Ana

VII. Runaway train

Cada viernes, Alba sube al último vagón del tren. Le gusta sentarse a la izquierda y mirar el andén en el que esperan los que van en sentido contrario. Saca los apuntes de Anatomía. Está en plena época de exámenes. Lee con atención la descripción de músculos y huesos, mientras el tren traquetea con destino a Cuenca, donde vive su familia.

Cuando se detienen en uno de los primeros pueblos de la provincia, levanta la cabeza y mira el andén con avidez. Al principio no lo ve, pero no tarda en distinguirlo. Está sentado en uno de los bancos. Como siempre, tiene a su lado una mochila y fuma un cigarrillo. Viste una camiseta sin mangas y unos pantalones anchos. Lleva el pelo largo, recogido atrás, con algunas rastas. Cuando el tren se pone en marcha y pasa por su lado, se miran un momento, a través del cristal y la distancia. Él le sonríe primero y ella le contesta con el mismo gesto. Y ladea un poco la cabeza, para no perderlo de vista los pocos segundos que el tren se lo permite.

Después se acomoda en el asiento, con la vista en los apuntes y la cabeza en el recuerdo de su mirada. No sabe cómo se llama. Solo que trabaja en Valencia. Lo vio uno de los escasos fines de semana que se quedó para salir de fiesta con sus compañeras. Sirve copas en un pub del Carmen. Ya lo había visto alguna vez en aquel andén. Prácticamente todos los fines de semana se cruzan. Aunque pudo hacerlo, aquella noche no se atrevió a intercambiar palabra con él. Sigue soñando que un día subirá al tren y se sentará a su lado.

***

Nacho ve como el tren se aleja, con una sonrisa todavía flotándole en los labios. Da una última calada y apaga el cigarrillo. Le gusta el ritual de mirar a aquella chica y sonreírle. A veces incluso se saludan con la mano. Le encanta cómo lo mira, como si lo viera de verdad. La mayor parte de las personas con las que trata Nacho nunca lo miran a los ojos. Supone que ella es estudiante y vuelve el fin de semana a casa, a reunirse con su gente.

Nacho también fue una vez estudiante. Unos años atrás, consiguió ahorrar lo suficiente para matricularse en Bellas Artes. Con la desaprobación de sus padres, que no veían ningún futuro en aquella carrera. A él le gusta modelar con las manos. No recuerda un momento de su vida en el que no haya hecho figuritas con plastilina, barro o escayola. Sueña con sacar de la piedra lo que lleva dentro, como Miguel Ángel. Pasó un verano embobado en Florencia viendo las esculturas de los clásicos.

Irse a estudiar también le abrió a otra vida. Lejos de la mirada siempre de reproche de sus padres y los cotilleos del pueblo, se sintió más libre. Coincidió con la hermana pequeña de un amigo de la infancia. Allí, fuera del pueblo, también parecía otra, menos cohibida, más hermosa. Tenían muchas cosas en común y se apoyaron uno en el otro. Empezaron a comerse el mundo, el día y la noche. Hicieron las locuras que, por separado, nunca se habrían atrevido a hacer. Hasta que el mundo se paró de repente cuando ella se quedó embarazada. Volvieron los dos al pueblo, responsables, no del todo arrepentidos, con cierta ilusión. La convivencia salió mal. Todo lo afines que eran en Valencia, en el pueblo no se podían soportar. La relación se rompió cuando el niño cumplió cuatro meses. Había que mantenerlo y Nacho volvió a trabajar en el campo, con su padre. A castigar las manos en lugar de emplearlas para modelar, como él habría querido. Aunque le encantaba ver crecer al niño, se sentía atrapado, con los sueños cortados.

Pensó en retomar la carrera, volvió a Valencia a buscar trabajo, a hacer un poco de dinero. Trabaja viernes, sábado y domingo de camarero, en un restaurante. Cuando termina, viernes y sábado noche, en un pub, poniendo copas. Algunos colegas del pueblo lo envidian, pensando que se pega la gran vida allí, en la ciudad, siempre de fiesta. Pero Nacho llega a los viernes ya cansado del campo, y afronta el fin de semana casi sin dormir, como puede, con alguna ayuda que no debería probar. No quiere trasladarse a Valencia, porque eso significaría dejar de ver al niño. Bastante es no poder pasar ni un solo fin de semana con él, tal y como le tocaría con el acuerdo de separación. Lo ha cambiado por verlo un rato todas las tardes. Así su ex estudia Secretariado en una academia. Ella también aspira a mejorar su vida.

***

Los domingos por la tarde, cuando Nacho baja del tren en su estación, a menudo espera cinco o diez minutos a que pase el que regresa a Valencia. Allí, en la ventana del último vagón, aquella chica lo mira desde detrás del cristal. Juega a pensar que un día se subirá al tren con ella, a un tren de largo recorrido en el que escapar lejos.

Sonríe al verla. Está de pie, junto a la puerta. El tren viene repleto de estudiantes que vuelven a la ciudad, a seguir con sus clases y sus exámenes. Lleva un vestido corto, de tirantes. Lo mira y hace un gesto con la mano. Él levanta la suya al mismo tiempo. Después enciende un cigarro y abandona el andén, arrastrando los pies, despacio.

***

Alba siente un vuelco al verlo mirarla tan atento. Ha elegido un vestido que la hace parecer más alta y más delgada. Y se ha quedado de pie, junto a la puerta, para verlo bien. En la maleta reposan los apuntes. Apenas ha podido dedicarles un vistazo en todo el fin de semana. Su padre está peor y no se le puede dejar ni un momento a solas. Ha probado a darle un masaje relajante, en las manos, en los pies, tal y como le han enseñado en clase. Al menos lo ha visto un poquito más tranquilo. Aunque debe ser la medicación. Es muy duro ver cómo se apaga. Y es todavía peor ver a su madre ausente, no consciente de lo que pasa alrededor.

Su hermana aceptó que Alba siguiera estudiando, a pesar de la enfermedad de sus padres, cuando le prometió que ella se ocuparía los fines de semana. No les llega para emplear a nadie. La única ayuda de Servicios Sociales es un enfermero que les echa una mano entre semana, un par de horas cada tarde.

Alba ocupa un asiento que queda libre y apoya la cabeza en el respaldo. Teme quedarse dormida. Le espera una larga noche por delante, para preparar el examen del martes, para memorizar todos los músculos que componen el cuerpo. Necesita un momento para soñar con un tren que la lleve lejos.

Ana

Enlace a la canción: Runaway train (Soul Asylum)

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