Ana

XIII. Fuerza de voluntad

La sala de espera era solo un ensanche del pasillo y estaba repleta. En la puerta de la consulta había un cartel donde se pedía que no se acudiera antes de la hora y que se llevaran los menos acompañantes posibles. Nadie parecía hacer mucho caso a las recomendaciones. Roberto apoyó la espalda en la pared, convencido de que la espera sería larga. En los últimos meses había acudido varias veces a su médico de cabecera y ya había aprendido que aquello siempre era un caos.

El sistema para hacer pasar a los pacientes era bastante precario. La enfermera, una mujer menuda, próxima a la jubilación, salía con unos folios en la mano y pasaba lista incansable, repitiendo algunos nombres y olvidando otros. La gente protestaba cuando el orden que ella asignaba no tenía mucho que ver con el horario de sus citas.

Roberto observó a un niño pequeño que estaba en el asiento de enfrente. Su madre discutía acaloradamente con la enfermera. El pequeño, en cambio, estaba muy quieto. Tenía el dedo índice escayolado y el brazo en cabestrillo. La mujer se quedó con la palabra en la boca cuando la sanitaria, ignorando sus protestas, se dirigió al hombre de al lado. En los casi cuarenta minutos que llevaba allí, Roberto la había visto enfrentarse a varios pacientes. A unos les hablaba con rudeza, mientras que a otros les insistía en que no aparecían en la lista que ella llevaba. Les señalaba los folios y argüía que se habrían equivocado de médico o que la culpa era de sus compañeros de administración, que no hacían bien su trabajo.

Sacudió la cabeza, divertido. Buscó la mirada cómplice de una muchacha pálida y ojerosa, que atendía a la discusión. Pero esta se removió inquieta y no correspondió a su sonrisa. En ese momento la puerta de la consulta se abrió y salió un hombre corpulento. Lucía un ojo morado y en el labio superior aún se adivinaban unos puntos. Le dijo algo a la enfermera al pasar por su lado y esta le sonrió.

—Te esperamos esta tarde —asintió. Después devolvió la mirada a su lista y señaló a Roberto—: Es tu turno —le indicó, impaciente.

El doctor ni siquiera lo saludó. Tenía la vista fija en los resultados de sus análisis.

—Bueno, Roberto. Esto no mejora —señaló, mirándolo por encima de las gafas—. ¿Has dejado el alcohol? —preguntó en tono acusador.

—Casi no bebo nada —se defendió—. Solo un cubata o dos cuando salgo. Algún vino para cenar. —Se mordió el labio. No contaba las cervezas de los viernes después del trabajo. El vermú con su nueva novia. Los chupitos en casa de su hermana.

—¿Y las grasas? ¿Fritos?

—No. Bueno, solo en ocasiones especiales.

—¿Verduras?

—Claro.

Movió la cabeza, ¿a quién trataba de engañar? Casi todos los días había una excusa para saltarse la dieta equilibrada que el médico le había recomendado.

—Tú verás lo que haces, Roberto. Estás cerca de los 50, tienes sobrepeso, los niveles de colesterol y triglicéridos disparados. Y el ácido úrico… me extraña que no hayas notado aún sus consecuencias.

Roberto se guardó para él la consulta sobre el dolor en los dedos del pie que llevaba días atenazándolo.

—¿Qué más necesitas para empezar a cuidarte? —le preguntó el médico.

—Fuerza de voluntad —respondió, cabizbajo.

La puerta de la consulta se cerró de golpe y la enfermera recogió varios historiales. El médico la miró ceñudo, pero no protestó.

—Voy a darte medicación. —Empezó a garabatear recetas—. Tienes antecedentes familiares de problemas cardiacos. Menuda gracia le hará a tu madre que sigas los pasos de tu padre. En tres meses quiero verte de nuevo. Emma, dele hora para otra analítica —pidió a la enfermera.

Esta dejó lo que tenía en las manos y tomó un formulario. Con exasperante lentitud rellenó todos los campos mientras miraba a Roberto de reojo.

—Acompáñame —pidió, saliendo de la consulta.

Roberto cogió las recetas y murmuró algo como una promesa, mirando avergonzado al médico. Este movió la cabeza como si estuviera tratando con un niño pequeño. Fuera, la enfermera le dio la cita en un papelito escrito a mano.

—No querría inmiscuirme, pero he oído que tienes algunos problemas para dejar el alcohol.

—Bueno, no es exactamente eso —protestó.

—Ya, te falta voluntad, te he oído. Mi marido es psicólogo, tiene un método infalible. Puede ayudarte —le dijo dándole una tarjeta.

Roberto se lo agradeció por cortesía, pero la guardó en el bolsillo de la chaqueta sin prestar atención y abandonó la consulta. Volvió a sacarla en casa. Le dio vueltas en la mano mientras Violeta, su novia, le recriminaba lo poco que se cuidaba. Ella volvía de correr. Con una disciplina envidiable, salía dos o tres veces por semana. Roberto solía esperarla viendo la tele, picoteando sin darse cuenta unas patatas fritas o algo de chocolate.

En la tarjeta, trazada con fría letra de imprenta, sin adornos, leyó: «Salvador Máñez, Psicólogo conductista. ¿Falta de voluntad? ¿Adicciones? ¿Conductas erróneas? Tenemos la solución. Éxito garantizado. Primera visita gratuita».

***

Emma le dio la bienvenida. Era un piso particular, sobrio pero elegante. Le sonrió. Parecía más joven que en la consulta de la Seguridad Social. Y mucho más eficiente. Tecleó algo en el ordenador e imprimió un formulario que le hizo firmar. Protección de datos, cláusula de confidencialidad y algunos otros detalles legales que no se molestó en leer.

Le acompañó a la consulta. Su marido le sonrió y le dio la bienvenida. Pasaron más de una hora hablando de los hábitos de Roberto. Sus costumbres, sus antecedentes familiares, su situación actual. Le contó su divorcio y se lamentó de lo poco que veía a su hijo. Rememoró la muerte de su padre y se le quebró la voz al hablar de su madre ya mayor, con los huesos muy frágiles. Menos mal que se llevaba bien con sus hermanas y sus sobrinos. Hasta le habló de Violeta, llevaba con ella unos meses y se estaba enamorando. Salvador tomaba notas sin parar. Le sonreía, preguntaba alguna duda y lo dejaba hablar. Sobre todo eso. Roberto pensó que hacía mucho tiempo que no contaba tantas cosas de sí mismo. Ni tan siquiera a Violeta.

—Y dime, Roberto, ¿qué estarías dispuesto a hacer para dejar tus malos hábitos?

—Cualquier cosa —respondió sin dudar.

—¿Cualquiera?

—Claro. Todos los días tengo el propósito de hacer bien las cosas. Pero soy muy blando.

—¿Quieres estar bien? Y que tu familia no sufra por ti, ¿verdad?

—Por supuesto —respondió moviendo la cabeza, consternado.

—Bien, firma entonces y empezamos el tratamiento.

Roberto firmó. El hombre le daba confianza. Sin embargo salió de la consulta decepcionado. Sus consejos, «fuera el alcohol, reduce las grasas y los dulces, más verduras, un poco de ejercicio», no distaban mucho de lo que le decía el médico de cabecera. Si ese era el tratamiento revolucionario se sentía estafado. Quedó con él para una semana después y olvidó la cita.

Diez días más tarde recibió el email. Casi lo tiró sin leerlo, parecía un correo basura más en el que se hablaba de métodos infalibles. Pero entonces vio el nombre del psicólogo y lo abrió. En el texto, Salvador le reprochaba que no hubiera acudido a la consulta y le conminaba a hacerlo cuanto antes. Lo iba a cerrar con un suspiro de desgana cuando se dio cuenta de que venían adjuntas bastantes fotografías. Eran suyas, tomando una copa con los amigos; de su madre en la puerta de casa; de su hermana llevando a sus sobrinos al colegio. Sintió escalofríos. Vio que entraba un nuevo mensaje. Lo abrió, tembloroso.

Estimado paciente: Te recordamos que te has comprometido a seguir nuestro método. Te adjuntamos copia del contrato con tu firma, donde se indica que estás dispuesto a cualquier cosa para que te ayudemos a seguir las pautas que mejorarán tu salud. Como sabemos que para ti es difícil, vamos a vigilarte. Si tu fuerza de voluntad falla, lo sabremos y habrá consecuencias. No querrás que tus seres queridos sufran por ti, ¿verdad?

Ana

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3 comentarios sobre “XIII. Fuerza de voluntad

  1. Lo que yo digo, hay que leer siempre la letra pequeña. Un aplauso bajo en calorías, Ana. Ya se siente la navidad, lo celebraremos con dulces sin azúcar y champán sin alcohol, por otros muchos relatos como este en 2017.

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