Amelia

XVI. Noche de paz

Inés se anudó el delantal y comenzó a sacar ollas y sartenes del armario. Se sintió satisfecha ante la limpieza de la cocina. «Los del voluntariado lo han dejado todo como los chorros del oro», pensó.
Llevaba cinco años cocinando para el comedor social de la parroquia y la cena de Nochebuena era su favorita. Solía preparar un menú a base de sopa de pescado, pollo asado y crepes rellenas de mermelada, además de turrones, mazapanes y polvorones. Le encantaba ver cómo, poco a poco, la despensa y la nevera se iban llenando con los donativos de las gentes del barrio: la morralla del pescadero, la harina del panadero, los pollos del carnicero… Ella misma se había encargado de confeccionar, meses antes, la mermelada con el excedente de Paco, el de la frutería.


Los parroquianos se encargaban de los dulces, entregados durante el belén viviente de los niños, celebrado días atrás. Con todo eso y su buena voluntad, preparaba una cena estupenda para treinta pobres, el cura y ella misma.
Normalmente, al comedor acudía un grupo de jóvenes voluntarios que se turnaba para ayudarla en la cocina y servir las mesas. Era el mismo que se encargaba de amenizar las misas con guitarras y percusión. Una lástima que en Nochebuena no pudieran acudir, pues a Inés le encantaba la música y, sobre todo, los villancicos.
En sus tiempos mozos cantaba en una coral. Para ella, no comenzaba la Navidad hasta el día del concierto que se celebraba en la iglesia para recaudar fondos destinados a distintas asociaciones. Luego se casó con Juan, tuvieron dos hijos y en las pocas Navidades que disfrutaron juntos no faltaron los villancicos. Un accidente de coche se los había llevado a los tres hacía más de treinta años y esas fechas habían perdido algo de su magia.
No se volvió a casar y volcó su vida en ayudar a los demás, de aquí para allá. Hacía cinco años desde la llegada del cura nuevo a la parroquia y, tras muchas discusiones iniciales con la gente del barrio, se había puesto en marcha el comedor social. Inés había encontrado, por fin, un lugar fijo en el que colaborar y sentirse útil.

El Padre Vicente le hacía un regalo por ayudar en la cena de Nochebuena. Un pañuelo, un libro, un CD… alguna pequeñez por confeccionar aquel sabroso menú para los indigentes, muchos de ellos habituales: Pedro, el ejecutivo venido a menos, siempre con el mismo jersey azul y el mismo pantalón gris, que trataba de mantener limpios; Pepe, que rebuscaba chatarra en la basura para conseguir algo de dinero; Yuri, el rumano, un chico rubio y guapo que ayudaba a los tenderos del barrio a cambio de poder dormir en las trastiendas… Y así hasta un total de treinta hombres, jóvenes y viejos, que no tenían familia o la habían perdido hacía tiempo.
Días atrás, el cura le había preguntado qué le haría ilusión en Navidad. Ella le había contestado, sin pensar: «Ir a un concierto y escuchar Noche de paz, mi villancico favorito». Suponía que este año le tocaría otro CD de música clásica. Le decía al sacerdote que no hacían falta regalos, aunque al final, por no discutir, los aceptaba.
Fue al armario a buscar la tapa de la olla donde se cocía la sopa y se extrañó al no encontrarla. «¡Qué raro! ¿La habrán movido de su sitio los voluntarios al limpiar?». Colocó otra un poco más pequeña que estuvo a punto de caerse dentro.
El cazo para preparar la salsa del pollo al horno también había desaparecido. Quiso echar un chorrito de anís (truco de su madre) a la masa de las crepes y la botella no estaba en la despensa. «¿Se la habrá dado el cura a Ricardo, que siempre está bebiendo? Porque la última vez aún quedaba…».
Algo contrariada, dejó la cena en marcha y fue al comedor. El Padre Vicente no tardaría en llegar y en una media hora los indigentes se sentarían alrededor de la mesa.
Tras colocar el último tenedor y la última servilleta, apareció el cura.
—¿Qué tal, Inés? ¿Cómo vas? —la saludó, afectuoso.
—Bien, bien. Ya está todo casi a punto. Falta poco, ¿no? —preguntó, mirando el reloj.
—Sí, ahora vendrán. ¿Has visto el belén que han colocado los voluntarios esta mañana? Está precioso.
—No, no lo he visto. Pensaba ir después de la cena, antes de la Misa del Gallo.
—Vamos ahora, si quieres, que luego estará todo el mundo viéndolo. Le han puesto unas luces estupendas —dijo él, casi empujándola.
—Espere, que apago el fuego, que si no, se nos quemará la sopa y armaremos la de San Quintín.
Salió de la cocina y cerraron el comedor. Entraron en la iglesia por una de las puertas que comunicaban con la sacristía. El cura la tomó del brazo y encendió un interruptor.
El altar se iluminó e Inés vio el magnífico belén a sus pies. Alrededor, los voluntarios le sonreían con guitarras y panderetas en mano. No solo ellos, sino también Pedro, Pepe, Ricardo y el resto de pobres del barrio, armados con tapas, cazos y botella de anís, comenzaron a cantar:

Noche de paz, noche de amor,
claro sol brilla ya.
Y los ángeles cantando están:
“Gloria a Dios, gloria al Rey Inmortal”.
Duerme el niño Jesús,
duerme el niño Jesús.

Inés, emocionada, se unió al improvisado coro e inauguraron juntos una de las mejores cenas de Nochebuena, con concierto incluido.

Amelia.

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