Amelia

VI. Forever Young

Recuerdo que, en la discoteca, habíamos bromeado sobre la idea de pasar la noche juntos. Y así hicimos. Pero no me despertó con el desayuno como había prometido.

Por la mañana, Helen yacía de espaldas en la cama, con una gran brecha en la cabeza. Había cascotes por todas partes, el techo había colapsado y podía ver el cielo azul. Me quedé sorprendido ante el desastre en mi casa. ¿Por qué no me había despertado el estruendo que, con seguridad, había provocado el derrumbe del edificio?

Me vestí con rapidez tras comprobar que la muchacha estaba muerta. Debía salir de allí en seguida. En cuanto puse un pie en la calle, vi que otros edificios se hallaban en el mismo estado que el mío. Algunas personas deambulaban sin saber qué hacer; otras recogían los cadáveres esparcidos por doquier.

Resolví encaminarme al puesto de policía más cercano. Allí me enteré de la bomba que había asolado mi ciudad, Brighton, como tantas otras, y de la declaración de estado de sitio. La Guerra Fría había dejado de serlo.

Ofrecí mis servicios como estudiante de Medicina para ayudar a los enfermos. Seguíamos sin entender por qué algunos estábamos en pie, sanos y salvos, mientras otros habían muerto. Nunca supe por qué no sonaron las alarmas para guarecernos en los refugios. Un científico trató de explicar que no era una bomba nuclear al uso y que, con total seguridad, los vivos acabaríamos por morir de alguna enfermedad grave.

No fue así. Participé en las labores de reconstrucción de la ciudad y muchos sobrevivientes rehicimos nuestras vidas como pudimos. Me mudé a Francia mientras los políticos hacían y deshacían a su antojo y me inscribí en la Universidad. Aceptaron de buen grado a un estudiante inglés, supongo que por caridad.

Al cumplir los treinta me di cuenta de que seguía teniendo aspecto de veinteañero, sobre todo cuando empezaron las bromas en el hospital sobre mi cara de recién salido de la Facultad. No les di importancia y dije que me conservaba bien gracias al clima de mi país. Alguno comentó que las tres bombas de la URSS tendrían algo que ver.

Abrí una consulta en Nantes y, al principio, tuve un cierto éxito y conseguí una clientela bastante fiel. Pasaron los años y, aunque me dejé barba y me puse gafas, seguía teniendo el mismo aspecto que a los veinte. Algunos pacientes me lo comentaron, medio en broma; otros, simplemente dejaron de venir.

Yo mismo me realicé pruebas y análisis, pues no quería que ningún colega pusiese en tela de juicio mi cordura. Pronto salí de dudas: de alguna manera, mis células habían dejado de envejecer y seguían reproduciéndose. Las veces que me he cortado o he tenido algún pequeño accidente, me he curado en apenas unos minutos.

Desde entonces, me mudo de ciudad cada cierto tiempo. No quiero levantar sospechas, quiero que me dejen tranquilo. He dejado de encariñarme con las personas que conozco y mantengo las distancias. Muchas se sorprenden de lo mucho que sé de medicina «con la edad que tengo». No saben que ya paso de los cincuenta.

Sigo teniendo el cuerpo y la salud que tenía a los veinte. Sospecho que hay más como yo, pues están buscando a los ingleses que emigramos tras el bombardeo. Nos ofrecen volver a nuestro país, casa nueva y trabajo. A cambio, quieren investigar los efectos de las bombas en nosotros. No sé si regresar. Llevo años huyendo de aquí para allá y me parece raro que ahora se preocupen por nosotros. Quizás sea mejor seguir siendo joven para siempre que ser sometido a pruebas y experimentos. La soledad no es tan mala.

Amelia

Enlace a la canción: Forever Young

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6 comentarios sobre “VI. Forever Young

  1. La canción de la que te vales para dar vida literaria a este relato me trae muchos recuerdos y algo de nostalgia, sobre todo de mis años universitarios. Me ha gustado la ubicación y ese mensaje, en cierto modo, de que no siempre de una tragedia queda el poso de la destrucción y el horror. Seamos jóvenes sobre todo gracias a la eterna vida de nuestros personajes.

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