emociones.

Se puso de pie y lanzó una de las puntas que su compañera había desechado al tipo que permanecía de espaldas a ellas. Le dio en el hombro y este ni se inmutó.

—Solo trabajan. Con exactitud, mucho más rápido que tú y yo juntas. ¿Cuál es el problema?

—Su aspecto —respondió Diana tras pensárselo un poco—. ¿Para qué hacerlo tan humanoide si es solo una máquina, si no quieres que tenga sentimientos? No espero que una pantalla o un cajero me sonrían, y sé que los buenos días que dicen están programados. Pero, ¿para qué darles esa imagen tan similar a una persona? No es la más funcional.

—Mira, en eso te doy la razón. Después de los problemas que hubo con la serie anterior y sus intentos de suplantarnos, deberían pensárselo dos veces antes de hacer máquinas capaces de confundirse con humanos.

—No hubo intentos de suplantar, fueron fallos con los chips de memoria —señaló Diana entrecerrando los ojos—. Algunas unidades olvidaban quiénes eran en realidad. Pero estas máquinas no tienen esos problemas, están preparadas para hacer su labor y ya está. ¿Para qué darle ese aspecto?

—No sé. Supongo que tiene que ver con el entorno amigable. Es más fácil interactuar con alguien que te habla, te mira o te escucha como si fuera una persona. Tonterías de humanos, ya sabes. —Se encogió de hombros y miró a Diana, que seguía con cara pensativa.

—Imagino que tienes razón —dijo resoplando—. Voy a buscar café. ¿Quieres uno?

—Sí, gracias. Con leche.

Diana se levantó y se puso al lado del humanoide que seguía trabajando en la bancada, ajeno a su cháchara.

—¿Y tú, TC3? ¿Quieres un café?

El sujeto detuvo sus manos y giró la cabeza para mirar a Diana. Esta volvió a sentir inquietud al ver sus ojos oscuros.

—Negativo. Las sustancias procesadas interactúan de manera adversa con mis redes electrónicas.

Diana arqueó una ceja mientras escuchaba las carcajadas de Paula. Pensó que habría sido suficiente con que contestara «No, gracias», o algo similar. Sin embargo, la tendencia actual era construir unidades de trabajo lo más frías y distantes posible.

Siguió dándole vueltas mientras recorría despacio el pasillo de los Laboratorios Delta hasta llegar a la cafetera. Llenó las tazas y sonrió al leer en la pantalla de la máquina «Disfrute de su café. ¡Gracias!».

Los humanos eran una contradicción. Investigaban en tecnología y la hacían lo más parecida a ellos posible, para no encontrarse extraños. Sin embargo les daba miedo que esas mismas máquinas fueran capaces de superarles.

Diana se ponía de alguna forma en su lugar. Pensó que en realidad no le molestaba el aspecto pseudohumano de TC3. Lo que de verdad le hacía sentirse intimidada era su perfección. Temía que una maquinucha amenazara la supremacía de su generación de androides, solo porque a ella no la habían fabricado libre de errores.

Ana

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2 comentarios sobre “XIX. Sin errores

  1. Buen relato. El listón está muy alto, una vez más. Menos mal que las máquinas no pueden sustituirnos en este blog. El siguiente no lo realizará ningún robot, al menos espero que los lectores sean comprensibles y pueda emocionarles, a diferencia de las máquinas. Buen fin de semana a todos.

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