Amelia

VIII. Lady in Red

Nunca la había visto así de guapa. Aunque era una mujer atractiva, solía vestir con sencillez: camiseta y vaqueros o un vestido fresco y ligero. Apenas se maquillaba y se recogía el pelo en una coleta.

Esa noche lucía espléndida en la fiesta de cumpleaños de mi padre. Llevaba un vestido rojo que realzaba su figura y, por los comentarios de algunas invitadas, se había recuperado totalmente de su reciente maternidad. Se había maquillado los ojos y el pintalabios hacía juego con el color del vestido. Tras la sesión de peluquería, su cabello brillaba con las mechas rubias, que le daban un toque juvenil. Recuerdo pensar que nunca habría una mujer más bella.

Muchos hombres parecían estar de acuerdo conmigo, pues querían bailar una y otra vez con mi madre. Uno alto y moreno, muy bien vestido, tenía más suerte que los demás. Mi padre se las vio y se las deseó para poder tomarla entre sus brazos y hacerla girar al compás de una canción de moda que tocaba la orquesta. Cuando terminó, me guiñó el ojo, esquivó a un par de invitados y me la cedió.

Bailé con ella una lenta.  Yo ya era alto para mis catorce años, así que apoyé mi mejilla contra la suya mientras guiaba mis torpes pasos de adolescente. Recuerdo el olor de su perfume: especiado y envolvente, me hizo recordar Marruecos, lugar que habíamos visitado ese mismo verano. El sándalo y el pachulí parecían atraparme, como a todo aquel que caía bajo el influjo de mi madre.

Sentí que el resto del mundo no existía, que éramos los dueños de la pista. Era el único lugar donde quería estar en aquel momento. Me dejé llevar por aquella mujer que para mí era perfecta. Cuando terminó la canción me dio un beso en la frente y me dijo: «Siempre te querré, pase lo que pase». Me emocioné, como siempre que me besaba por la noche y me lo decía, al venir a arroparme a la habitación. Aunque ya era mayor para esas cosas, a ella le permitía hacerlo.

Cuando terminó la fiesta nos fuimos a casa. Mi padre había bebido unas copas de más, así que ella condujo el coche. Con la excusa de que temía rozarlo al meterlo en el garaje, lo dejó afuera. Mi padre y yo subimos las escaleras de dos en dos, tambaleándonos de la risa, y nos despedimos en el pasillo. Ella fue a ver cómo estaba mi hermanita, a la que habían dejado al cuidado de una niñera.

Me quité el traje de chaqueta que me habían hecho vestir y me tumbé en la cama en calzoncillos. No me apetecía ponerme el pijama, pues hacía calor en aquella noche de verano. Además, me habían dejado beber algo de cava y estaba un poco atolondrado. Escuchaba la música de la fiesta en mi cabeza y notaba el olor de mi madre envolviéndome. Me dormí con la certeza de tener la mejor familia del mundo.

A la mañana siguiente me levanté tarde. Eran casi las doce y, aunque nos habíamos acostado pasadas las tres, mis padres solían despertarse pronto. Me extrañó no oírlos. Llegué a la cocina y vi a mi padre con la cara enrojecida. Pensé que era debido a la resaca. Acababa de prepararse un café y lo bebía a pequeños sorbos, con la mirada perdida. Había un papel en la encimera, arrugado y manchado. Me observó, intentando decir algo, hasta que me espetó, con voz ronca:

—Tu madre nos ha dejado. Se ha ido. Se ha llevado a tu hermana, que no es hija mía.

Me quedé mudo. Fui corriendo a la habitación de la niña y comprobé que no estaba. Tampoco su ropita, ni la foto que nos habíamos hecho los cuatro cuando mamá había salido del hospital.

Nunca más las volvimos a ver.

Desde entonces, no puedo soportar a las mujeres que visten de rojo ni los perfumes orientales.

Amelia

Enlace a la canción: Lady in Red

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3 comentarios sobre “VIII. Lady in Red

  1. Una película de Mel Brooks, una comedia, nos hizo evocar con una sonrisa a Gene Wilder contemplando a la mujer de rojo; esta de tu relato es otra, Amelia. Hay algo de cinematográfico en esta tuya, pero el final nos hará evocar escenas muy diferentes. Canciones y relatos, colores y sensaciones. Rojo, impar, no va más.

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