Amelia

50. La operación

—Todo irá bien, cariño. Estaré en la sala de espera —dijo la madre de Carmen, mientras un celador moreno de ojos verdes la llevaba al quirófano.
Su hija estaba asustada. A sus veinte años, era la primera vez que la operaban y no le hacía mucha gracia.

Desde su llegada al hospital, el nerviosismo se había ido instalando en su cuerpo poco a poco.


—¿Apendicitis? —dijo una mujer tras el mostrador—. Pan comido. Normal que estés preocupada, a nadie le gusta que le operen… —les comentó mientras rellenaban el formulario de ingreso—. Bueno, menos a esas que se quitan costillas y se ponen pechos —bromeó.
Una enfermera las condujo a una habitación gris, decorada con cuadros de paisajes montañosos. Le preguntó algunos datos, le tomó la tensión y la instó a ponerse el camisón. En una hora la bajarían a quirófano.
—La habitación está muy bien —comentó su madre. Descorrió las cortinas y añadió—: Desde aquí se ve el mar.
Carmen asintió. Un nudo en el estómago la atenazaba desde hacía días. La visión del mar la calmó por momentos.

En el quirófano, la camilla le pareció minúscula. Le colocaron un tensiómetro en un brazo y una vía en la mano. «Un pinchacito y ya está».
—Buenos días. Soy el doctor Arnau, el anestesista —se presentó un hombre con un ligero parecido a Miguel Bosé—. Me han dicho que es la primera vez que te operan. Tú, tranquila, que esto es un paseo. —La tocó en el brazo, afectuoso.
—¿Estás nerviosa? No te preocupes, estaremos pendientes de ti en todo momento —comentó una de las enfermeras, joven y guapa. Carmen pensó: «Ojalá en vez de estos rizos morenos imposibles de peinar tuviera el pelo tan liso como ella. A ver con qué pinta salgo de aquí».
—¿Vas a la universidad? —le preguntó el anestesista, mientras revisaba su tensión.
—Sí, estoy estudiando Derecho —logró decir Carmen. Le acababan de poner una mascarilla a la orden de: «Respira hondo y profundo».
—¡Derecho! ¡Qué difícil! —exclamó él, con una sonrisa.
—A mí me parece más difícil ser médico… —No terminó la frase, pues se durmió de inmediato.

Al despertar se sentía incapaz de pronunciar palabra. Un celador distinto la llevaba hacia la habitación. Le extrañó no ver a su madre en la sala de espera de los quirófanos. «Habrá ido a por un café. La pobre está sin desayunar», pensó. Le dolía la garganta y estaba algo mareada por la anestesia.
El ascensor le pareció distinto. Lo recordaba con los botones más grandes y a la izquierda de la puerta. También el pasillo que llevaba a las habitaciones se le antojó más ancho y colorido, con más cuadros en las paredes.
En la habitación, pintada de azul claro, la esperaba un hombre de unos treinta y pocos años, bien parecido, al que no conocía de nada. «Será el médico que me ha operado». Las cortinas estaban descorridas y vio varias hileras de edificios. Ni rastro del mar. Se sintió desubicada.
—¡Por fin estás aquí! No podía esperarte en la sala, me daba no sé qué —le dijo y le dio un beso en la boca. Carmen apartó la cara como pudo, perpleja.
—¿Quién… quién es usted? —logró preguntar, a pesar de su voz ronca y adormilada.
—¿Cómo que quién soy? Diego.
—¿Diego? ¿Qué Diego? —intentó pensar si conocía a alguien llamado así.
—Señora, este es su marido —replicó el celador antes de marcharse—. La ha acompañado esta mañana.
—Yo… yo no estoy casada. Si tengo veinte años… —Estaba desconcertada—. ¿Y mi madre?
—Carmen, cariño, no hables más, que te cuesta. —Le acarició la cara—. Sé que es difícil por lo que has pasado.
—No se preocupe, cuando venga el médico le explicará cómo ha ido la operación y le aclarará todo —aclaró la enfermera que acababa de entrar. Le puso medicación y se fue, sonriente.
«La verdad es que es guapo», pensó, antes de dormirse.

Al abrir los ojos, vio a su madre. Parecía más vieja que por la mañana.
—¡Mamá! —logró balbucir, intentando moverse. Se le empezaron a caer las lágrimas.
—Ay, hija, es duro, pero había que hacerlo. —Su madre también lloraba.
—No sé… no sé qué me dices. —Miró al hombre, que seguía en la habitación—. ¿Qué ha pasado?
—Es normal que estés desorientada. ¿Serán los efectos de la anestesia? —dijo su madre—. Ya te pasó algo parecido cuando te operaron de apendicitis. Te costó recordar tu vida normal. El médico dijo que podía ser del propio miedo que tenías antes de la operación —explicó, acariciándole el pelo.
—¿Apendicitis? ¿No me han operado de eso hoy? —Carmen no entendía nada.
—No, hoy te han… extirpado el útero. —Le costó decirlo—. Como no te quedabas embarazada, fuisteis al médico y resulta que tenías… cáncer y lo mejor era esto. Quitártelo todo para evitar que se extendiera.
—Me dijiste que odiabas las operaciones —añadió su marido—, y que ya lo habías pasado mal cuando te operaron de apendicitis. A pesar de que no podremos tener hijos, reconociste que era necesaria la intervención —terminó de explicar.
—¿Cuántos años tengo? ¿En qué año estamos? —preguntó Carmen, incrédula.
—Pues, tienes 32 años y estamos en 2016. Cariño, no te preocupes. Pronto lo recordarás todo.
—¡Dame un espejo! —exigió, intentando incorporarse. Un pinchazo agudo le recorrió el abdomen y su cara se contrajo en un rictus de dolor.
—¡Cuidado! ¡Se te saltarán los puntos! —exclamó Diego.
Su madre le alcanzó un espejito que llevaba en el bolso. Carmen se contempló. Los rizos morenos que tenía esa misma mañana habían desaparecido. Ahora lucía un pelo corto y liso, tenía más arrugas en los ojos y una apariencia más adulta.
—¿Cómo puede ser que no me acuerde de los últimos doce años? —les gritó—. Esta mañana me operaban de apendicitis, no de esto. Y yo no sé quién es este hombre, no me he casado, ¡tengo veinte años!
Diego la observó, entristecido. Su madre negó con la cabeza.
—Lo siento, hija. Estás inquieta por la operación, la medicación… Voy a llamar a la enfermera para que te dé más calmantes. —Pulsó un botón naranja en un mando.
—¡Que no puede ser! —gritó otra vez, entre lágrimas. Se removió en la cama y sintió un nuevo pinchazo de dolor.
Entró la enfermera y, ante la insistencia de ambos acompañantes, inyectó algo en el gotero.
Carmen entró en un sueño profundo.

Al despertar se sentía incapaz de pronunciar palabra. El celador moreno de ojos verdes la llevaba hacia la habitación. Le extrañó no ver a su madre en la sala de espera de los quirófanos. «Habrá ido a por un café. La pobre está sin desayunar», pensó. Le dolía la garganta y estaba algo mareada por la anestesia.
Tras subir en un ascensor con grandes botones a la izquierda de la puerta, una habitación gris decorada con cuadros de paisajes montañosos la esperaba. Cuando vio a su madre, más joven, al lado de las cortinas descorridas y contemplando el mar a través de la ventana, se sintió aliviada.

Amelia.

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3 comentarios sobre “50. La operación

  1. Hoy no sé qué decir, no me atrevo a pronunciarme. En todo caso, quedan dos relatos para el definitivo, el que señale el objetivo cumplido hace casi un año. Enhorabuena.

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  2. Este relato es de autora consagrada. Brutal. Amelia, yo no sé a qué te dedicas, pero si no haces de la escritura algo más que un pasatiempo las letras españolas se están perdiendo un ejemplar valioso. Un saludo y ya puestos, medalla de ORO, la que más refulge.

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