Ginés

XV. El regalo de Navidad

Se acercaba la Navidad y los padres de la muchacha se preguntaron qué le comprarían ese año como regalo. Al pasar frente al escaparate de una tienda, ella se quedó clavada con la boca abierta.

—¡Quiero esas zapatillas de ballet! —dijo.

—Pero, cielo —intervino su madre—, ¿estás segura?

—Sí —chilló—, las quiero.

—Está bien, se las pediremos a Papá Noel.

—No, las quiero ahora —protestó.

—Pero hija —trató de razonar su madre—, ahora no puede ser; se las pides como regalo de Navidad a…

La muchacha refunfuñó y gritó llamando la atención de cuantos pasaban por la calle de tal manera que sus padres optaron por entrar a la tienda. Había objetos muy variados, no solo juguetes, daba la sensación de adentrarse en un bazar o el almacén de un teatro. En el mostrador, un hombre mayor les sonrió aguardando a que se acercasen.

—Estábamos interesados en… —comenzó la madre.

—En las zapatillas de ballet ¿no es así? —terminó aquel la frase—; me lo imaginaba, asintió.

Fue hasta el escaparate y las trajo en la mano.

—La verdad —comenzó la madre—, es que no estamos seguros de que vaya a usarlas mucho tiempo.

La hija rezongó de inmediato, solo quería tenerlas, protestando por tanta conversación.

—Cada año —continuó el padre—, le compramos regalos, desde una bicicleta a un violín o cualquier otro capricho, lo malo es que, tras unos días, acaban en un armario.

—Se cansa en seguida —secundó la madre.

—Entiendo —dijo el hombre—, en ese caso este es el regalo perfecto.

—¿Usted cree? —preguntó el padre mirando las zapatillas algo desgastadas.

 —Sin duda.

—Pero no creo que mi hija aguante muchos días yendo a clases de ballet —puntualizó ahora la madre.

—Da igual —replicó el hombre—, llévenselas. Es más, no me paguen nada, si en unos días no las usa me las devuelve y asunto solucionado.

La muchacha quiso probárselas allí mismo, pero el hombre las mantuvo en sus manos hasta colocarlas en el interior de una caja que entregó a la madre. En casa sí, se las probó, le venían perfectas, como hechas a medida. Quedaba el asunto de las clases de ballet, pero de eso no hablaron. Prefirió salir con sus zapatillas a la calle, ansiaba presumir de ellas delante de sus amigas.

Al llegar a la esquina se tropezó, no obstante, con un abusón de su colegio y dos chicos rudos que le acompañaban.

—¿A dónde vas tan contenta, niña? Venga, danos el dinero que lleves que tenemos hambre. 

El miedo la paralizó, metió las manos en los bolsillos, pero un cosquilleo en sus pies le hizo andar involuntariamente en dirección contraria.

—¡Eh, tú! ¿Qué haces, pretendes huir de nosotros? ¡Agarradla!

Ella comenzó a caminar deprisa y, sin saber bien cómo, corrió más veloz que nunca, dejándolos atrás.

Al llegar a casa contó lo sucedido, aunque era difícil de creer. Tanto o más como lo que le sucedió a la hora de irse a dormir: no pudo descalzarse las zapatillas por más que lo intentó. Tampoco a la mañana siguiente, al cambiarse para ir al colegio. Se lo ocultó a su madre incapaz de encontrar una explicación. No le importó, pues sus amigas se murieron de envidia, sobre todo al ver cómo se movía con ellas, grácil y veloz, al punto de ganar en el recreo a los chicos de su clase. Se volvió tan popular que casi no se lo creía. Su madre insistió, días después, en que se las quitase, tanto tiempo con ellas no era normal. Pero la muchacha buscaba cualquier excusa y su madre temió que de lo contrario acabarían como el resto de juguetes olvidados. Con sus zapatillas no solo llegaba antes a los sitios, podía saltar más alto que sus compañeros. También se lo pasó en grande esas Navidades al ver a muchos niños tristes con sus juguetes caros y ruidosos pero inútiles. Jugaron juntos al escondite, a la cuerda y al sambori, pues a la pata coja tenía tanto equilibrio como si anduviera. Intentó desatárselas varias veces durante ese tiempo, pero una extraña fuerza parecía impedírselo y, encogiéndose de hombros, se las dejaba puestas. Hacía cosas geniales con ellas, ¿para qué quitárselas? Un día de enero pasó frente a la tienda. Entró sin saber bien por qué.

—¿Te gustaron las zapatillas? —le preguntó el propietario.

—Mucho —respondió.

—¿Puedo comprobar una cosa? —le dijo invitándola a sentarse. Apenas con el roce de las manos del hombre se desataron y, por sí mismas, regresaron al escaparate. La muchacha se disgustó mucho, pero el hombre le contó que eran unas zapatillas mágicas, que eran ellas las que decidían con quién querían estar y por cuánto tiempo.

Regresó a casa con unos zapatos nuevos y otro regalo de la tienda. «También es mágico —le había dicho el hombre—, pero ese será nuestro secreto».

Por Ginés J. Vera

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