Ana

IX. Mi novio es un zombi

—Bueno… yo… es que soy un zombi.

Luis me miraba con unos ojos muy claros, pero chispeantes. Su tez estaba bastante pálida, aunque no parecía aquejado de falta de vida, precisamente. Eso sí, un ligero reguero de sangre le caía por la comisura de los labios.

Miré el pedazo de carne que tenía pinchado con el tenedor y recordé que había pedido el filete «muy poco hecho, por favor».

Cogí la copa de vino y me la acerqué. Teníamos la segunda botella de tinto a medias, era bastante previsible que empezáramos a desvariar.

—Así que… ¿tienes intención de chuparme la sangre? —pregunté, mientras me pasaba la lengua por los labios en un gesto que, confié, resultara provocador.

Luis sonrió y dejó el trozo de carne en el plato.

—En ese caso sería un vampiro —apuntó—. Me dijo Rosana que eras una experta en zombis. —Parecía decepcionado.

Me reí. Claro, eso tenía sentido. Mi amiga nos había presentado unas horas atrás. Llevaba días hablándome de él. Habían empezado a trabajar juntos en un proyecto y me aseguraba que encajaríamos a la perfección. Sabía que yo apenas había dejado de llorar por los rincones, después de que mi novio me dejara a solo un mes de la boda. Me insistía en que debía empezar de nuevo a tener citas.

Así que aquel sábado nos invitó a los dos a la presentación de un libro, pero se las apañó para dejarnos solos en cuanto vio que la conversación fluía sin problemas entre nosotros.

—Entonces, ¿lo que pretendes es morderme? —le seguí el juego.

—Es verdad que no me importaría… pero, de momento, me conformo con el cordero —dijo, y se introdujo un pedazo rosado en la boca.

Vestía una camisa blanca, a la que había desabrochado más de un botón, bajo la que se intuía un cuerpo atlético. Llevaba unos pantalones también blancos, bastante ajustados y unas chanclas ligeras, que no combinaban mucho, pues el mes de noviembre estaba a punto de empezar.

—Tienes los dientes muy blancos para ser un zombi —señalé.

—Me hicieron un blanqueamiento intenso —dijo, muy serio.

—¿Dentistas especializados en zombis? –apunté, malévola.

—¡Ah! Veo que sí sabes del tema.

La noche trajo varios gin-tonics y algunas confesiones. Unas normales, sobre el trabajo, sobre mi boda fallida, sobre su regreso a la ciudad después de una larga enfermedad. Otras llenas de detalles enloquecidos y escabrosos sobre cómo un zombi podía sobrevivir de incógnito en la sociedad, cómo mantenía la podredumbre a raya con una estricta higiene y cómo se alimentaba de carne lo más fresca posible. Los instintos asesinos, decía, los mantenía dentro de un orden gracias al yoga y a la meditación.

Pasamos horas bailando en una fiesta de Halloween donde otros zombis, brujas y esqueletos daban saltos a nuestro alrededor.

La madrugada nos sorprendió entre sábanas blancas, en mi habitación, mientras me aseguraba que, a pesar de lo que decían en Walking Dead y en todas las películas clásicas de muertos vivientes, ser zombi no se contagia.

Empezamos a vernos con asiduidad, teníamos un montón de gustos y aficiones en común, y las horas se llenaban de risas y abrazos cuando estábamos juntos. Si nos poníamos tiernos, me susurraba al oído que había vuelto del otro mundo solo para estar conmigo. Me divertía que, después de meses, siguiera manteniendo aquella broma. Pero, sobre todo, el amor que me mostraba había devuelto el sentido a mi vida.

Puedo asegurar que este año ha sido perfecto y que incluso su macabro sentido del humor me lo parecía. Hasta esta mañana, cuando he ido al cementerio para poner unas flores a mis padres. Siempre me gusta dar una vuelta por las tumbas que hay en el suelo, me parecen mucho más hermosas que los nichos, apilados unos encima de otros. Y aquí estoy, mirando la foto de Luis en una lápida donde, bajo su nombre, aparece la fecha de su muerte, allá por 1989.

Ana

Enlace a la canción: Mi novio es un zombi (Alaska y Dinarama)

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