Ginés

X. Gymnopédie No.1

A través de la ventana Clara veía las nubes grises rozando los tejados. La lluvia caía con mansedumbre, silenciosa. Sentada al piano, en un extremo del salón, se entretuvo contando las gotas contra el cristal. Contó mentalmente hasta diez para comenzar de nuevo. Regresó la vista al piano; Gymnopedie nº1 de Erik Satie. Dejó caer las notas, gota a gota. También sentía la humedad en su rostro, la apartó con la yema de sus dedos.

Golpes de nudillos en la puerta del salón. Ella se recompuso, no quería que él la viese llorar.

–Hola, cielo. –Bruno entró con una bandeja. Café, cruasán, zumo de naranja. Una rosa roja recién cortada–. No te sentí levantarte esta mañana. Te traigo el desayuno.

Apoyó la bandeja en el tapete burdeos, sobre la mesa baja, entre el piano y la ventana. Con la luz exterior Bruno descubrió los ojos de su esposa.

–¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien? –Se acercó hasta ella amagando una caricia–. ¿Has llorado?

Clara volvió el rostro a la oscuridad. Él contempló el cuello pálido, el nacimiento de sus senos, el pelo cayendo como la noche sobre los hombros. Tan suave, pensó. Ese mismo pensamiento que lo empujó a sujetarlo entre los dedos, a rozar su nuca, a robarle un beso, fue también el que le espantó. Se vio a sí mismo como un sátiro codiciando a una flor demasiado delicada.

–Volveré más tarde para recoger la bandeja.

Pasos pequeños abandonando el salón. Dos puertas que se cerraron a la vez.

La lluvia seguía arañando los cristales, al compás de la respiración de Clara, sentada sobre un abismo, el blanco y el negro, ¿qué hacía en esa habitación, en esa casa, en esa vida ajena a sus sueños?

**

Clara tenía ocho años cuando conoció a Raúl. La casa de sus padres era menos lujosa, más pequeña, como el piano. La niña de negros cabellos. Con su vestido blanco. Acariciaba el piano enhebrando una melodía romántica para un grupo de señoras. Y un muchacho. A la hora del té. Su madre aplaudiendo, sin esfuerzo, las señoras con sus tazas de fingida porcelana. Los ojos azules de Raúl. Él, incapaz de mover las manos, apoyándolas sobre sus piernas, como un niño educado. La música había tirado de él tan fuerte. Claudia, ahora de pie; una reverencia para unos ojos que detestaba, salvo los de Raúl. La forma en la que la miraban, el cosquilleo de los besos violentos de su madre. «Diez años», escuchó atenta de la boca húmeda de una mujer. «Mi Clara, ocho», añadió aquella con una sonrisa triste para el resto de bocas de té con pastas. «Dejémosles que jueguen». Raúl y Clara, uno frente a otro con el sopor de las mujeres en sordina. Los ojos azules permitiéndose el lujo de contemplar a Clara, de estudiarla en silencio como a un pajarillo enjaulado en aquel salón. Ella le tomó de la mano, salieron a la carrera. «No os vayáis muy lejos», resonó tras una puerta. El resto de la casa amamantaba el silencio roto por los zapatitos blancos y negros, telegrafiando esa primera huida del mundo.

**

Bruno volvió a tocar a la puerta.

–Ha llegado una carta para ti. –La bandeja permanecía en su sitio–. No la he abierto –añadió, colocándola sobre el piano–. No has probado nada. ¿Quieres que te prepare otra cosa?

Un relámpago en la calle, un trueno lejano.

–Hace frío aquí, cariño, no deberías estar tanto rato sola. –Su mano tocó el hombro desnudo. Clara se encogió–. Está bien. –Tomó la bandeja y se perdió tras la doble puerta.

El sobre insolente sobre el piano. El rasgueo del papel, la sospecha de que en realidad sí fue abierta, que las palabras allí escritas fueron leídas. Y leyó, se dejó caer a la luz. Un nudo le trepó desde el estómago a la garganta. Batalla de sonidos, de sílabas, del dolor que no puede escapar tampoco de su prisión. Un temblor, una agitación desde las entrañas para emerger, al fin, con un gemido gutural.

Pegado tras la puerta, Bruno entró de golpe, le siguió un criado. Clara en el suelo, aferrada a la carta, ajada, marchita la flor.

–¿Qué te ocurre, cariño? Llama a un médico, rápido.

En brazos de su marido pidió al aire quebrarse, disolverse, evaporarse.

**

Raúl de la mano de Clara, de los ojos de Clara, de los labios de Clara. Primera nota musical, suave, cálida. Compás de espera. Segunda nota musical días después, a la salida de rezos. «He escrito esta carta para ti». Casto beso en la mejilla, a la vista de ojos y sonrisas maliciosas. Corazón piano, pequeño tambor al llegar a casa, al desdoblar la pajarita carta de papel. Una frase aprendida de memoria, dos corazones diminutos, un rubor, si bemol.

**

Bruno le arrancó la carta, le cerró un abrazo.

–Te quiero –le susurró al oído–, te quiero más que ningún hombre ha querido jamás a un mujer.

Partitura inacabada, gotas sobre el cristal, Clara sumida en un pentagrama de silencios.

**

Pajaritas de papel. Clara las fue colocando junto a su ventana mirando a la libertad. Una vez leídas las recomponía y ordenaba, un ejército de notas musicales hasta la décima para volver a empezar. Pulsaba cada tecla de memoria, cada frase desde aquella primera pajarita de Raúl. Cada año una nueva, con la décima la melodía: sí, mi amor. Aguardó a que llegase, impaciente compás de espera. El amor es la más hermosa melodía, soñó en su cuarto, vestida para la marcha nupcial. Y de esperar a enloquecer. Desesperar pulsando los días, las noches, las miradas de quienes callaban más que su silencio forzado.

–Bruno cuidará de ti, no vas a seguir soltera toda la vida –oyó a su madre.

Toda la vida. Todas las pajaritas mojadas por la lluvia, precipitadas por la ventana con idéntico final. Tinta desdibujada en lágrimas.

**

–Su salud es delicada. –El médico y Bruno tejieron frases a los pies de su cama.

–Hable más bajo –imploró este–, tiene un oído finísimo.

Ella palpó las sábanas, la superficie de la mesilla de noche. Buscó la carta, ante la ausencia el techo le sirve, la transcribe mentalmente.

‘Clara, mi amada. El tiempo ha pasado. Mucho, una vida. La tuya y la mía. Supe que te casaste. Me alegré por ti. Es cierto, uno de los dos merecía ser feliz. Al menos uno. La mano me frena lo que el corazón quiere confesar, aquí, hoy. Preferí tu odio y tu desprecio a tus lágrimas. Preferí darte la vida a quitártela. Elegí tu vida a la mía. No fue tu silencio, tu ausencia de voz lo que me detuvo. Bien sabes que nunca me importó. Más te amaba por ello. Otro mal vino a nuestro encuentro, a mí. Un doctor resolvió que la muerte me rondaba, que mi sangre se había olvidado de su cometido. Meses, un año a lo sumo, me auguró. Mis padres me lloraron, pero yo más, por ti, por nosotros. Les hice prometer que nunca te lo dirían, que lo prefería así. Un año de vida mejor que una vida de sufrimiento. Por eso me fui. Hui para encontrarme a solas con la muerte. Pero ella no me quiso. Mi agonía duró más de lo prometido, esperando día tras día la última campanada. Otra condena más aciaga he sufrido, vivir sin tu amor. Vivir sin vida. Cuando recibas esta carta te habré sido verdaderamente infiel, pues habré besado por fin los labios de la muerte’.

Ginés

Escuchar esta canción: aquí

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