Amelia

XIV. La espera

Acababa de mudarse al barrio. Estaba descargando cajas del coche cuando la vio por primera vez. Justo enfrente de la que iba a ser su nueva vivienda había una parada de autobús. Sentada bajo la marquesina, una mujer de unos sesenta años miraba el reloj de vez en cuando. Llevaba una blusa blanca, una chaqueta de punto gris y una falda del mismo color.

Mientras organizaba sus trastos, se extrañó al ver pasar dos autobuses  y que la señora no cogiese ninguno. Tras varios viajes al portal para depositar sus pertenencias, logró meterlas en el ascensor y subirlas a su nuevo piso. Olía a recién pintado y se sentó en el sofá, cubierto por una sábana. Se sentía satisfecha al haber conseguido por fin una vivienda en propiedad. Pasó un rato mirando las paredes e imaginando cómo sus cosas le darían vida a su nuevo hogar.

Comenzó a desembalar. Colocó los libros en las estanterías, ordenó cubiertos y platos en la cocina; miró los cuadros y decidió colgarlos otro día. Se asomó al balcón. Era ya de noche, más de las nueve. Vio que la mujer continuaba sentada en la parada. «¡Qué extraño!», pensó. «Por lo menos han pasado dos horas desde que he subido y esa señora no ha cogido ningún autobús. ¿Estará esperando a alguien?».

Días más tarde, llegó con prisa. Había quedado con una amiga para tomar algo. Aparcó el coche en la calle y se fijó en que la mujer estaba otra vez bajo la marquesina, mirando el reloj.

Subió, se duchó con rapidez y se arregló. Cuando bajó, una media hora después, la señora seguía allí.

En el bar comentó de pasada la situación. «Quizás esté esperando a alguien que llega siempre tarde, como tú hoy», bromeó su amiga. Siguieron charlando durante un buen rato y regresó a medianoche. La señora ya no estaba.

Transcurrieron algunas semanas y no había día en que no la viera. Si llegaba de trabajar a las ocho y media, la mujer permanecía bajo la marquesina hasta más o menos las diez y media, hora en la que se levantaba despacio y desaparecía por el portal número nueve.

Se había convertido en una especie de afición llegar, hacerse la cena rápido y espiar a través del balcón a aquella mujer, que casi siempre vestía de gris y miraba el reloj a cada rato.

Una mañana de sábado, comprando en la carnicería, se encontró con la vecina del cuarto. Tras las pertinentes frases de saludo y los comentarios sobre el tiempo, se le ocurrió preguntarle por la mujer de la parada. «Oh, no te preocupes. ¿No recuerdas el accidente del 27, en el que murieron nueve personas cuando el autobús chocó? Una de ellas era la hija de esta señora, una chica rubia preciosa. La estaba esperando cuando le dijeron la noticia y, desde entonces, baja todos los días a sentarse ahí. Pasan las horas y vuelve a su casa. Una pena», le explicó.

Se sintió algo culpable por haberla estado espiando. Dejó de asomarse al balcón y cambió su rutina. En vez de mirar a la mujer, se conformó con ver los programas de la tele y quedarse dormida en el sofá.

Una tarde quedó con unos compañeros de trabajo y llegó a casa sobre las diez. Metió el coche en el garaje y subió a su piso. Encendió el televisor y vio que no había señal. Contrariada, pues era algo que sucedía a menudo y no tenía solución hasta que cambiaran la antena, se tumbó en el sofá a leer un rato. De repente, se acordó de la mujer.

Salió al exterior y sintió frío. Se arrebujó en la bata de casa y  contempló la parada del bus. Una joven rubia de cabello rizado y una bufanda blanca y negra alrededor del cuello acariciaba con afecto el hombro de la mujer. Se levantó y las dos se encaminaron al portal número nueve, por donde desaparecieron.

A la mañana siguiente, bajó a la carnicería y la vecina del cuarto le dijo: «¿Sabes? Ha fallecido la señora que esperaba en la parada del autobús. Por fin descansará en paz y podrá reunirse con su hija».

Amelia

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2 comentarios sobre “XIV. La espera

  1. Uf! Menudo regalo navideño, Diossss…Has escrito un relato perfecto. Una queda noqueada por tu talento, Amelia. De corazón, has escrito un relato de PREMIO. De una potente fuerza expresiva, de gran hondura literaria. Excelente. Me quito el sombrero, me acuclillo y… reverencia versallesca. ¡Enhorabuena!. Y sobre todo, gracias por tu generosidad al compartirlo con quienes desean quedar anegadas de tu magisterio. Un abrazo de tu lectora más dilecta. Carlota.

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