Amelia

XVIII. Noche de Reyes

—¡Vamos! Los niños llevan un rato esperando y se están durmiendo —increpó Rosa a los tres hombres disfrazados de Reyes Magos.

Acababa de abrir la puerta para ver si llegaban y allí estaban, agazapados en el rellano de la escalera: Melchor con su barba blanca y una capa roja ribeteada en oro; Gaspar, pelirrojo, con corona incrustada de piedras verdes y Baltasar, de terciopelo blanco y morado.

«Parecen más tontos que los del año pasado. Menos mal que el negro es de verdad», reflexionó, mientras los hacía entrar.

Llevaba tres años contratando a una agencia la visita de los Reyes Magos. Los niños se lo pasaban pipa y a los padres se les caía la baba con las caras ilusionadas de sus hijos.

—Pasad. Ya sabéis lo que tenéis que hacer —les indicó y abrió la puerta de la sala de estar.

Los tres se miraron, perplejos, y la acompañaron, algo reticentes. Cuatro niños de edades diversas los contemplaron, boquiabiertos. La más pequeña, una rubia de ojos claros, los señaló con la manita. Los otros tres comenzaron a dar golpes en la mesa con los cubiertos de plástico.

Rosa se impacientó. Los tres tipos que había contratado este año no tenían pinta de saber a qué se dedicaban. Con lo sencillo que era disfrazarse de Rey Mago, hacerles un par de carantoñas a los niños y entregarles los regalos que los padres habían comprado.

Tocó a Baltasar en el hombro y lo miró con ojos furibundos. Este se acercó a la niña y le hizo un gesto de burla, bastante forzado. Melchor, imitándolo, se sentó al lado del niño mayor, un moreno con ojos de pillín.

—¿Qué tal? ¿Cómo estás? —sonó una voz grave—. ¿Te has portado bien este año?

—Síiiiiiiiii —gritó, golpeando la mesa otra vez.

—¿Y qué te han traído los Reyes? —continuó preguntando. El niño, extrañado, se encogió de hombros.

—Pero, ¿cómo le haces esa pregunta al crío? —exclamó uno de los padres.

—Me refería… a qué nos había pedido, a ver si se lo hemos traído —intentó disculparse Melchor—. ¿Has sido bueno?

Mientras tanto, Gaspar se rascaba por debajo de la barba y jugaba con otro de los chavales a piedra, papel o tijera.

Rosa echaba chispas. «¡Qué tíos más memos! Es la última Navidad que confío en esta agencia». Le hizo un gesto a su marido para que trajera los regalos y fulminó con la mirada a Melchor, que había cogido un pedazo de roscón sin permiso y tenía la boca manchada de nata y trufa. Este se levantó y estuvo a punto de llevarse el resto del postre con la manga del traje.

—Venid aquí. Tenéis que hacer algo más que zamparos mi roscón. Dadles los regalos a los niños —le susurró, enfadada.

El marido tendió un paquete a cada uno y se quedó con otro en las manos.

—Bueno, vamos a ver… este regalo es para… ¡Carlitos! —leyó Melchor en el envoltorio.

El niño que antes jugaba con Gaspar se levantó de un salto, como activado por un resorte, y le arrebató el regalo. Hizo trizas el papel y exclamó un gracias no muy convincente cuando vio la caja de un dron. Se sentó en el suelo y se olvidó del resto del mundo.

—Y este es para… ¡Álvaro! —exclamó la voz gangosa de Gaspar.

El moreno con ojos de pillín, al ver una de las más modernas consolas de videojuegos, ni se inmutó. Como Carlitos, fue a sentarse a otra de las esquinas de la sala, sin dar las gracias.

Los padres se movían de aquí para allá haciendo fotos y vídeos con los móviles y sonreían felices.

El tercer niño, un rubio que hasta entonces no había hablado y al que llamaron Borja, murmuró por lo bajo: «Gracias, Baltasar». Fue el único que se sentó a la mesa para jugar con su juego de construcción y desparramó todas las piezas entre los restos de roscón, patatas fritas  y refrescos.

—Y ahora… Clarita, ¿quién es tu rey favorito? —preguntó Rosa, bizqueando y guiñándole el ojo a Melchor, que no le hacía mucho caso. Esperó un momento.

—Soy yo, ¿verdad? —exclamó él, al darse cuenta, agarrando el regalo de las manos del marido de Rosa—. Aquí tienes, preciosa.

La niña cogió el paquete y lo miró varias veces. Luego, lo abrazó y le dijo:

—Gracias, eres el mejor de todos. Siempre te portas bien.

Melchor se mesó la barba blanca y le dio dos sonoros besos en la mejilla. Clarita se quedó un rato pegada a él hasta que decidió rasgar el papel. Su nueva muñeca le encantó y volvió a abrazar y besar al rey.

—Bueno, bueno, gracias por todo —dijo Rosa, empujando a los reyes hacia la salida. Ya que no les veía mucha decisión, les pagaría menos y eso que se ahorraba.

En la puerta, les dio un sobre y los despidió deprisa.

—Gracias, gracias —repitió—. A ver si el año que viene lo hacéis mejor —dijo, pensando que seguramente sería el último encargo de aquellos tres.

Salieron al rellano y bajaron las escaleras en silencio. En el portal, Baltasar preguntó:

—Bueno, ¿cuánto hemos ganado?

Melchor abrió el sobre y contó los billetes.

—Trescientos euros. No está mal, ¿no?

—La verdad es que no, teniendo en cuenta que no hemos tenido que colarnos en ninguna casa a robar, como habíamos pensado —dijo Gaspar, quitándose la barba y rascándose—. ¿Tenemos tiempo de ir al bar?

Mientras tanto, Rosa se felicitaba por haber quitado doscientos euros del sobre. «Esos tres no se merecían más, por sosos». En ese momento llamaron al timbre y fue a abrir, temiendo que volvieran a reclamar el dinero.

—Buenas noches, disculpe la tardanza —habló un nuevo Melchor—. Se nos ha hecho tarde en la anterior casa. ¿Nos indica dónde están los niños?

Amelia.

 

 

 

 

 

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