Ana

XVII. Reiniciar el tiempo

Diez minutos para las doce. Olivia lo consultó en el gran reloj del comedor de Laura. El tictac de semejante aparato no la dejaría dormir. Cuando la fiesta se acabara, el sofá, en el que estaba sentada, le serviría de cama. Suspiró. A ese ritmo la velada sería interminable.

Bebió el último trago de su tinto y se levantó a por más. En un extremo de la sala esperaban las botellas. Cogió una de Malavida, le gustaba su lema: “Todo el mundo debe creer en algo, yo creo que voy a seguir bebiendo”.

—¿Otra, Olivia? —exclamó, desaprobadora, Patricia.

Sonrió a medias. Sospechó que nada alegraba la Fanta de su amiga.

—Bueno, es Nochevieja y no tengo que conducir —recordó.

—Deja a la chiquilla —intervino Laura, protectora como siempre, abrazándola—. ¿Lo estás pasando bien?

—Claro —respondió, y apuró la copa para poder rellenarla.

No quería ser desagradecida, pero añoraba su plan de pasar la última noche del año bajo las mantas. Sus amigas se habían negado a que estuviera sola y la habían arrastrado al chalé de Laura. Le fascinaba la capacidad de convocatoria que esta tenía. A menudo reunía a personas muy diferentes, con pintorescas historias que alimentaban la imaginación de Olivia, siempre ávida de anécdotas para inspirar sus relatos.

Los gemelos hiperactivos de Patricia corrieron a su alrededor casi haciéndola caer. La reclamaban para jugar a las cartas.

—Luego —prometió—. Después de las uvas.

Miró el reloj con disimulo, seguía marcando las doce menos diez.

—No seáis pesados —intervino su madre apartándolos—. Tú sí que sabes, Olivia. Soltera, sin hijos. No necesitas darle explicaciones a nadie.

Hizo una mueca. Ya tardaba en salir ese comentario. Antes, cuando estaba con Tomás, siempre era «a ver cuándo os animáis, que nos hacemos mayores». Ahora, leía la condescendencia en los ojos de su amiga. Buscó dónde meterse, ninguna de las posibles conversaciones la seducía.

—¿Cómo es que no te vas de vacaciones? —insistía Patricia—. Siempre te pegas buenos viajes.

—No tengo días libres. Priorizan la conciliación familiar y a los que no tenemos hijos nos toca hacer más turnos en Navidad.

Echó un vistazo al móvil. Detestaba dar detalles de su vida y fingió algo que atender. No había mensajes nuevos. Quizá la red estaba saturada porque los suyos seguían en espera. Se recriminó anhelar que Fran le hubiera escrito. Se habían visto algunas veces y estaba empezando a ilusionarse. «Tengo que pasar las fiestas con la familia de mi ex. Nadie sabe que nos hemos separado». Y ella se lo había tragado. No tenía remedio.

El último wasap era de su madre. Se hacía un lío con la pantalla táctil y los mensajes solían ser indescifrables. En medio de algunas letras sin sentido podía leerse «feliz año nuevo». Por mucho que se lo dijera, la mujer no había asumido la existencia de una tecla para borrar. Olivia pensó lo útil que sería tener algo así en la vida. Probar y, si no sale bien, dar a deshacer cambios.

Sacudió la cabeza. Estaba empezando a parecer Mr. Scrooge. Debía apartar el mal humor y disfrutar de la fiesta. La aguja seguía a diez minutos de las doce. En la tele se veían las típicas imágenes: plazas llenas de gente y famosillos explicando cómo había que comerse las uvas y recordando aquello de los cuartos. Aunque el marido de Patricia estaba llenando las copas de cava, fue a por más vino.

Alguien se le había adelantado. Al verla, le llenó la copa mientras sonreía y le decía bajito:

—¿Te has dado cuenta de que el tiempo está parado?

Olivia se rio. Llevaba un buen rato pensando que el reloj estaba estropeado. Aunque tampoco en la televisión o en su móvil parecía avanzar.

—No me gustaría quedarme colgada en esta noche —dijo, con un gesto de horror. Se arrepintió enseguida, volvía a mostrarse enfurruñada.

—Entonces habrá que apagarla y encenderla de nuevo —bromeó él.

Entrechocaron las copas. A Olivia le gustó su mirada directa y cómo le sonreía.

—Olivia, ¿verdad?

Pensó que los debían haber presentado. Había saludado a tanta gente que no podía recordarlo.

—Sí. ¿Tú eres?

Temió que soltara el mismo chiste malo que hacían con su nombre cuando flirteaban con ella.

—Javier —respondió sin más—. Soy compañero de Quique. Tú eres amiga de su mujer, ¿no? —señaló a Laura.

Olivia asintió.

—¿Hemos coincidido en sus fiestas? —indagó—. Creo que te conozco de algo —decidió arriesgar.

—No, solo hace un mes que trabajamos juntos. Es la primera vez que vengo. Pero —admitió al ver su rostro contrariado—, sí nos conocemos.

Olivia rebuscó en su memoria. No solía olvidarse de la gente que le causaba buena impresión.

—Tuvimos una cita —continuó Javier—. Hará… un par de años.

Entonces lo recordó, contándole sus meses de trabajo en Islandia, justo cuando Olivia acababa de volver de unas vacaciones allí.

—¡Es verdad! Estuvimos tomando pizza y margaritas en aquel tugurio. ¡Vaya! Nunca volviste a llamarme. No debí caerte bien.

Le había escrito un par de veces. Él le contestaba educado, sin más.

—Sí me caíste bien. Pero… soy muy torpe. Aquellos días el móvil se apagaba cada dos por tres y lo reseteé. Hice mal la copia y perdí un montón de contactos. ¿Suena a excusa?

—¿Y la aplicación? Mis datos estaban allí.

—También perdí la contraseña. Tuve que hacerme un perfil nuevo. No conseguí dar contigo.

Recordó haber dejado aquella aplicación de contactos tras varias citas infructuosas. Tenía mucho trabajo y otros proyectos en la cabeza.

—Vaya. Estuve a punto de llamarte meses después.

—Me habría gustado que lo hicieras.

—Bueno… —Notó que se sonrojaba.

—Podemos tener una cita 2.0. y ver qué pasa —sugirió Javier.

Olivia sonrió. Raramente tenía una segunda oportunidad.

Detrás de ella alguien subió el volumen del televisor. El locutor anunciaba el último minuto del año. El comedor fue un revuelo de gente gritando y pasándose las uvas. El tiempo volvía a estar en movimiento.

Ana

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