Ana

I. ¿Jugamos?

Raquel observó cómo el albañil golpeaba con un martillo los azulejos de la cocina. «¡Una fuga!», habían exclamado con resquemor los vecinos de abajo, la parejita a la que oía gemir cada madrugada, y de la que nunca se había quejado.

—¿No es suficiente con meter un alambre de esos por las cañerías? ¿Qué tal un desatascador? —sugirió, espantada.

—Señora, no es un atasco —dijo el albañil sin ni siquiera mirarla, incidiendo en las sílabas de la palabra “señora”.

Raquel se echó atrás, sacudiéndose la nube de polvo. Caminó arrastrando los pies hasta el comedor. Sería menos doloroso no ver cómo destruían la cocina. Nada de poco a poco, mejor el shock final.

Estudió la pantalla del móvil. Se empeñaba en indicar que estaba sin cobertura. Por mucho que se moviera por la casa, el resultado era el mismo. Tal vez la operadora de telefonía tenía algún percance. No había forma de llamar para averiguarlo.

Tampoco podría avisar a nadie para que recogiera a su hija. Había pensado en el padre de la niña, pero aunque hubiera podido llamarlo, sospechaba que ni siquiera le habría respondido. Tendría que acercarse ella misma al colegio. Miró el reloj. Faltaba media hora escasa.

Golpeó la puerta de su vecina para pedirle que echara un vistazo a la obra. Sin respuesta. No tuvo más remedio que confiar en que los albañiles y el fontanero, que entraban y salían de su hogar como si fueran los dueños, destruyeran solo lo imprescindible.

Normalmente Martha, la Erasmus que le hacía de canguro, recogía a la niña y la llevaba dos horas al parque. Allí le enseñaba canciones en inglés, le daba la merienda y la cansaba un rato. De esta forma, al salir de trabajar, Raquel podía comer y echar una corta siesta con la que afrontar la tarde, y aún tenía tiempo para organizar la casa. Esa mañana, el ordenador de la oficina se había estropeado justo tras anunciarle por email que Martha tenía 40 de fiebre (o una resaca enorme, que los viernes son muy malos para los estudiantes europeos, tienen que recuperarse de las veladas desenfrenadas de los jueves) y que, sintiéndolo mucho, no podría hacerse cargo de la pequeña.

A los quince minutos, Raquel seguía al volante de su coche sin haber podido avanzar ni un milímetro. Un todoterreno cubierto de barro le impedía sacar el auto de su lugar de aparcamiento. Lo único que consiguió, apretando el claxon, fue que unos ciclistas la increparan por tanta contaminación acústica. Les gritó un improperio y dejó de hacer ruido. No tenía sentido alterar a todo el vecindario. El vehículo no iba a moverse.

Se miró en el retrovisor. Además de verse las ojeras y la raya en el pelo, que ya reclamaba su tinte, descubrió que la razón de que el labio le picara desde hacía rato era una bonita calentura. Después de seis semanas chateando con sinceroytranquilo al fin habían quedado a cenar para conocerse. No es que confiara mucho en que la cita fuera a salir bien, aun así, un herpes labial no era lo mejor para una noche de pasión.

Abandonó la idea de coger un taxi cuando vio que pasaban ocupados o la ignoraban, y trotó hacia la parada del autobús. A pesar de que ya no le daba tiempo, no se le ocurría otra forma de recorrer los cerca de dos kilómetros que la separaban del colegio en menos de diez minutos. Aunque venía lleno, el asiento de detrás del conductor estaba vacío y se sentó, aliviada de tener un mínimo golpe de suerte. Cuando las gotas de agua del aire acondicionado cayeron en su cabeza comprendió que, definitivamente, aquel no era su día. Algunas jornadas parecían una carrera de obstáculos o un videojuego creado por un diseñador sádico.

Raquelendra murmuró la palabra de pausa para salir del metaverso. Se quitó las lentes de visión y los sensores. El entorno que había elegido aquella tarde la estaba agotando. Pasó una mano por la pantalla para leer de nuevo la descripción: «Únete a nuestra comunidad virtual inspirada en el siglo XXI. Descubre, junto a otros jugadores, cómo se sentían las personas antes de que se inventaran el teletransporte, la comunicación instantánea o el servicio de androides. Te proponemos superar los retos diarios de una mujer independiente, que tenía que trabajar para vivir, solucionar ella misma sus problemas domésticos o criar a sus hijos. ¿Te atreves? ¿Jugamos?».

Ana

 

Anuncios

2 comentarios sobre “I. ¿Jugamos?

  1. Futuriblemente retro; chispeante inicio de temporada con un juego dentro de un relato o viceversa. Con destellos así habrá que estar doblemente atentos. Que empiece el juego. Enhorabuena.

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s